máquina de escribir

Por Eduardo Grenier Rodríguez, cuarto año de Periodismo

Un par de arbustos colocados de forma transversal impiden el tránsito en una céntrica calle de La Habana, mientras el cielo encapotado y la furia del viento delatan al instante el ambiente lúgubre que ofrece la capital cubana. Pareciera que caminamos por Manchester, con sus nubarrones incrustados en el cielo durante todo el año, y la gente forrada con bufandas y gorros para cobijarse de las gélidas temperaturas. En Manchester el sol no sale casi nunca. En La Habana el sol sale casi siempre. Por eso sorprende que estemos en Cuba, y no en aquel enorme rincón inglés.

Mañana de septiembre de 2017. La Habana no parece La Habana. Más bien parece un espejismo de sí misma. Las olas chocan con el muro del Malecón como si quisieran tumbarlo, y a su alrededor cada rincón del alegre Vedado se convierte en un pequeño desastre entre agua y objetos arrastrados por el viento. Irma fue la culpable, como antes lo habían sido Ike, Gustav, Matthew y otra sarta de desagradables visitantes.

En una esquina de la calle E, la gente hormiguea.

—«Vete a casa del viejo Félix, ese sí que ha sufrido con el ciclón», me comenta una vecina.

Félix Jaime camina despacio. Luce agotado: los años, el huracán, el trabajo, la vida… Ochenta almanaques deshojados los suyos. Ni más ni menos. Sin embargo, no los aparenta. Anda erguido y es su rostro una extrañísima mezcla entre rudeza y mansedumbre. Lleva una gorra gris, del mismo color que el pulóver. Conversa de forma pausada, aunque cada palabra retumba en toda la casa.

—«Entra mi´jo, siéntate, es lo único que te puedo ofrecer». Acepté, y él ocupó el butacón vacío a mi lado. Cómodos, pese a todo. «Ni sé cómo sirven todavía, el agua los incrustó contra la pared, y ahí los ves, enteros», dice mientras su rostro, en una especie de rictus, amenaza con sonreír. Sin embargo, no lo hace.

La casa, oscura como el cielo de La Habana, acusa la escasez de atavíos hogareños. Irma arrasó con todos. «Esta puerta la arrancó de raíz» —comenta señalando el acceso al cuarto, donde aparece una cama solitaria. El colchón, personal, no abarca todo el tablón. Las patas tampoco existen, por lo que unos bloques hacen de sostén. El panorama no es agradable. Hay remiendos por todos lados.

Por momentos Félix muestra unos nervios de acero. Pero su mirada sigue cristalina. Dicen, y con razón, que los ojos son el reflejo del alma. Casi en un impulso, señala con su dedo la pared manchada por el moho: «El agua subió y levantó todo eso. Lo perdí casi todo, pero no importa, Jesús Cristo nació en un pesebre y mira lo que representa para el mundo. ¿Me entiendes? Yo tengo coraje y fuerza pa’ seguir luchando 80 años más. Volveré a poner mi casa bonita, como antes. Y esa lámpara que ves ahí, era de mi esposa. La salvé porque la subí conmigo. Eso sí que no lo podía perder».

Y entonces a uno se le olvida Irma y La Habana y Manchester, y los nubarrones que entristecen un país entero. Decía anteriormente que los ojos son el reflejo del alma. Félix Jaime quiso hacer café. Me lo ofreció en un vaso de aluminio porque las tazas desaparecieron en la inundación.

—«Como en el campo, no importa, lo importante es ofrecerte algo», dijo.

Me tapé el rostro con un pañuelo oscuro que guardaba en mi bolsillo, como si me molestara algo en los párpados. A él no lo vi llorar. Yo no me lo podía permitir.

Esta crónica resultó mención en Taller Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre 2018, categoría estudiantes