Por: María Karla González Mir, estudiante de segundo año de Periodismo
Ella lo observa celosa, como si desconociera su figura esbelta, majestuosa, a ese hombre que en el fondo ha visto muchas veces. Bien sabe de sus hazañas, de su grandeza. Él permanece inmóvil, tranquilo; la fotografía ha capturado al hombre en la tribuna efervescente, al de la mirada aguda. Observa cautelosa, pero no la conforta, necesita oír nuevamente su voz, encontrar al Fidel que hoy es el mismo, y a la vez, otro diferente.
Fidel: se dicen tantas cosas con solo una palabra, que resulta complejo distinguir entre el guerrillero, el revolucionario, el político excepcional, el soldado de las ideas, el hombre. Ese que supo guiar a un pueblo hacia la construcción de una nueva sociedad; fiel defensor de la igualdad y los derechos humanos. Hombre de pensamiento profundo y acciones trascendentes, devorador de conocimientos, soñador.
Nació con el don de la elocuencia. Su singular habilidad comunicativa en la defensa del poder del pueblo y los fundamentos de la Revolución Cubana, fue el resultado de una experiencia histórica única, vasta cultura e incansable estudio; discípulo y maestro.
A lo largo de su vida demostró su capacidad de análisis, de explicar, de convencer. En privado o frente a grandes multitudes su discurso era no solo capaz de emocionar, sino de encender en todos el fuego de lucha y resistencia ante cualquier vicisitud. Tocaba con sus manos los problemas de la gente, esas que cientos de veces vimos dibujar en el aire, apuntar, imponer.
Fidel fue un comunicador por excelencia, cuyos principios absolutos fueron siempre la ética y la verdad. Entendió tempranamente la importancia de emplear medios de comunicación para transmitirle sus ideas al pueblo y al mundo; desde La historia me absolverá, sus valiosas reflexiones, hasta sus intervenciones en la Plaza, en un teatro, o en una conferencia de prensa, exponían la inteligencia y sabiduría de un incansable luchador al servicio de la Patria. Incursionó en tantos asuntos, fue tal su vocación humanista, que difícilmente algo le resultara ajeno.
Sabemos bien de qué sonidos está hecho su liderazgo. Su oratoria, “cordial”, como dijese en varias ocasiones Frei Betto, “que habla con el corazón”; su enérgica voz, en ocasiones un susurro durante conversaciones íntimas con compañeros; en otras quebrada, como en el duelo de los mártires del atentado terrorista al avión de Cubana, en 1976.
Admirado por muchos, incluso por aquellos que no compartieron sus ideales. Consciente de la gran repercusión de sus palabras, hizo de estas un símbolo de cubanía, un legado.
Entonces, ella vuelve a la instantánea, y comprende que no se ha ido. Fidel hoy es el mismo y a la vez, otro diferente.