guagua

Por Jorge Alfonso Pita.

Todo país, toda ciudad tiene un lugar donde tomarle el pulso. Un lugar donde sentir genuinamente como vive, piensa y habla un pueblo. En ese sitio por lo general se pueden escuchar las frases más ocurrentes, los estribillos de moda, los slogans diarios, los sabios dicharachos. Es una especie de matriz de la que emerges cada vez más convencido de que perteneces allí, un renacer continuo. En nuestra Cuba me atrevería a decir que ese espacio es el transporte público.

Y precisamente en una parada estaba yo meditando este asunto, cuando encontré una de estas frases, una que sintetiza muy bien la ironía y el cinismo de quien la inventó: “Parte de tu vida, parte de ti”. Esta inocente oración, en apariencia, es el slogan de la Empresa de Ómnibus Metropolitanos. Efectivamente, parte de nuestra vida, aunque sea triste aceptarlo. Parte de nosotros, a pesar de que nos deprimamos y busquemos desesperadas alternativas de 10, 20 o hasta 25 pesos.

Pero ese día no hubo alternativa posible. La guagua, esa vil maquinaria, se acercó y me retó a subirme. Después de algunos cálculos básicos de área y volumen, me asusté primero, luego me negué, me deprimí, pero finalmente lo acepté y me subí (este proceso lo he perfeccionado para que dure solo unos 5 segundos).

Ya montado me di cuenta de que la creatividad verbal de mi ciudad nunca se siente más viva que sobre diez ruedas, apretada, a 37 grados Celsius y con alguien respirándole en el hombro. En esas condiciones escuché al picaresco chofer acomodando a los pasajeros al ritmo de este dicho readaptado: “Vamos familia, apriétense que el roce hace el cariño”. Solo pude reírme y continuar la marcha para probar si surgía algún cariño entre una anciana furibunda – a la que ya le contaba tres pisotones – y yo.

Unos… tres empujones más adelante, escuché a dos muchachos de secundaria conversando, amenizados por una bocina con buen reggaetón, si tal cosa existe. En el diálogo abundaban los “presidiariamente”, “ricamente”, y el bien conocido “normalmente”. Adverbios de modo cuyo uso excesivo denota, paradójicamente, la falta de “mente” de los que incurren en él.

Mi camino por las entrañas del monstruo continuó, o me hicieron continuarlo, diría yo. Eso es lo curioso de un viaje en guagua que resulta, al final, dos travesías en una. Mientras te desplazas por el asfalto surcando el viento de la vía, a buena velocidad, también lo haces por una carretera humana por donde no circula mucho el aire y la velocidad la impone una masa compacta y despiadada que lucha por llegar a la salida.

Conquisté la última puerta, ya me encontraba en una posición algo “cómoda”. De pronto, haciendo caso omiso de todos las protestas de los pasajeros  de “aquí no caben ma’ gente ni en el techo”, “quieres meter la Habana en Guanabacoa”, el conductor abrió. Nadie bajó, mas un grupo de “proletarios enardecidos” subieron en tropel, arrollando. Se oyó, entre las protestas de “abusador”, “descarado”, alguien que comentó resignado: “ahora sí, éramos pocos y parió la abuela”.

Casi asfixiado, calculé, mi parada era la próxima, debía hacer un último esfuerzo para bajarme. Comenzó a sonar en ese instante Silvio Rodríguez en la guagua, (¿se sentiría mal el chofer?) hasta ese momento inundada por Gente de Zona.

Ya me retorcía en contorsiones desesperadas para salir. Saqué la cabeza primero, respiré como neonato que estrena sus pulmones y Silvio cantaba: “la era está…”. Llevé los brazos fuera de aquel útero abigarrado, continuó “…pariendo un corazón”. Logré liberar una pierna, pero la otra seguía trabada con alguien,  “no puede más, se muere de dolor”, siguió el cantautor narrando mi historia. Perdí el equilibrio y lo último que alcancé a escuchar fue “hay que acudir corriendo pues se cae”. Nadie acudió corriendo, sin embargo no importaba, ya estaba fuera, empapado en líquido amniótico-sudoral, pero fuera.