Acuarela de Martí, obra del artista plástico Josignacio

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.

No hay forma nueva de abordar este tema. Martí vuelve a morir cada 19 de mayo. Tiene algo de desesperante el morir todo el tiempo, morir toda la vida mediante el recuerdo de otros. Cada año, cada 19 del quinto mes del calendario gregoriano, muere, y en la mañana del veinte casi podemos sentir el mundo que cambia tras la catástrofe nemónica, tras el subproducto memorioso que se desvanece en nuestros labios y en temblor de nuestros ojos al tratar de rechazar el terrible aluvión que se precipita hacia la luz. Entonces si nos preguntan cómo fue, ¿qué hacemos? ¿qué decimos? ¿cómo relatamos la soberbia injusticia de la muerte de quien no debió morir?

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Jorge Mañanch, Martí, Apóstol (1932):

“Ardorosa aún la tropa por los discursos y fortalecida por el rancho, se lanza hacia el Contramaestre con ímpetu tal, que por un momento Gómez piensa en otra jornada de Palo Seco. El vado obliga a los jinetes a perder la formación. Al otro lado del río, trepada la barranca caen sobre una avanzadilla española y la machetean al galope. Gómez advierte que la columna se le ha anticipado y tiene ya formados sus cuadros en la pequeña sabana, por entre maniguales y sitios de labor.

“Ordena a Martí que se mantenga con Masó a retaguardia, mientras Borrero y él avanzan a derecha e izquierda, respectivamente, para ceñir al enemigo. Fraccionada así la tropa e iniciado con violencia el fuego, martí le pide un revólver a uno de los ayudantes de Masó, el joven Ángel de la Guardia, y le convida, no obstante, las órdenes a seguir adelante.

“¿Arrebato épico? ¿Inexperiencia? ¿Codicia de su hora?… Solos se lanzan entre la humareda. Al llegar cerca de un denso matojal, flanqueado por un dagame y fustete corpulentos, les recibe una descarga cerrada. Cae Ángel de la Guardia bajo su caballo herido. Al incorporarse, medio cegado por el golpe y por el humo, ve a Martí tendido a pocos pasos, con el pecho y la quijada tintos en sangre. Trata el jovencito de cargarlo, y no puede. Apenas se retira hacia los suyos para buscar ayuda, la avanzada española adelanta bajo el fuego nutrido de su propia fusilería.”

Gonzalo de Quesada y Miranda, Martí, Hombre (1944):

“Desde las avanzadas cubanas se oyen tiro, Gómez, en un arranque fogoso e impremeditado, grita: ‘¡A caballo!’, y le ordena a Masó: ‘¡Siga con toda la gente detrás de mí!’. Conmina a Martí: ‘se retira hacia atrás, que aquel no era su puesto’. A galope llegan los cubanos a la pequeña sabana de Boca de Dos Ríos; como hechizados, cargan sobre los españoles con frenesí, pero su ímpetu se rompe ante la resistencia del enemigo, se ven forzados a la retirada. En el fragor del combate, ante la lucha desigual, el ardor de Gómez por triunfar le trae nuevas bajas, la imposibilidad de pensar en la suerte de Martí, a quien supone a resguardo del peligro, cumpliendo su orden terminante de no avanzar.

“Pero para Martí ha llegado ‘su hora’. En Arroyo Hondo [Quesada se refiere a un combate anterior] no tuvo tiempo ni oportunidad de unirse a sus ‘hermanos’, a pelear. Mas ¿quién podrá detenerlo ahora? Acaso ¿no presiente y lo avasalla el supremo instante de demostrar que ya es ‘hombre’, de acallar para siempre las lenguas víperas, acusándole de ‘civilista’ cobarde, de asegurar para siempre la perdurabilidad de su obra y de hallar remanso a su alma atormentada en el Nirvana?

“Sobre su caballo blanco, vestido de saco oscuro y pantalón claro, calzado de borceguíes negros; al cuello el cordón de su revólver de cabo de nácar, carga sobre las resguardas filas enemigas, con Ángel de la Guardia.

“En el bautizo de fuego, cae herido el caballo del joven; las descargas españolas se concentran en Martí. ‘A ese, con el sombrero de castor’ –señala el práctico Antonio Oliva, de las fuerzas españolas. una bala le destroza la mandíbula, otra le desgarra el pecho, la tercera el muslo derecho. Martí rueda ensangrentado desde su cabalgadura blanca… Entre un dagame y un fustete se cierra el marco de su muerte, deja de latir su corazón, sobre el cual lleva, como tierno talismán un retrato de María Mantilla…”.

Luis Toledo Sande, Cesto de llamas (2012):

“Hoy [2012] cuando se llega al cementerio llamado de Santa Ifigenia, en Santiago de Cuba –al cual, tras ocho días de penosa trayectoria, su cadáver fue llevado por el propio Ejército español, que se apoderó de él durante el combate de Dos Ríos–, lo primero que salta a la vista es el Mausoleo que allí se construyó en 1951 para guardar sus restos. El ramo de flores que él pidió en Versos Sencillos acompañan siempre la urna de bronce a la cual, por distintos ángulos del monumento, llegan rayos de sol durante el día”.

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La muerte se puede relatar una y mil veces, y si es lo suficientemente ajena puede hasta no doler, pero la muerte de Martí es particularmente propia para quien ha vivido de la mano digna de una actitud consecuente. Ahora pienso un tanto en lo que significa promover el pensamiento martiano, lo veo como un acto estéril si no es fundador de algo nuevo, si queda allí toda su vida, volteada por un panel ilustre ante una audiencia desinteresada, y no mueve los engranajes de la existencia ajena para evocar la posible transformación del mundo. En esos destellos de lucidez infinita, aquella que le llevó a decir, según cuenta Carlos Manuel Marchante en su anecdotario Entre espinas flores: “Quiero que conste que, por la causa de Cuba, me dejo clavar en la cruz, y que iré al sacrificio sin exhalar una queja”, esas palabras, atribuidas al último discurso del Apóstol, no solo ponen en claro el sentido de su vida marcada por una voluntad definitiva, sino de la gran resiliencia que acompañaba a lo ético en él.

De eso nos habla la muerte de Martí, muerte que se traduce en silencio del intelecto, silencio rotundo que no para de oírse aun 124 años después, y hablan los mausoleos luminosos, ya no de la tristeza sublime de quien muere casi absurdamente, sin disparar un tiro, prácticamente solo y casi a mansalva ante el enemigo; sino de la armonía raigal de los mundos pasados y de los por venir, de la pasión, de la Patria…

Cae rodando su pensamiento al muladar que es la gloria postiza cuando lo evocan falsamente. Solo retorna a la ruta de su peregrinar anacoreta cuando vemos a los que lo recuerdan en el mutismo, en la razón de ser y no en la ilógica de parecer, aunque solo hablen de él en el silencio de las acciones, son quienes lo mantienen con vida y lo hacen nacer cada 20 de mayo.

Terminemos así, sin lógica aparente:

“La patria es ara y no pedestal. Se la usa para servir y no para servirse de ella” –dijo él que entendió de casi todo. La revolución es un acto ético, no lo olvidemos.