Habana Vieja

Por Mario Ernesto Almeida, estudiante de tercer año de Periodismo

Ante el Museo Nacional de Bellas Artes, las personas se amontonan para entrar. El reloj no llega a las 8:00 pm de este 15 de noviembre de 2018, pero la llovizna ha comenzado a caer y un portero de criticables modales anuncia que ya se puede ir pasando. “Suave porque, si no, nadie entra”, grita el seguridad de poco más de cincuenta años, flaco, alto, cóncavo, mulato, en evidente alarde del poder que no tiene.

La enorme galería donde descansa lo más vistoso de las artes plásticas cubanas, espera el 499 con un desfile de moda. Su patio central acoge una pasarela. Sillas, sillas y más sillas por los costados. Luces, pantallas, cámaras, teléfonos celulares, flashes, música…

Un muchacho de tez oscura, gafas y traje de brillo sube al escenario. “Me voyyyyyyy pa´ mi casa”, amenaza, informa. “Tú eres mi paciente”, asegura, sentencia. Juega con el micrófono, baila, cambia bruscamente las modulaciones de su voz, sonríe, baila… y a la gente se le salen síntomas de locura cuando él vuelve sobre lo mismo, con eso de “Tú eres mi paciente”.

Exponentes de la farándula capitalina visten variados, curiosos e impactantes diseños. Los exhiben a lo largo del puente de madera al tiempo que los espectadores dejan ir sus impresiones matizadas con signos de exclamación.

Unos piensan en extravagancia y otros en moda. Algunos llegan a la salomónica conclusión de que existe, en el mismo desfile, sobre la misma pasarela y a pocas horas de que San Cristóbal de La Habana cumpla 499, un poco de cada cosa.

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En el más viejo de los barrios, en la más empedrada de las calles, la sala de una casa ha intentado disfrazarse de McDonald. El estrecho sitio yace abarrotado de personas que desean tomar jugos naturales con sabores sintéticos y comer hamburguesas acompañadas de papas fritas y maltrato.

“24 horas”, dice el cartel a la entrada. “Es de maracuyá, no de naranja”, impone la dependienta. “Se me enfría el plato y no lo traen”, murmura una joven.

Un señor sudoroso, con saco y sin corbata, con pañuelos amarrados a las mangas, engulle, descuidado, esponjosos trozos de pizza. En la parte de afuera, mirando hacia adentro, yace en silla de ruedas un mendigo con barba y sin pies.

A cuatro o cinco cuadras de ahí, en lo que algún día fue la sala de otra casa, un cuarentón, casi calvo, con el español chamuscado de otras latitudes, pregunta a la clientela de qué sabor querrá su helado y cuántas bolas pedirá, en qué formato… Cobra lo suyo. Una muchacha sirve el pedido y señala hacia un pomito con miel.

Minutos después, con piernas cruzadas, sobre banquetas incómodas y frente a un espejo que cubre toda la pared, los clientes se vacilan mientras agarran el cono que asesinan a lengüetazos. El helado tiene poderes mágicos: a ciertos clientes les abre una brecha directa hacia la memoria afectiva.

El helado, aunque tenga un nombre yuma, impronunciable, venga con una servilleta fina y cueste 25 pesos cada bola, sabe parecido a las paleticas caseras de dos pesos, hechas con leche y maní, en un molde de latas de refresco y bolsitas de yogur, con un palito de caña brava.

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10:30 pm. La Catedral de La Habana tiene abiertos sus portones. Del interior emana una luz cálida, acogedora, angelical. Algunos quedan medio mudos parados en la calle hecha de pedruscos, preguntándose –quizás– si resulta menester confiar de forma ciega en Dios para sentir que algo de divino ha de acurrucarse dentro de tanta belleza. Otros entran.

Al traspasar las puertas, yacen, en lo que sería una primera línea de recibimiento, tantito a la izquierda, los mercaderes del templo. Sobre su alargada mesa, ofertan a Dios y sus más próximos convertidos en collares, pulsos, llaveros y rosarios. La gente, que necesita en qué creer, los compra. Hay quienes ven en los fetiches del cielo un buen recuerdo de su visita a La Habana; esos también hurgan en los bolsillos lo necesario para el trueque.

Dentro de la sala las personas son más pequeñas que de costumbre. Una estatura promedio se ve reducida bajo la magnífica lámpara que domina la tercera cúpula del techo, o ante las sublimes pinturas de santos y pasajes que abundan en las paredes, o cerca de los altares rodeados de flores y de arrodillados, o tras los ventiladores de aspas de aluminio apostados a las esquinas de las bancadas, o al lado de las bocinas y demás equipos de audio, grandilocuentes también, que dos fieles van recogiendo porque la misa de esta noche de jueves ha llegado a su fin.

Hay cola en el altar de San Cristóbal. Hay una señora de aproximadamente sesenta años, casi arrodillada, con sus dos brazos en alto en dirección a las cúspides del templo, con su rostro también en busca de algo por allá arriba como quien pide al grande. Entre sus manos, un teléfono celular que, segundos después, imita el sonido de un obturador y suelta un flash. La señora se levanta de la banca, se resigna ante el magnánimo y se va.

Antes de marchar, cada quien se acerca a las aldabas de los portones y las hace sonar varias veces. Las aldabas poseen una cobertura de esponja para que la estridencia del sonido no resulte insoportable. Es tradición, parece, agarrar la argolla de hierro y sacarle el “tan-tan”.

Uno de los clérigos, mientras dobla rojos manteles, explica que, al entrar, muchos feligreses consideraban despertar a Dios tocando las aldabas y que, así, este escucharía mejor las súplicas. Otra de las posibles causas del toque –cuenta orgulloso el beato– radica en que, centurias atrás, todo perseguido capaz de alcanzar y hacer retumbar la aldaba mayor, aún hoy a más de tres metros del suelo, recibía asilo y protección de la iglesia.

También con orgullo, reseña que, en vísperas de San Cristóbal, el esclavo que lograse igualmente “trepar por el portón de madera” y demostrar contacto con la aldaba suprema, recibía su libertad.

Pero los actuales visitantes de la hermosa catedral no necesitan ni resguardo político ni llaves para grilletes, por eso, quizá, resultan pocos los que se saben el cuento. A ellos solo les han dicho que, antes de largarse de la santísima cámara, es de buena suerte retumbar sus puertas.

Dan tres toques, dan diez, hay quien ni siquiera los cuenta, incitan al acompañante para que vaya y toque también porque, aunque últimamente no se crea en mucho, un poco de ayuda del más allá nunca sobra.

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La Habana está a punto de cumplir 499 años, pero, en ella, solo se habla de quinientos. Este aniversario llega y se va pensando en el que viene, en el que será.

Cerca de la Avenida del puerto, hombres y mujeres de todas las edades hacen cola, muchos sin sombrilla, bajo la incómoda llovizna del invierno incipiente. Todos aguardan dispuestos a rodear a la inmensa ceiba cuando llegue las doce de la noche. Todos esperan con deseos, promesas, sueños, esperanzas, fe… Mientras tanto, pasan los P5, los almendrones, los corporativos, los botes… y el viento despeina el follaje del imponente árbol.

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Cuando llegan las 2:00 am del 16 de noviembre, las yagrumas del convento de Belén, las yagrumas de los derrumbes, las yagrumas de los descuidos, se muestran orgullosas en el casco histórico.

Hay gente caminando por la calle, gente comiéndose a mentiras en la acera, gente descargando con música mala en bares de peor muerte y gente, descargando también con música igual de mala, en bares de mejor pertrecho. Sin embargo, nadie le dedica un Happy Birthday, o un Felicidades en tu día a la dichosa Habana que no descansa ni por su cumpleaños.

El mar… el mar sí está como loco por el acontecimiento. Abraza al malecón con el ímpetu de los mejores amigos y lo colma y lo inunda de su propia arena y agua. Las luces narran cómo la ola rompe, se eleva y se va con el viento a colarse en algún hueco de la ciudad, que ya se adaptó a maldormir con un ojo abierto y otro cerrado hasta el amanecer, cuando cierra el que tenía abierto y abre el otro.

Los transeúntes de horas nocturnas, miran al mar y se deslumbran al sentir que La Habana va soltando pedazos. Los cruceros, al partir de madrugada, parecen trozos flotantes de ciudad que se desprenden a la deriva. Ese rectángulo lleno de luces, recapacitan algunos, se va repleto de personas que, tal vez, marchen seguros de que los cubanos son felices porque viven entre dominó, ron, tabaco, playas y mulatas.

Contra, filosofan, ¿tan fácil y barato le habremos vendido lo que somos?

Pero el barco no se entera ni de la llovizna del incipiente invierno cubano ni del cariñoso oleaje del frente frío. El barco engancha su velocidad de crucero y se pierde, como una urbe independiente, hacia otros puntos bien definidos en las coordenadas de su mapa.

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La Habana, sin menos maravillas y realidades que las que enuncia el sobrenombre que le han puesto, llega al 499 y, aunque no lo celebre con Happy Birthdays, tampoco permanece indiferente.

La Habana modela, sirve y come hamburguesas en un falso McDonald, toma helados de nombres raros, brinca con la mala música, le da vueltas a una ceiba, retumban las aldabas de una iglesia, se baña en el malecón, escupe cruceros y camina noctámbula. Amanece, se maquilla las ojeras y sigue con lo suyo.