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Por Bismark Claro Brito, estudiante de primer año de Periodismo

Aún recuerdo aquel día. Era sábado, el primero de febrero. Había un poco de frío. No llegué tan temprano a la Facultad. Eran casi las ocho de la mañana. Sabía que ya me había sometido a este evento, pero tenía la misma sensación de hace dos años atrás. Una vez más, ellos estaban nerviosos. Todavía no conocían a sus compañeros. Algunos tenían uno, dos o tres dígitos, no más. Ellos, los números, volvían a nacer sobre papeles rectangulares acompañados por el cuño de la Universidad de La Habana, con la Alma Máter atrás. Nacían con la misión de marcar el destino de los futuros periodistas.

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Los aspirantes olvidaban sus nombres por una jornada -quizás por más- y se convertían en signos matemáticos para alcanzar el sueño de sus vidas. Era como dejar de ser persona, como depositar todas las esperanzas en un pequeño pedazo de cartón, que nunca podrán olvidar. Uno de esos chicos que jamás se desligará de su número de las pruebas de aptitud es mi colega Kevin: decidió tatuárselo en el brazo derecho junto a una máquina de escribir a fin de obtener fuerzas durante su andar hacia el Periodismo.

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Poco a poco van llegando los protagonistas de esta ocasión. La calle Ermita es testigo de un desfile de colores y sentimientos. Aunque el verde de los uniformes no se queda atrás, el azul es protagonista. Los estudiantes de duodécimo grado llegan desde los preuniversitarios urbanos, de la Lenin, del pre MININT. Otros asisten vestidos de civil por la modalidad de concurso, mas todos tienen un objetivo en común. Quieren estudiar en la Facultad de Comunicación. Desean entrar en el universo de la información, donde deben estar los gigantes de la verdad, como expresó una de las candidatas.

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Los familiares no pueden faltar al suceso y acompañan a sus hijos, primos o sobrinos a las escaleras de la entrada para atender al profe Masjuán. A pesar de que usa micrófono, no todos alcanzan a escuchar las explicaciones debido a la multitud. Los jóvenes ya se despiden. Le dan los últimos besos a sus acompañantes y deciden subir los escalones, sin saber si será la última o la primera vez de muchas en el futuro. Ubicados en diferentes aulas, van en busca de la cifra que marcará su camino.

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Este segmento del municipio Plaza de la Revolución respira aires confusos. En las caras de los aspirantes se podría descubrir una mezcla de miedo y deseo. Uno que otro rostro delata el insomnio de la noche anterior o de toda una semana. A lo mejor el mayor sueño de sus vidas, no los ha dejado dormir desde que lo descubrieron. Pero están en el lugar exacto para materializarlo.

Ya llegaron a las aulas. Uno detrás del otro recibió el papel rectangular y colocó su firma con un trazo inestable, el bolígrafo no paraba de moverse en aquellas manos deseosas de escribir sobre el examen de cultura general. La incertidumbre hace de las suyas. La duda asistió al encuentro cuando tuvieron la hoja ante sus ojos, con espacios en blanco, con líneas para validar o refutar, con elementos que enlazar, los cuales confundían a simple vista si no leían con atención y calma.

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El pensamiento está afuera y adentro. De pronto, recuerdan el tiempo de estudio que valió la pena para toda la vida, no solo para este momento. No obstante, aparece en el examen algo que no estudiaron, lo que menos les vino a la mente durante la autopreparación de varios años, meses o semanas: no todos invierten el mismo tiempo. El sacrificio no es equitativo. A la misma vez, la concentración los engaña, recuerdan a la familia que está esperándolos afuera, les aturde la idea de fallarles a los que creen en su capacidad, su talento.

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La tensión hace de las suyas cuando Masjuán vuelve a tomar micrófono en mano para dar a conocer los resultados de la primera fase. Varios de los presentes se emocionan y gritan, otros saltan cuando escuchan el número de su hija. Las lágrimas se dibujan en los rostros de los más jóvenes por la alegría o la tristeza. Este es el paisaje que se repite todos los años cuando se cantan los números durante las famosas pruebas de aptitud de Periodismo. Pero para la profe Zenaida Costales, este momento no es simple. Detrás del llamado radica el tiempo empleado para estudiar, el empeño de los padres, el nivel cultural de quienes asumirán una profesión de fuerte ocupación social.

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Antes de irse a casa, los candidatos se sometieron a la segunda prueba, la de redacción. Seguro emplearon la interpretación de los textos de Martí: muchos me hablaron de él como un ejemplo a seguir dentro del gremio en nuestro país. Después de dos horas, es tiempo de dejar atrás la Facultad de Comunicación. Se marchan con menos seguridad. Los papeles que tienen sus números están en sus manos, pero aún no saben si serán escogidos para estudiar el mejor oficio del mundo.