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Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo

El vietnamita parece un idioma hecho por gente apurada, gente que quiere decirlo todo sin emitir un sonido o haciéndolo lo mínimo. A mi lado Mónica me dice que todas las palabras tienen una sola sílaba. Cuánta pereza para hablar – pienso −, al parecer equilibra con su disposición para trabajar.

Los pasillos de la Facultad percibieron el sonido raro de un idioma desconocido, seguido de un cortejo de vietnamitas encabezados por nuestro decano Raúl Garcés Corra. El motivo fue la visita de Le Manh Hung, vicepresidente de la Comisión de Divulgación y Educación del Comité Central del Partido Comunista de Vietnam, y otros camaradas del país asiático.

Los visitantes recibieron con agrado la calidad de nuestras instalaciones y los logros de la Facultad en los últimos cinco años. Impresionados quedaron con el alcance social de nuestros programas de estudios, su planteamiento de acercar a los estudiantes la realidad objetiva y a convivir con los problemas del país y de esa manera contribuir a la solución de estos.

Le Manh intercambió con algunos estudiantes de su país que estudian las carreras de Periodismo y Comunicación Social en esta casa. Los estudiantes intercambiaron con el funcionario y le comunicaron sus experiencias en Cuba. Quizás en ese instante donde todos hablaban vietnamita y los cubanos presentes nos convertimos en extranjeros de aquel espacio, un poco comprendí cómo deben sentirse los anamitas entre nosotros.

Las relaciones entre Viet Nam y Cuba trascienden las barreras de este tiempo, se remontan a la época del Tío Ho, a la colaboración con la heroicidad de un pueblo que le hacía frente a dos imperios, y los derrotaba. Así lo recordó Le Manh Hung, así como también evocó a aquel Fidel inmenso en medio de la guerra, visitando las zonas recién liberadas, caminando sobre el olor de la pólvora y rebasando los desafíos del miedo.

Cercanos y amigables saben ser los vietnamitas, lo digo por aquellos que conozco: Tuan, Anh Tu, Ha, todos nos saben sonreír, portan la sensibilidad sublime de la que Martí nos hablaba en su texto de hace más de cien años. Los anamitas colmaron la casa, la casa tuvo durante algunas horas los ojos rasgados.

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