vaquero

Por Mario Ernesto Almeida, estudiante de tercer año de Periodismo

“Pacatán, pacatán, pacatán, pacatán…” era el insoportable sonido que retumbaba en el asfalto. “Soooooooooooooo…” le hacía el acompañamiento acústico con una frecuencia periódica que habría rozado lo infinito, de no ser por el definitivo instante de valentía caballeresca.

Aquel tipo me había mirado y arrugado la bemba de arriba. Jorobó la cabeza, se rascó los cañones de la barba y me dijo, rozando la lástima, señalando a los pencos flacos: “Campeón, por qué tú no agarras otro caballo”.

“Tranquilo, socio, yo le sé a esto”, respondí seguro de mis capacidades antes de subirme al lomo de aquel bicho del infierno. ¡Qué animal! Alto, conciso, musculoso, dorado retinto, de cabeza pequeña, inquieto; de película. Y yo… pobre mortal manipulado por las industrias culturales hollywoodenses, me sentí como cualquier pistolero del lejano oeste, ¿qué cualquiera? el mejor.

“Ah, bueno, si tú dices que sabes: métele y ten cuidado”, culminó el arrendador playero de equinos. Abordé con insulto al animal, consternado por la desconfianza de aquel tipo, y el caballo no esperó siquiera a que me acomodara en su montura para salir dispara´o. Yo no esperaba menos y hasta me emocioné.

Curiosamente, el sendero por el que suelen ir y venir los equinos coincide con el que los vacacionistas utilizan para moverse de un lado a otro de la playa: estrecho, superficie de arena, rodeado por los lados y por arriba de caletas.

Es una verdad a gritos que los caballos de alquiler se conocen el trillo, hecho que justifica que el arrendador no entre en detalles y se limite a explicar “llega hasta allá adelante y vira”; qué subjetivo, eh.

Ahí estaba yo, contento sobre el zepelín. Cuanto más aceleraba su paso más me reía y emocionaba. “Ah, porque quieres regresar rápido; dale; no tengo problemas de ego con ser el primero en llegar. Y así, ingenuo, me burlaba de los que se lanzaban hacia los matorrales al ver a la bestia al galope, me halagaba cuando los caldoceros de arena miraban sorprendidos, boquiabiertos.

Cuando el brioso corcel saltó un montón de troncos levantado a más de un metro del suelo, comencé a sospechar. “Como en las películas”, me dije. El tutorial de equitación no parecía funcionar mucho, el “dobla para los lados y frena hacia atrás” se mostró como el sistema de dirección averiado de un automóvil de carreras, en una pista no muy alentadora.

Se acabó la arena, comenzó la hierba. Terminó la hierba, entramos al concreto. Y los campismos quedaban atrás con el pacatán, pacatán, pacatán, pacatán metálico tendente a la aceleración.

Estoy seguro –y hasta me conviene decirlo– no era miedo lo sentía aunque no sé si ello reflejaba mi rostro. Era indignación, inseguridad, dolor en los dedos pelados de tanto halar el mal llamado freno, temblor en la voz de tanto repetir el estereotipado “sooooooooo”.

Aquí hay que hacer algo, pensé mientras imaginaba los cowboys lanzándose de los caballos y rodando por el suelo para caer en la precisa y sana posición de disparar y burlar al enemigo. “I can do it” grité a mis adentros, metido en el personaje. Solté el freno, apoyé ambas manos en la montura y me catapulté hacia la gloria.

Los resultados no fueron muy exactos con respecto al plan; nada, pasos que uno, con aquello de la adrenalina, se come sin mucho recato a la hora de calcular.

En fin, yo nunca había visto a un galán del oeste con quemaduras en la cadera, los brazos y las piernas y que, además, les durasen por más de un mes. Tampoco recordaba a un jinete vestido con short, chancletas  y mangas cortas. Por si fuera poco, de costado me lancé, de costado caí y de costado me arrastré. Eso de romper caída, y dar vueltas y caer tendido en posición de fusilero: mentira, falacia…

El animal no detuvo su paso. Eso sí. Nada más me le quité de encima miró hacia atrás, puso cara de “tú ere´un loco chama” y, estoy casi seguro, se le escapó una risilla antes volver la mirada al frente y continuar con el ensordecedor pacatán que, algo más ligero, se desvanecía en la distancia.

Como pude, recogí mis trozos y emprendí el viaje de retorno que –según Rafael Grillo, Homero nos dejaba caer– es el más difícil. Raúl Escalona –actual vicepresidente de la FEU Fcom– apareció lentamente de los matojos con su penco flaco: “pero… a ti que… te… p…”

“Ven, monta atrás que te llevo de vuelta”, insistió entre sarcasmo y hospitalidad. Yo respondí con risilla nerviosa y mirada amenazante.

Después de descargarle con toda la furia y la elocuencia de un periodista en formación magullado, el arrendador de caballos me suplicó no contar a nadie la causa de mi nueva imagen. Ni recuerdo la barbaridad que le dije.

Como un héroe, a lo Will Smith, con el camina´o cojo de macho alfa sobreviviente, entré al campismo. “Ay, cómo fue”, y les contaba. “¿pero te caíste?”, “no, me tiré”, “y cómo fue que te caíste”, que no, que no, que me tiré”.

Ernesto Lahens –alias el Wiki, hoy en cuarto año de Periodismo– se me acercó insultado, atónito, “Compadre, cómo te vas a caer del penco ese si, después de ti, cuando lo trajeron de vuelta, monté el mismo y no pudo mandarse. Además, si yo he montado toros bravos y no me ha pasado nada”.

Lo miré incrédulo. “¡ah! ¿No me crees?” Buscó en su móvil la instantánea que respaldaba su afirmación y la mostró. Ahí estaba él, sobre un buey castrado de feria. Grande y gordo y posando para la foto, como hacen, mejor que ningún rumiante, los bueyes castrados de feria.

“Ernesto… eso es un buey manso. Y yo no me caí, me tiré”

Pero, a más de un año de distancia, carente de los trozos de pellejo que el concreto no se dignó a devolverme, sin remordimientos o disposición alguna para un reencuentro propiciador de revanchas, me siento al borde de la litera, tranquilo, a reírme, de madrugada… y saco la cuenta –esta vez sin comerme pasos– de que lo mejor que saqué de aquel día no fue el cuento, sino la siempre feliz y alentadora garantía de hoy poder hacerlo.