la habana

Siglo XIX… Primera mitad

Primero conocí a José María. Su rostro pálido y febril se asomaba por la borda una y otra vez emitiendo miradas lacerantes en las que mezclaba la tristeza, la añoranza y la resignación.  El barco de crujientes maderos y estiradas velas cuasi amarillentas enrumbaba a México y dejaba ver, cual filo de sombra en el horizonte, la silueta irregular del norte cubano.

Trataba de adivinar las elevaciones, hacerlas coincidir con las mismas lomas de sus nostalgias, recrear todo lo que dejó, o peor, lo que fue obligado a dejar: amantes, amigos, calles, edificios, valles, ríos…

La brisa inatrapable del océano apenas lograba mover sus cabellos y él continuaba expectante, en espera del milagro que, sabía, no habría de ocurrir. Entró a su camarote, recorrió el rostro húmedo con sus manos abiertas y pensó sin atreverse a decirlo –en voz alta– que la perdición de un poeta puede ser el destierro. Solicitó hoja, pluma, tinta y, en la soledad destripadora del mar, compuso un himno.

Iba camino a ser ministro, diputado en el Congreso Mexicano, oficial de relaciones exteriores y hasta profesor y director de un instituto literario. Volvería incluso alguna vez a tierras cubanas al costo de la retractación patriótica, pero su destino parecía estar anclado en la lejanía y allá lo trituró la tuberculosis: sobre una cama, con treinta y cinco años.

En el local de redacción del periódico La Aurora, tuve la dicha de ver entrar a Gabriel, quien había llegado para efectuar su entrega diaria de poemas, por los que recibía 25 pesos cada mes. Los ilustrados de mayores ínfulas reparaban en su comportamiento, en su andar, en su escribir… y susurraban entre ellos, cual si se tratase de un elogio: “Parece blanco”.

Él, que no era ni blanco ni negro, sino pobre, mulato y poeta, en medio de la vorágine que implicaba la actividad lírica de subsistencia, en ocasiones por encargo, se las arreglaba para recordarle a la ciudad que estaba llena de mentiras, hipocresías y otras tantas suciedades bajo los sacos de alta costura, las narices empinadas y los vestidos más frondosos.

Y los letrados de alcurnia, como solo se podía ser letrado en esos años, envidiaban la facilidad y fluidez de su rima y metría, la agudeza, el vértigo. Lo acusaban de vulgar, de proxeneta del arte y Gabriel continuaba escribiendo porque solo así podía amar, odiar, alimentarse, burlar, honrar y vivir.

Y de la misma manera burló, honró y amó hasta que un pelotón de fusilamiento español detonara cargas sobre su estampa. No lo mató la primera descarga. Recuperó postura, señaló el sitio de su corazón y dijo: “Es aquí”. Volvieron los disparos… tan estridentes como la palabra que clausuraba su último poema: “Inocente” .

Por aquellos días, hijo de una familia de decreciente abolengo, podía vérsele a José Jacinto caminar en torno a la segunda plaza de armas o junto a cualquiera de los ríos y cavilar mientras apoyaba “el codo en el puente” y recostaba “la mano en la sien”. Pensaba que tantos barcos preñados de azúcar de allá hasta cuyá, tanta opulencia, no valían de nada si la cultura del sitio no rebosaba al mismo tiempo.

Por ello, iba a las tertulias y bailes, dedicaba poemas a las damas más hermosas y se embadurnaba en metáforas bucólicas para retratar, de la manera más romántica que se haya visto desde entonces, todo lo que ocurría en torno suyo. Y eso hizo hasta que lo comenzaron a llamar “El Cisne”.

Todo cambiaría para él a partir de la mañana en que salió publicado determinado soneto amoroso con su firma estampada en la página del periódico. Algunos de sus familiares más cercanos lo rechazaron y tacharon de mal agradecido. Y apareció entonces la vergüenza, el rechazo y una joven, 15 años menor, que se ocultó sin poder o desear decir que lo quería… y él se volvió loco.

***

Oda al Niágara – Últimas estrofas (José María Heredia)

Nunca tanto sentí como este día
Mi soledad y mísero abandono
y lamentable desamor... ¿Podría
En edad borrascosa
Sin amor ser feliz? ¡Oh! ¡si una hermosa
Mi cariño fijase,
Y de este abismo al borde turbulento
Mi vago pensamiento
Y ardiente admiración acompañase!
¡Cómo gozara, viéndola cubrirse
De leve palidez, y ser más bella
En su dulce terror, y sonreírse
Al sostenerla mis amantes brazos...!
¡Delirios de virtud...! ¡Ay! ¡Desterrado,
Sin patria, sin amores,
Sólo miro ante mí llanto y dolores!

¡Niágara poderoso!
¡Adiós! ¡adiós! Dentro de pocos años
Ya devorado habrá la tumba fría
A tu débil cantor. ¡Duren mis versos
Cual tu gloria inmortal! ¡Pueda piadoso
Viéndote algún viajero,
Dar un suspiro a la memoria mía!
Y al abismarse Febo en occidente,
Feliz yo vuele do el Señor me llama,
Y al escuchar los ecos de mi fama,
Alce en las nubes la radiosa frente.

La Habana (Gabriel de la Concepción Valdés/ Plácido)

Mirad La Habana allí color de nieve,
gentil indiana de estructura fina,
Dominando una fuente cristalina,
Sentada en trono de alabastro breve.
Jamás murmura de su suerte aleve,
Ni se lamenta al sol que la fascina,
Ni la cruda intemperie la extermina,
Ni la furiosa tempestad la mueve.
¡Oh, beldad!, es mayor tu sufrimiento
Que este tenaz y dilatado muro
Que circunda tu hermoso pavimento;
Empero tú eres toda mármol puro,
Sin alma, sin calor, sin sentimiento,
Hecha a los golpes con el hierro duro.

La fuga de la tórtola (José Jacinto Milanés)

¡Tórtola mía! Sin estar presa,

Hecha a mi cama y hecha a mi mesa,

A un beso ahora y otro después,

¿Por qué te has ido? ¿Qué fuga es ésa,

Cimarronzuela de rojos pies?

¿Ver hojas verdes sólo te incita?

¿El fresco arroyo tu pico invita?

¿Te llama el aire que susurró?

¡Ay de mi tórtola, mi tortolita,

Que al monte ha ido y allá quedó!

Oye mi ruego, que el miedo exhala.

¿De qué te sirve batir el ala,

Si te amenazan con muerte igual

La astuta liga, la ardiente bala,

Y el cauto jubo del manigual?

Pero ¡ay! tu fuga ya me acredita

Que ansías ser libre, pasión bendita

Que aunque la lloro la apruebo yo

¡Ay de mi tórtola, mi tortolita,

Que al monte ha ido y allá quedó!

Si ya no vuelves, ¿a quién confío

Mi amor oculto, mi desvarío,

Mis ilusiones que vierten miel,

Cuando me quede mirando al río,

Ya la alta luna que brilla en él?

Inconsolable, triste y marchita,

Me iré muriendo, pues en mi cuita

Mi confidenta me abandonó.

¡Ay de mi tórtola, mi tortolita

Que al monte ha ido y allá quedó!

(Tomado de Cubahora)