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Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.

Yo lo entiendo, uno defiende lo que cree. Quizás no se sentía cómodo con la pregunta, o le pareció tan obvia que la respuesta fue así: evidente, machucada sobre el discurso tantísimas veces reiterado, un bólido de oficialismo que se dirigió hacia la audiencia – la que promediaba en edad unos 21 años más o menos – y estalló abriendo esa grieta que otras veces he visto; rajadura profunda e insalvable que condena a la separación generacional, unos porque ven a la historia como el Canto Perpetuo a la Gloria Eterna y la guardan en su lengua como la perfecta justificación de aciertos y errores; los otros quizás solo quieran entender lo que viven, no solo criticar, sino sencillamente entender.

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Miguel Figueras, economista; Joaquín Benavides, exministro del Trabajo; Jorge Fornet, intelectual y estudioso de la cultura y Enrique Román, exdirector del periódico Granma fueron los encargados de ilustrar a los que se reunieron en la tercera edición de la serie de paneles que, de manera ambiciosa, pero necesaria, intentan abarcar las seis décadas de la Revolución Cubana, ahondando en las características de cada una. Los años 80’ fueron el centro del debate en esta ocasión.

Período convulso, década que comienza con la crisis migratoria del Mariel, salida masiva de personas del país luego de que la sociedad se movilizara por sucesos graves en la embajada peruana en La Habana; y que culmina en el año 1989 con la caída del Muro de Berlín, símbolo de la división bipolar del globo hasta ese momento y preámbulo de lo que años después sucedería en Europa Oriental y la Unión Soviética. Años caracterizados también por un crecimiento económico notable hasta 1985, tasa que descendió en el quinquenio siguiente por ritmos de productividad que no pudieron mantenerse.

Considerada quizás como los años de “las vacas gordas” por muchos de nuestros padres y abuelos, los años ochenta fueron el período donde las experiencias desarrolladas en los setenta maduraron.

Con voz baja y a ráfagas débiles llegaba la voz de Miguel Figueras. Mientras hablaba, la caja azul y blanca en que nos encontrábamos – a la que damos el hermoso nombre de Salón de Conferencias – no transportaba mucho hacia el ambiente del siglo pasado, tampoco lo lograba Figueras con su parsimoniosa exposición. En medio de lo poco escuchado y la desconcentración general me pregunté dos cosas: ¿Cómo se cuenta la historia? ¿Para qué se revive la historia?

Cuando escribí el texto de los sesenta me centré en lo dicho por los panelistas, en lo preguntado en el encuentro, en las características de la época y la evolución extremista y romántica del período. En el panel dedicado a los setenta, intenté hablar del sacrificio, de los sueños perpetuos y de las construcciones estereotipadas del período, y cómo nuestra construcción del imaginario suele crear nociones absolutas de fenómenos constituidos por matices. En esta ocasión violaré el pacto de continuidad.

Los rostros iluminados

Mientras hablaba Figueras vi los rostros iluminados. La luz estaba por todo el espacio de sus caras, unas más hermosas, otras menos, pero todas estaban iluminadas. Luego, habló Benavides, de las políticas de rectificación, su por qué, impacto y connotación para lo que sucedió posteriormente, y al panear mi vista por la audiencia pude ver los rostros rebosantes, iridiscentes, continuaban iluminados, ¿acaso era posible? ¿Cómo podían permanecer así, tanto tiempo iluminados? Verdaderamente me parecía sorprendente.

Tras breves presentaciones el profe José Manuel Pérez anuncia a los invitados, esta vez incita a Jorge Fornet, le da el pie de la cultura. El intelectual hablaba con su peculiar ritmo de hilvanar el discurso, ensalzaba sus argumentos con muecas histriónicas y mantenía los brazos atados a su torso. Esta vez debo decir que hubo menos rostros iluminados, no sé por qué, quizás la atención fue captada. Cuando el profe Román llevaba varios minutos hablando y miré hacia los lejanos puestos del salón, me di cuenta de que la luz en sus rostros era tanta que casi podían desaparecer. El nivel de iluminación fue inaudito, unos rindieron sus mentes a la contemplación divina mediante la meditación profunda con ojos cerrados y cabezas cuidadamente recostadas a una pared –cercanos colaboradores de algún monje tibetano– para poder encontrar el camino de la paz en medio de la convulsión excesiva de mundo actual. Claro que los rostros iluminados fueron in crescendo, incluso cuando se admitieron las preguntas, de las que se hicieron pocas –había demasiados rostros iluminados– estos desaparecieron realmente cuando acabó la conferencia y las miradas de los estudiantes se apartaron de sus móviles.

La danza de los extremos

No se trata de una danza de la fertilidad hindú ni mucho menos un baile entre jugadores de fútbol que ocupan la posición de atacantes por las bandas, se trata del diálogo constante y habitual sobre política en Cuba, quienes acompañaron el panel pudieron verla en su esplendor, rolliza y poderosa en el instante que alguien preguntó sobre la estructura marcadamente ortodoxa del Partido Comunista de Cuba (PCC) en los años ochenta su similitud con las dinámicas del Partido Comunista de la Unión Soviética (PCUS) – sosteniendo las diferencias reales y naturales de dos procesos sustancialmente diferentes – y cómo los procesos de rectificación de errores habían incidido en el PCC; entonces otro alguien respondió a la pregunta –o eso al menos pensaba– relatando su historia revolucionaria y demostrando la naturaleza legítima del PCC, debido a que había nacido como heredero del Partido Unido de la Revolución Socialista, y este a su vez había sido conformado luego de… bueno etc… etc… etc… Entonces nace la danza.

Tiene varios giros retóricos, un solo de argumentaciones oficialistas y un dueto con la visión doctrinaria de la historia. Nace precisamente allí y es provocada por la postura extrema, quizás la pregunta solo quería aclarar un punto referido a la ortodoxia del PCC y el por qué estaba motivada, pero la respuesta fue defensiva, demostrando que el PCC era legítimo – incluso fue evocado Martí y su “partido”