Venezuela

Por Mabel Torres, estudiante de tercer año de Periodismo

Titulares advierten crisis en Venezuela. Choques, guarimbas y enfrentamientos en las calles. Asciende a más de cincuenta el número de víctimas. La última es Orlando Figuera. Con solo 21 años lo quemaron vivo. ¿Su pecado capital? Militar en las filas del chavismo.

El video del ataque recorre el mundo como si los encapuchados quisieran dejar pruebas de su hazaña. El cuerpo de Figuera es la diana de dos, tres… seis puñaladas, una de ellas en la cabeza. Los agresores llevan el rostro cubierto. En cuestión de segundos lo bañan en combustible. A la vista queda la luz minúscula de un mechero.

Cerca de la capitalina plaza de Altamira, bastión de la ultraderecha, corre en llamas el trofeo de los cazadores. Otra vez se prende una antorcha humana en la tierra de Bolívar, otra vez en nombre de la libertad. Ahora anda casi desnudo. El fuego devora su ropa para impedirle que porte con orgullo el color rojo de su camisa.

«Eso de que estaba robando lo desmiento aquí y donde sea», son las palabras de Inés Esparragoza, madre de Orlando. El fiscal habla de un presunto montaje, Inés también tiene respuesta: «Que venga y vea en carne propia lo que yo estoy viviendo».

Transcurren los días y ella ha estado con Orlando pocas veces. Venezolana de Televisión denuncia el hecho pero el odio continúa. Las armas revierten la mira hacia Inés. «Prescindiremos de sus servicios», así le dijeron en la casa donde trabajaba. En la mesa de opositores nunca se sirve por la izquierda.

Dos semanas después del episodio, el joven continúa en cuidados intensivos con heridas de arma blanca y quemaduras en más de la mitad de su cuerpo. El panorama no es alentador. Los médicos prefieren guardar silencio. Inés ya perdió un hijo una vez y la embarga el miedo de que la historia se repita.

La madrugada del 4 de junio Orlando deja de respirar. Vestir de rojo y gritar que eres chavista tiene un precio. Inés sabe bien el costo cuando cada día recuerda las últimas palabras de su hijo: «Madre apágame, no dejes que me quemen».