Por Mario Ernesto Almeida Bacallao
Hace unos meses, en las afueras de la Villa Panamericana, Amanda estaba nerviosa, tensa y empiecen a poner adjetivos que se parezcan para que entiendan lo inmenso de la epopeya que estaba a punto de emprender.
Los de primero –champolos al fin– no saben lo que significa la palabra “biatlex”. Piensen en las leyendas tenebrosas de la escuela al campo, en la llorona, la pelirroja, el babujal, el niño del diente largo… asústense… y aún no comprenderán de lo que hablo.
Bueno –verán qué fácil se escribe–, estaba ahí para esto: correr, nadar y volver a correr, en representación de la nunca bien ponderada FCOM. Y anduvo a paso ligero cuatrocientos metros, atravesó una piscina, recorrió desfallecida un quinto de kilómetro y arribó a la meta en el puesto nueve que es mucho decir y cayó al suelo con rostro medio feliz-medio triste.
Se convirtió en ese instante en el ejemplo a seguir del no menos heroico Gian, quien, desde entonces, anda por ahí envuelto en nervios, gritando para sus adentros que “este años sí llegas, campeón… este años sí”.
Si vamos a su estampa habitual la vemos sentada en el local de la FEU, con los ojos hiperabiertos, ambos codos al mismo nivel sobre la mesa y las manos agarrando su cabello, para llevarlo hacia atrás de un solo movimiento lento que también se apodera de su cabeza.
Pasas y te cerca con la vista, deja ir un gesto de “por fin te atrapo” y dice: “¡Fulano! ven a acá, siéntate ahí y hazme el favor de cerrar la puerta. Amor…” y ahí comienza a hablar en dos códigos: el verbal, que es lo “políticamente correcto”, y el de su rostro, que viene siendo la sazón, el acento, la mala palabra que le falta a su fonética, pero que insiste en incorporarse al contexto con la sutileza de la mímica. Y nada, resulta la maravillosa forma que tiene para que la comunicación –como proceso– tenga un final feliz.

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Amanda cuenta que lo más divertido, sacrificado y difícil que ha hecho en la Facultad es trabajar en (con, desde, para, por) la FEU, mientras lo más loco ha sido echarse a dormir en un sofá del tercer lobby hasta el amanecer, durante una de esas noches en que FCOM queda en vela preparando escenografía y otras minucias de alta importancia.
Recuerda también –“una cosa súper cómica”– que al entrar en la Facultad, ella y su hermana, Ania, solían vestirse igual y la gente las confundía “a pesar de que no nos parecemos en nada”.
Confiesa que quería ser periodista, pero la vida, de un empujoncito, la condujo hasta las Ciencias de la Información. Lo primero que pensó fue “y esto qué cosa es”, mas, con los años se enamoró y todavía recuerda algo que la profe Mayra Mena le dijera al grupo en la primera clase de aquel año de arrancadas. Insiste, a su vez, que jamás olvidará a Ania Hernández.
Dice que la Facultad ha cambiado mucho en cuatro años y que no entiende muchas veces la forma en que se comunican los de nuevo ingreso; “hablan completamente diferente”, se asombra.
Titubea con que, quizás, el viaje a Canasí le haya ganado en grado de locura a aquello de dormitar en muebles, porque Raúl, Abdiel, Andy Jorge, Walfrido y Enmanuel no la dejaron cerrar los ojos con eso de la cantadera a deshora.

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Hay quienes afirman, mientras aprietan los puños, flexionan los brazos y dan un saltillo de hombros, que Amanda Terrero Trinquete posee un “carácter fuerte”. Sin embargo, su “problema” no es tal; lo de Amanda –yo lo he visto– se llama pasión. Y tiene tanta… que le sobra y la desborda y la coloca en todo. Por ello, ha llorado en los teatros y abrazado fuerte al de la silla de al lado, suele morderse el labio y mover con nerviosismo las piernas para no irle encima a alguien que lo merezca o mira fríamente y aprieta la boca como el amo de un perro antes de gritar “ataja”.
La misma pasión la lleva a asegurar, categórica, desde su silla en un rincón de la cafetería, que no se arrepiente de nada, que lo ha hecho casi todo, que “aprender a investigar es una de las mejores cosas que me han pasado en la vida” y que precisamente eso quiere hacer cuando crezca.
Amanda, la incansable, la intensa, la loca… la que tiene a la Facultad temblando ante la mera y triste sospecha de que sus días en ella pronto culminen.