Kaloian Santos Cabrera

Por Mario Ernesto Almeida, estudiante de 2do año de Periodismo

Por estos días, los pasillos de la Facultad andan llenos de locas. Unas te ven, otras te huelen, algunas casi que te tocan cuando pasas cerca. Es mayo y en FCOM hay viejas sudorosas con pañuelos bordados, como si esto fuese una plaza de Argentina y ellas se hubiesen perdido en los años, en el tiempo, en busca de aquellos que no aparecen, que aún no llegan.

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Diez fotos contundentes, asegura su autor. Mujeres al detalle, con sonrisas a medias y miradas perturbadoras. Damas en blanco y negro que siguen de pie, en la lucha. Señoras arrebatadas, locas de remate, que solo dan una razón para usar bastones: el hecho de nunca haberse puesto de rodillas.

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Kaloian Santos Cabrera dice que hace exactamente diez años andaba correteando por los pasillos de la casona de G para imprimir su tesis de Licenciatura. Se graduó de Periodismo y, desde entonces, el fotorreportaje parece ser lo suyo. “Las locas de Plaza de Mayo”, la –su– exposición que descansa en nuestras paredes, permanecerá ahí, nos estará esperando, incluso, hasta este viernes 19, para luego emprender viaje hacia el cono sur.

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La conferencia fue amena, entretenida, muy parecida a esos turnos EDE en los que te dan ganas de quedarte. Kaloian empezó afirmando que hay que aprender a mirar y luego, como en extraña ironía de fotógrafo, dijo que no hay falacia más grande que eso de que una imagen vale más que mil palabras.

Habló un poco de historia, de composición de la imagen, del sano derecho de poder ser subjetivo, de Korda –aseguró que hay como cuatro bajo esa firma–, de Cartier Bresson, de la cámara Leica y sus interesantes precios en las tiendas de la Manzana Kempinski. Movía las manos. Miraba mucho hacia abajo.

Con el proyector, nos puso una foto. “La Revolución es un sueño eterno” aparecía en el cartel y, junto a él, se besaban dos jóvenes. Contó que son argentinos, pero ese detalle no importaba mucho… podrían ser brasileños, venezolanos, de Cuba. Podrían –por qué no– ser ella y yo, que el mensaje seguiría siendo hermoso y estando ahí.

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Foto: Kaloian Santos

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Pero hubo un momento en el que Kaloian nos mató a todos, porque hay historias que lo mismo en fotos que en palabras te parten el pecho.

Se trata del cuento de Pechito, un tipo que vivía en la esquina de un barrio “lindo” de Buenos Aires con un colchón, dos perros, un equipo de karaoke y televisión por cable. Un hombre con techo de nailon para los días de lluvia, con sonrisas y regalos para las niñas y piropos solo para las señoras mayores.

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Foto: Kaloian Santos

 

Un pobretón que se volvió parte del barrio y dueño del cariño. Galo y Pechín, así llamaba a sus perros.

Dijo que cierto día enfermó y se lo llevó el gobierno. Cuando los vecinos lo encontraron, guiados por el rastro de sus perros, yacía golpeado en la cama de una terapia intensiva.

En el mismo sitio del colchón sucio y la anacrónica televisión por cable, la gente del barrio terminó pintando un mural con su cara, su nombre y su apodo, y dice Kaloian –a quien un fotógrafo le propuso alguna vez “déjate sorprender por lo que sea”– que ahí está Pechito.

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Ya afuera del salón de conferencias, de nuevo junto a Las de Mayo, le pregunté por el acento poco cubano. Me dijo que hay cosas que se te pegan. Me respondió, acto seguido y mucho más cubaneao, que de todas formas él era de Holguín y nunca había aprendido a hablar habanero.

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