panelistas

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de cuarto año de Periodismo.

Casi treinta años han pasado de la caída del muro de Berlín, del desplome del socialismo “real”, del fin de la búsqueda de la utopía en Europa del Este y la URSS. Tres décadas y a mí, con mis solo 22 años me cuesta un mundo imaginarme qué representó aquellos años terribles, años del “no hay” y no sabemos cuándo habrá, días de esperas infinitas, noches de desesperación y mirarse las caras vacías de carne y otras veces de esperanza. Escucho las anécdotas, y me imagino una Cuba bien silenciosa, donde la escasez total llevó a la parálisis, al fin de todo. Solo el chirriar de los ejércitos de bicicletas rompía el mutismo de las tardes vacías.

El andar de la utopía llega a la cuarta década de la Revolución, el Período Especial en tiempos de paz, o sencillamente Período Especial, está marcado por el choque, e desplome del mundo compacto y monolítico que representaba el Campo Socialista de Europa del Este y la Unión Soviética.

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Antonio Romero es versátil, ser economista – decano además de la Facultad de Economía de la UH – no aniquila sus dotes comunicativas; lo señala, sabe lo aburrido que podría llegar a ser una conferencia de economía pura dura sobre el Período Especial y entonces trae la anécdota, el chiste, – es interesante el chiste – la reflexión profunda camuflada en datos sin aparente importancia, pero que ilustran el choque apocalíptico que trajo el silencio. “En un año la actividad económica cayó en un 38%, en dos años Cuba perdió el 73% de su comercio exterior, estas condiciones situaban al país en la peor crisis de su historia nacional, en el período económico más crítico, y estas fueron condiciones que forzaron a la precarización de la vida cotidiana”. Y fueron los tiempos de la escasez absoluta, de la crisis definitiva, donde nos llevaron la escalera y quedó un pueblo aguantándose de la brocha. No había de otra, teníamos que aferrarnos a la brocha.

“Uno de los grandes méritos de esta etapa es que en términos económicos se abandonó el camino de las soluciones ortodoxas y se comenzaron a aplicar toda una serie de medidas heterodoxas. En medio de un creciente mercado negro del dólar y de un situación difícil y contradictoria, el dólar fue despenalizado y en menos de un mes y medio, un mercado que estaba totalmente desestabilizado, se estabilizó”.

Cuando escucha, Romero estira las piernas y agarra los laterales de la silla, antes de empezar a hablar, corre hacia atrás la silla, casi pegándola a la pared y gesticula a la par que cruza sus piernas, enumera sus argumentos como si previera que le están tomando notas sus estudiantes, simplifica teorías económicas complejas y las traduce para un auditorio cargado de comunicadores, periodistas y profesionales de la información.

El choque fue económico, la caída de toda la estructuramontada para responder a las necesidades del CAME durante veinte años, provocó que nuestro país tuviera que recurrir a transformaciones radicales en su funcionamiento económico para, como había dicho Fidel desde el 26 de julio de 1989, seguir luchando y seguir resistiendo.

Entonces entró el turismo y el fomento de la inversión extranjera, aunque la voluntad política e ideológica desarrollada años antes habían creado determinado rechazo a estas cuestiones, el nuevo contexto demandaba necesariamente de ellos para fomentar el desarrollo nacional, pues era preferible hacer concesiones que podían entrañar contradicciones que hacer fracasar del todo el proyecto país por preservar dogmáticamente preceptos que en el nuevo contexto perdían su base objetiva.

Tony Romero termina pausado, habla de Olga, compañera soviética del Centro Investigaciones de la Economía Internacional (CIEI), que, a pesar de su esbeltez y distinción eslava, se descompuso a llorar, frustrada e incomprendida por el simple hecho de que en medio de las grandes carencias, de los hedores ictéricos de la descomposición social, de la hecatombe generalizada, de la desesperanza y la más perversa incertidumbre, la recepcionista del CIEI le pidiera 25 pesos para comprar ron, como cada miércoles, para hacer una pequeña fiesta. Aquella hija de la Madre Patria de los Urales no podía entender la forma ignota en que aquellos cubanos enfrentaban el abismo de la desesperación. Ella no lo podía entender – cuenta Romero – nosotros no podíamos hacer otra cosa.

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¿Qué periodismo se hace en tiempos del fracaso inminente? ¿Qué se estudia si en primer año, o en segundo, o en tercero, etc… se para un profe ilustre y dice a la puerta del aula que todo lo imposible es posible, que los paradigmas han caído y que nosotros no nos dejaremos caer en la mierda de esos paradigmas? ¿Qué se hace si en tus años de carrera atraviesa Cuba la amada por los momentos más deprimentes de su historia fisiológica? Eso nos contó Alina Perera, periodista de Juventud Rebelde, cuya promoción fue 1989-1994, en otras palabras, el momento más duro del Período Especial.

“La incertidumbre fue el sello de esa época, tuvimos que estudiar haciéndonos preguntas, cuestionándonos en ese momento lo que había sucedido y lo que iba a suceder, saliendo a la calle a contar historias, la necesidad convirtió a Cuba en un país donde lo extraordinario comenzó a tener formas múltiples, y podías ver lo mismo un ejército de bicicletas por todas las calles de La Habana, colas interminables para almorzar un fishstick en el Machado o para comerte una hamburguesa”.

Rara vez mira hacia la derecha, su punto del diálogo lo sitúa a su izquierda, se exalta, se apasiona, los recuerdos se le agolpan sin organizar cola en la antesala de su pensamiento, cuando hace las anécdotas la sala vive un silencio sepulcral y es como si se estuviese hablando de una época solemne, de un tiempo de gloria, pero no, se está hablando de terribles fantasmas.

“Escribimos sobre la vivienda, los deambulantes, en ese omento los centros de investigación brindaban mucha información valiosa y existían estudios muy interesantes, por ejemplo, uno que segmentaba a las generaciones según su compromiso político en clase A, B, C, etc…” Aquí quiero parar, porque si este estudio lo revisitáramos hoy, ¿cómo sería? ¿cuánto ha cambiado este asunto? ¿qué clases tenemos hoy en la sociedad cubana? Creo que sería necesario que cada cual midiera brevemente su compromiso político, nada más por vernos un segundo en los noventa.

La fascinación, con una mezcla de ansiedad por el tener, marcaron la época, las escaseces determinaron un retraimiento hacia la familia, las reservas espirituales acumuladas en años previos fueron lanzadas a las hogueras de las vanidades que estas condiciones impusieron. “Era como si el mundo se reinventara y a mí aquello me fascinaba”, dice con un raro deleite.

“En estas condiciones el periodismo se contrajo, muchas revistas desaparecieron, los periódicos que tenían tiradas enormes redujeron sus tiradas y su paginado, la vida en los medios cambió como en toda la sociedad, drásticamente, pero yo siempre he confiado que nuestro ejercicio debe enaltecer la virtud allí donde la haya y denunciar la maldad allí donde se hace patente; y a mí de cierta forma me obsesiona el conservar la esperanza en el país que hemos decidido construir, a las estructuras económicas podemos cuantificarles su recuperación, incluso prever si esta será posible o no, pero con la dimensión subjetiva no pasa igual y algo que debe preocuparnos a todos es precisamente cuánto demorará en restablecerse los valores que nuestro pueblo no puede perder”.

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Eduardo del Llano es un tipo cómico, sin duda, sabe cómo enganchar a un auditorio y contar lo necesario usando las palabras necesarias. “Yo soy alérgico al huevo”, ríen algunos, “es en serio – dice – no puedo comer nada que tenga huevo porque puedo llegar a morir”, lo entendemos, alergias hay de todos los tipos, pero su razón es otra. “Y si el Período Especial fue difícil para todo el mundo imagínense para mí que no podía comer huevo”.

Cada familia cubana podría hacer un libro sobre sus peripecias en los noventa, “la necesidad aguza el ingenio”, dice del Llano que dice Mark Twain, pero la verdad que las historias que cuenta pudieron haberse replicado en cualquier casa de este país. Un aire acondicionado por dos botellas de manteca de puerco, “y además cuando hizo el cambio mi papá se hinchaba al punto como diciendo ‘metí pa pescao’”, la gente ríe otra vez. Y es interesante que los recuerdos sean evocados de forma tan graciosa, los pasajes quizás tristes de un período sombrío de nuestra historia eran evocados en risas, y no hay nada malo en ello, sino que es nuestra naturaleza y Eduardo del Llano la sabe retratar muy bien, quizás Olga la soviet, si hubiera estado en el salón de conferencias no hubiese entendido una vez más la carcajada colectiva, como quizás no la entendemos tampoco nosotros, pero la practicamos con un gusto del carajo.

“Imagina que res un escritor de veinte treinta años y estás a punto de publicar tu primera novela, pero de pronto todo desaparece: no hay papel, no hay luz, no hay combustible, etc… y no es que te digan en la Editorial, por ahora no podemos imprimir la obra, debe esperar hasta… no, no hubo hasta, lo que se dijo fue que no se iba a publicar más y no se sabía hasta cuando”.

Del Llano habla entrecortado, brinda más énfasis a sus ironías y sabe cómo estructurar un buen sarcasmo cubano, no deja de moverse mientras habla y cuando lo hace todo el mundo espera alguna palabra divertida o una ironía subversiva y delicada, que rompa esquemas y haga memorable el encuentro.

“Recuerdo que siendo profesor de la Facultad de Artes y Letras fue Roberto Fernández Retamar quien se reunió con nosotros para explicarnos la situación de las editoriales y en general la que atravesaba el país, en ese encuentro yo le pregunté que si dado el caso hay algún escritor que está escribiendo la nueva Paradiso qué se hacía, recuerdo la respuesta de Retamar perfectamente: está jodido. Y es que las malas palabras tienen momentos donde su uso no puede ser otro”.

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Nunca fue este panel más prudente de hacerse que en estos tiempos de coyuntura, y no es que el retorno al Período Especial este tocando la puerta, sino que tenemos que comprender por qué las condiciones no son las mismas y qué continuamos teniendo similar, lo que debemos transformar para impedir un retorno hacia una situación insostenible.

Terminaré mi texto de forma tajante: la última pregunta fue qué se llevaban ellos de esa etapa. La solemnidad trazó la línea de Romero, que habló de la resiliencia, de la capacidad de sobreponerse, de la creatividad para solucionar problemas que aún nos quedan pendientes; así como la de Alina que insistió en el desarrollo a pesar de las dificultades, en la esperanza en los jóvenes en la convicción de vencer todo obstáculo.

Entonces fue Eduardo del Llano. “A mí me dejó un hambre permanente, la verdad. A mí me ha pasado que tengo que comerme el último trocito que queda en el plato porque me parece que se va a acabar, además de todo lo que ustedes dijeron, para que los voy a engañar, eso se me quedó para toda la vida”.

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