zapatillas de ballett

Por Raidel Blanco Correa, estudiante de primer año de Comunicación Social

Pareciera imposible de creer, mas la maravilla y genialidad de Alicia Alonso unido a una encomiable y abnegada labor por parte de maestros y de la escuela cubana de ballet ha permitido que aún 75 años después del debut escénico de Alicia en el personaje de Giselle, esta obra nos siga deleitando hasta la saciedad.

La versión coreográfica de la Alonso, sobre la original de Jean Coralli y Jules Perrot, viene a mostrarnos una Giselle mágica, encantadora, humanamente creíble y, a su vez, mágicamente impensable. Habría que hacer aparte entonces para hablar sobre la interpretación de una joven bailarina cubana, consagrada ya como una de las figuras de mayor renombre sobre los escenarios a nivel mundial: Viengsay Valdés.

Y es que Viengsay es vívida muestra de elegancia, estilo, entrega y pasión sobre el escenario. Su capacidad para desdoblarse sobre las tablas, su frescura a la hora de bailar y la limpieza exquisita de sus movimientos hacen que sencillamente nos quedemos atónitos cuando la disfrutamos en un personaje y si ese personaje es la Giselle de Alicia, entonces la satisfacción está asegurada de antemano.

Viengsay nos muestra en un primer acto a una Giselle ingenua, limpia, tímida, joven, bella, de salud frágil y de corazón humilde. La clásica campesina de lejos de la ciudad que vive enajenada de la realidad en un mundo donde la opulencia y el glamour de la Corte Real nunca se ha visto.

Una Giselle que, de tan casta, se enamora perdidamente del joven equivocado, Albrecht, Duque de Silesia. La Viengsay hace gala de sus dotes de belleza para seducir al duque -y más que al duque, a todo el auditorio- con sus movimientos dulces, mágicos, seguros, perfectos.

El clímax durante este acto se viene a dar durante la muerte de la joven, momento en que el público completo se pone de pie, al unísono, y comienza a ovacionar a Viengsay.

Asimismo, la labor de los jóvenes bailarines Rafael Quenedit y Ernesto Díaz en los personajes del duque y el guardabosques respectivamente, quienes hacen derroche de destreza física y nos muestran, además, unos movimientos de inigualable elegancia.

Ya para el segundo acto, la puesta en escena se hace aún más mágica, efímera y el espectador no sabe si está siendo parte de un sueño o si es la realidad misma.

La elegancia, delicadeza, fineza y maestría con la que bailan Claudia García, en el papel de Myrta, reina de las Willis; y Ely Regina y Bárbara Fabelo en las pieles de Moyna y Zulma embelesan y atontan a un auditorio que espera desesperadamente por la resurrección de una Giselle aún más bella, aún más pálida, aún más lánguida, aún más perfecta.

Y es entonces cuando Viengsay se adueña por completo de nuestras almas y hace con ellas lo que le place, al igual que hace con el joven duque. Por momentos la joven bailarina rompe toda ley física existente desafiando la gravedad y vuela, sí, Viengsay vuela y en el aire, se ve aún más magnífica.

Mas su amor por el duque se sobrepone a la orden de Myrta y Giselle, en tierna muestra de pasión, salva a al joven de una muerte segura sobreviniendo entonces el desenlace final de la obra, no sin antes ser testigos de nuevo, de la limpieza y elegancia con que Rafael Quenedit baila e insta al público a ponerse de pie, como resorte y comenzar la que será una de las ovaciones más grandes recibidas por Viengsay, Alicia y el Ballet Nacional de Cuba en su terruño. Gracias Viengsay. Gracias Alicia