Por Elianys Justiniani Pérez, estudiante de 5to año de Periodismo
Llegó temprano y comenzó a acomodar sus cosas. El encuentro estaba previsto para las cinco, y así fue. Es de esos pocos que quedan con la rara costumbre de respetar los horarios pactados. Gerardo Alfonso estaba sentado junto a su guitarra en la misma posición de la última vez que lo vi hace ya tantos años, cuando aún no tenía el cabello grisáceo ni se le olvidaban sus propias canciones. En aquellos momentos éramos solo una banda de chiquillos de preuniversitario locos por partir a casa cuando nos encerraron en la escuela a las seis de la tarde para escuchar un concierto suyo que no disfrutamos casi nada. Lo confieso, fui a escucharlo ayer con mala voluntad, aún con el rencor del día aquel en que nos tomaron de “llena espacios”.
Las canciones comenzaron y la gente hacía sus pedidos… “Amanecer”… “la del Che”… “el revolver”… ya ni siquiera recordaba que esas canciones eran de él, ni cuánto me gustaban antes de aquel incidente. Igual esta vez no tuve el chance de prestar mucha atención, necesitaba preparar las preguntas para entrevistarlo una vez terminada la peña. En uno de esos intermedios entre canción y canción alguien se adelanta a preguntarle cuál era el motor impulsor de sus canciones.
_“Es el amor –decía- pero hay otro parecido a una libertad rara que se acerca a la rebeldía, la ira el odio”. Parecía extraño oír hablar de odio a un tipo que te pide nunca sacar el revólver. Luego, mientras cantaba comprendí que habló de esa furia con la que quemaba naves esperando el amor de una novia que lo derretía al pasar, en los tiempos que jugaba básquet con los All Star, en los años de escaparse de la escuela al malecón, de la era está pariendo un corazón…
“Es que la ira no te sirve para cantar, pero te mueven la carne….”- aclaró después.
Aprovecho entonces para garabatear unas preguntas más mientras él busca canciones en su repertorio. Ya ha olvidado la letra de muchas, debe traerlas en papeles y aun así se apoya de la memoria ajena para cantar….la gente se las sabe…y lo acompaña.
“Voy a tener que salir más con la guitarra a cantar por ahí. Así es como uno descubre cuánto te conocen los demás. Hay canciones que para mí eran casi desconocidas por la gente, y cuando las canto y veo que se las saben me llena de satisfacción”
Gerardo continúa con sus tonadas. Ahora ve que la gente se disocia un poco. Conoce cómo recuperar la atención, va a hacer una historia: “Mis amigos eran locos de amarrar, y la clase un manicomio popular, la pizarra era un enojo, los cuadernos, antejos en los bolsillos de atrás…”
Es una buena táctica la suya. Quién no tiene un amigo de esos que son dioses para ti cuando el suelo se agrieta bajo los pies, de esos que están lejos pero siguen contigo….Observo a mi alrededor y mucha gente se abrazaba, una muchacha tenía lágrimas en los ojos. También yo tuve que mirar a mis amigos, recordar a otros de los que no sé el paradero. Fue la primera canción que por esta tarde canté con Gerardo. Que me perdone Joaquín Sabina: esta es la canción más hermosa del mundo.

Se acerca el final de la peña, le piden Sábanas blancas, nos hace esperar. “Es que… si la canto ahora…se van, no se quedan hasta el final. Esta se ha convertido en una canción de masas, la gente siempre la pide muy ansiosa, en ocasiones es la única que se saben. Tengo la certeza de que puedo hacer un concierto de vals que si canto Sábanas blancas al final será un éxito.”
Nuevamente, con la ya tradicional técnica feconiana del papelito anónimo, alguien roba otra de mis preguntas para el cantante, quieren saber acerca de la canción que dedicó al Ché. Y en ese momento, Gerardo habló, pausado, serio, con palabras que se notaba le brotaban del alma, de donde mismo lo salen tan sublimes canciones. Recordó cuando visitó la Higuera, y cantó “Son los sueños todavía” ahí, llorando, y haciendo llorar a todo el que estaba presente.
Esa es la única canción que repite en este íntimo y peculiar concierto, y aun así deja la impresión de que escuchar algo nuevo: la primera vez, lo hace en solitario con un lamento trovadoresco, y la segunda, acompañado de la joven Lisdanys, en un dueto de dulce sabor. “No es una canción para jugar”-dijo. La entonaron con esmero, muy en serio.

Me he quedado sin preguntas, todas le han sido lanzadas al aire o en los papelitos esos que iban de mano en mano. Creo que me alegro. He disfrutado del concierto, y también los que están a mi alrededor. Esta vez no solo llenamos el espacio: fuimos atrapados por él.
Nos dedica una nueva melodía, un estreno, casi a modo de consejo para universitarios: “Lo más importante es no conformarse, seguir soñando”. Así es…toma su guitarra y se marcha, pero nos deja con sueños todavía.
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