De vuelta a casa

Por: Arianna Ramos Martin, estudiante de  1er año de Periodismo

Imagen de portada: Esteban Martínez Baniela

Tenemos la imperiosa necesidad de avanzar, a veces sin saber siquiera adónde, otras el objetivo parece claro y perseguido. Nuestra posibilidad de avanzar fue lo que muchos sentimos truncarse en el mes de marzo del presente año cuando los primeros casos de COVID-19 asomaron en el país. Hubo miedo e incertidumbre, la mayoría deseamos no volver a salir del hogar ni siquiera para asistir a las aulas, en el caso de los feconianos, ni siquiera para acudir a nuestra segunda casa. 
Apenas unos días después el Ministerio de Educación Superior de Cuba anunciaba la interrupción del curso 2019-2020 desconociendo aún la fecha en que podría ser retomado. La vida universitaria con todo lo que ella implica quedó en pausa. Proyectos interrumpidos, conocimientos en espera y emociones pendientes, un panorama para muchos decepcionante pero necesario.
Creo que ninguno logró avizorar que estas "vacaciones" forzadas se extenderían por siete largos meses que, aunque duros, jamás podrá decirse que corrieron en vano. Hoy la pandemia nos devuelve nuestra vida, con modificaciones por supuesto, pero esta vez estamos preparados. 
Nos adaptamos a las circunstancias y crecimos con ellas y por ellas, al punto que cuando veamos a nuestros compañeros y profesores identificaremos en ellos al voluntario en los centros de aislamiento, a los hombres y mujeres que facilitaron y alegraron la vida de los adultos mayores solos, incapaces de autoabastecerse, al campesino y educador improvisado. Y es que, la comunidad universitaria ha desatado sus esfuerzos y potencialidades por el bien de la sociedad, porque es justamente esa su razón de ser.
Las clases en septiembre, al menos en La Habana, no pudieron retomarse según lo planificado, sin embargo, aquí estamos y arrancamos otra vez con mayor fuerza y orgullosos del papel desempeñado hasta el momento. Reinicia el curso y ya no deberemos correr para alcanzar el ómnibus que nos conduzca a nuestra facultad, ni podremos juntarnos a estudiar o reír en la beca, ni siquiera será necesario vestirse o peinarse acorde a la ocasión. Retomamos nuestros pendientes y los reinventamos para que combinen con los tiempos. 

Capitolio

Puede que esta modalidad de clases no presenciales, nueva para la mayoría, no sea lo soñado, pero es lo necesario, es el símbolo de que la vida continúa, aunque no se parezca a la que conocimos. Debemos estar preparados y adaptarnos a la atípica situación para que nadie quede excluido del fin común: aprender y culminar el año de estudios con los objetivos vencidos. Será imprescindible para lograrlo construir una red de comunicación que involucre a todos y cada uno de los aludidos y de, a cada individuo, un papel protagónico en las funciones de recepción y divulgación de la información y la enseñanza.
Algunos ahorraremos hasta el último mega y lidiaremos con nuestro celular desbordado de notificaciones, otros esperarán la llamada de algún compañero o profesor y hay quien, en caso estrictamente necesario, llegará hasta la facultad en busca de bibliografía u orientaciones. Estar prestos a ayudar a quien pueda quedar desligado del proceso es deber de todos. La comunicación constante será la clave como tantas otras veces.
Los pasillos de FCOM continuarán vacíos, al menos desde la percepción física y material de los sucesos, pero nosotros estamos ahí, en los audios de WhatsApp, en los trabajos que dictamos por teléfono para ayudar a un compañero, en las risas y las madrugadas que pasaremos sin dormir coordinando. El sentido de equipo, el saber donde esta nuestra casa es un conocimiento que nos ha legado también la pandemia y que FCOM de seguro reforzará.