feria de nacionalidades

Las locuras de F y 3ra

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.

Lo hicieron. Para ellos no fue fácil: hubo que correr días antes, sortear bur(r)ócratas, imponerse al desaliento, saltar las barreras de los sueños (y del sueño) e incluso ponerse de acuerdo en las interminables reuniones del Piso 18. Pero lo hicieron, y lo hicieron bien.

El sábado 1 de diciembre la Beca de F y 3ra fue otra. Luminosa y despejada, rompiendo el londinense aspecto de otros días, La Habana amanecía de buen tino: presta a castigarnos con su sol y a salarnos la existencia –literalmente−  con el aire del Malecón. Las muchachas y muchachos subían y bajaban. Las mesas volaban a la calle F y el audio corría a instalarse.

La Beca, nuestra beca, estaba a punto de celebrar su Primer Festival Comunitario. Volcarse hacia la comunidad había sido el primero de los deseos de sus organizadores. Y allí estaban, sin otro incentivo que integrarse a los vecinos, sin otra razón que demostrar que cuando se necesita un cambio, no hacen falta grandes recursos ni abultados presupuestos, sino titánicas voluntades y pechos sensibles capaces de dar, dar lo que sea: un libro, lápices, libretas, afiches… Todo cuanto damos con la mano temblorosa de la emoción, y los ojos chinos de la sonrisa, vale un río de abrazos.

Van llegando. La música llena el espacio sonoro y se entremezcla con el incesante sisear de los automóviles que casi vuelan sobre la avenida Malecón. Bajamos del edificio Girón, próximo a la beca; andábamos convocando a otros niños. En ese momento Ediel instaba a todos a acercarse. Entonces se incorporó Susana (5to C.I). Arrancaba el Festival.

Susana y Ediel presentaban, preguntaban a los niños sus nombres. A los de menos experiencia de vida hay que convencerlos de a poco, su confianza es su tesoro, y no lo regalan fácilmente, y su sonrisa resulta el arma secreta de su virtud; solo la usan cuando verdaderamente quieren demoler una muralla de negación.

Asombrados quedaron los pequeños cuando, atravesando la calle en un tren imaginario evocado por Susana, visitaron las zonas remotas de la China inmensa, del Laos tropical, de la Argentina albiceleste, la Angola desconocida y la Palestina de Arafat. El viaje fue corto en espacio físico, pero seguro fue lejano en imaginación, traído en la voz de nuestros estudiantes extranjeros y su Feria de las Nacionalidades.

Agradecimos muchas cosas: agradecimos al estudiante de Derecho su canción marina sobre aventuras de amor en cada puerto; a él, que la memoria ingrata me impide recordar su nombre, agradecemos el haberse sentado con los infantes a tocar la guitarra mientras ellos cantaban. Agradecemos a Susana su ingenio, versatilidad y carisma infinito para ganarse hasta al más bravucón y a Ediel las preguntas salvadoras.

La constante fue la sonrisa, y al menos yo sonreí por varias razones. Me morí de la risa con las ocurrencias de los niños, con la creatividad de Susana, que inventaba juegos del aire.

¿Qué se necesitó para que esto sucediera? La locura de pocos. ¿Qué hizo falta para que los niños de la zona se fueran con las manos llenas de libros, lápices y colores? La voluntad de Yolier, Erika, Rosabel, Franco, Ibrahim, Marcos, Susana, Ediel, Viani, Gian, Mario (el argentino), y todos los que de cierta manera ayudaron a esta idea a transformarse en materia hace unas horas. Estas son las locuras que deben primar en todos lados, estas que crean grandes dudas y mayores escepticismos.

Alguien decía, quejándose: “Si no hacemos, porque no hacemos y si hacemos algo, porque hacemos algo, no se queda bien nunca”. Difiero, se queda bien haciendo lo correcto, a pesar de los que ya perdieron la esperanza, esos no cuentan a la hora de cambiar el mundo. Esos no son.

Quizás este Festival sea la prueba de que para montarse al tren de la transformación no necesitamos más que una buena razón, una profunda locura y una voluntad que nos consuma. Creo que estas locuras más que necesarias, hoy, son indispensables.

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Una feria para niños

Por Dailene Dovale de la Cruz, estudiante de quinto año de Periodismo

Al principio no hay niños. Están allí, impacientes, los universitarios con sus mesas, sus banderas, sus libros, sus reuniones hasta tarde en la noche, todo para tener el sábado 1 ero de diciembre juegos, lápices y libretas para repartir entre los chiquillos. A las diez de la mañana –hora pactada– solo hay un problema –no faltan el audio, ni la corriente, ni nada logístico– faltan los niños.

¡A buscarlos! En el edificio Girón, suben y bajan, caminan los corredores. En las cuadras aledañas, tocan las puertas. Hay regalos, dicen. Faltan pequeños, repiten. Uno a uno aparecen –acompañados por la madre o la abuela, otros valientes solos. Los universitarios sonríen.

Susana y Eddiel conducen. Es una feria comunitaria, la beca F y 3 era, quiere regalar a la comunidad, jugar con los infantes, enseñarles de Cuba y el mundo. Y eso hacen, los estudiantes extranjeros tienen sus costumbres y tradiciones en una mesa; los químicos, sus experimentos; los martianos, sus libros. Todos en un desorden organizado.

Los chicos sonríen. Una pequeña abre muchos los ojos y deja escapar la exclamación, cuando el líquido incoloro toma un tono rosado, al otro lado, el químico se siente satisfecho con su experimento (y repite la anécdota, una dos, tres veces).

Juegos de historia. “¿Quién es el poeta nacional?”, preguntan. El interpelado enmudece. Una niña alza la mano “¡yo, yo!”. Le dan la oportunidad. Nicolás Guillén, grita. Los demás le ovacionan. Es la heroína. Así siguen. A veces, como un trencito, otras, con los cachetes pintados llenos de estrellas, banderas y el caimán insular donde vivimos.

No se trata de una actividad impuesta por un plan, ni de un juego de adultos aburridos con las materias universitarias. Se trata del rostro de Susana mientras habla con ellos, de los hombros que devienen caballitos, de la alegría y el brillo en sus miradas infantiles, miradas puras, miradas pícaras, miradas risueñas.

Un pequeñín se embarra de refresco. “Ven para ayudarte”, dice el químico feliz. Gian juega voleibol con los más grandes. Los menores pintan hojas blancas con crayolas de colores. Hablo con dos niñitas, Lorena y Orlinda. “Aprendimos de países desconocidos, jugamos, nos divertimos”. Dejaran por una tarde, la tableta, el televisor. Por una tarde, corrieron, buscaron tesoros y compitieron por un premio.

“No hay nada más salvable que un niño”, dice Raúl. Y es cierto. Un niño es un héroe (o un villano), un líder (o un apático), un gran ser humano (u otro muy malo) en potencia. Todo cuanto se haga para llevarles un poco de luz será bueno y hermoso, esta no es la excepción.

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