Habana

Por: Arianna Ramos Martín, estudiante de periodismo

Imágenes: Naturaleza Secreta

Me pregunto por qué y me siento como a los seis años cuando los reyes magos olvidaban alguna de las peticiones de mi carta. Por qué, si yo me porto bien, es el tipo de frase que jamás pensé que diría a estas alturas. Llevo casi seis meses sin salir a penas de mi casa, salvo para alguna cola en extremo necesaria. Medio año sin ver a mis amigos, recurriendo a sus redes sociales para saber en qué han cambiado.

Cerca de 24 semanas sin sentarme en un aula o experimentar la emoción de entrevistar a una fuente en persona. Doscientos días, quizás más, quizás menos, sintiendo que no soy lo suficientemente útil.

Muchos nos preguntábamos que se sentiría vivir en una época destinada a aparecer con mayúsculas en los libros de historia. Concientizas la situación y es dura, confusa, pero la mayoría del tiempo, mientras permanecemos en la tranquilidad de nuestros hogares, puede sentirse incluso como cotidiano. Tal parece que con el transcurso del tiempo la percepción del riesgo no es lo único que disminuye, también perdemos la noción de la gravedad y de lo excepcional de las circunstancias.

Saboreamos las cifras bajas de infectados del mes de julio. Sentimos que iba a acabar. Todos volveríamos a nuestros centros de trabajo o de estudio y por fin se hablaría de algo que no fuese la Covid-19, el número de casos o de fase en las distintas provincias.

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No pudo ser, sin embargo, estoy segura que esta pandemia con su respectivo aislamiento nos ha obligado a reinventarnos, a crear, a no decaer en el intento de hacernos los días más fáciles los unos a los otros. Se lo debemos al doctor Durán, por su paciencia, al personal de salud que no duerme y a nuestra familia.

Le debemos la esperanza, la alegría. A eso también nos ha enseñado la cuarentena, a que existen muchas formas de ser felices, a extrañar y valorar los momentos y sobre todo a no dejar que nos roben ninguno. Un virus puede detener al mundo, pero no va a impedir que celebre los cumpleaños de mis amigos junto a ellos.

Crearemos grupos de Whatsapp, dedicaremos videos, canciones, sincronizaremos un brindis y cuanto sea necesario, porque estamos aislados, nunca solos. Lo negativo del escenario es evidente, pero lo mucho que hemos ganado en estos meses puede pasar de inadvertido si no miramos con agudeza hacia atrás.

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Hoy sabemos estar en familia, al compartir tanto tiempo ya los padres, abuelos y hermanos no son ese grupo de personas que comparte un salón y fijan su vista en el televisor. La familia también está retroalimentándose y aprendiendo a comunicarse, a acompañarse. Aún no vemos la luz (como diría el mediático Durán), al menos en la capital del país, pero esa no es razón para dejar de ofrecer lo mejor de cada uno. Sé que cuando vuelva a las guaguas y al ajetreo para llegar a la facultad, me confundiré alguna que otra vez de parada y hasta de calle por la falta de costumbre y mi habitual despiste, pero estoy ansiosa por recorrer los nuevos caminos y desandar los equivocados.

Si nos hemos cuidado hasta hora y permanecido en casa es porque apreciamos la vida, por ello no dejemos de disfrutarla, aunque nos toque bailar y reír entre paredes. Eventualmente, tal y como reza la leyenda popular, esto también pasará.

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