Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.
Alguna vez leí que quien no cree en santos, no cree en milagros de santos. Quizás no podamos creer en los milagros de los falsos santos y de los mediocres profetas, pero allá en Jujuy se oculta entre las desérticas y peladas montañas una Milagro de apellido Salas, que mueve la tierra jujeña con solo alzar su voz de ancestrales ecos. Y yo no creo en los milagros de los santos a los que no presto mi devoción, pero sí creo en la Milagro de raíz originaria y mestiza. Milagro(sa) es la lucha que palpita en Nuestra América, pertenece al minero, al campesino, al trabajador consumido por la explotación más absoluta.
A la facultad llegaron con su verdad, con la verdad de Milagro Salas. Proclaman lo real de una lucha que vivimos hoy, pero comenzada hace más de quinientos años. Martín, realizador del documental “Milagro”, presentado en el salón de conferencias en la tarde de ayer, habló fluido y bien de la lucha emprendida, de las dificultades para hacer la película, del “veneno de clase, del machismo y del sistema feudal que vive el norte de la Argentina y del cual Milagro es la enemiga definitiva dada su condición de mujer pobre y descendiente de los pueblos originarios”.
Alguna vez el sencillo y profundo escritor uruguayo Eduardo Galeano nos habló de “los nadies”, esos que son “hijos de nadie, los dueños de nada”. Rápido, mientras Martín habla de las condiciones de aquellos parajes, yo repasaba en mi cabeza el texto del gutural Galeano: “Los nadies: los ningunos, los ninguneados, corriendo la liebre, muriendo la vida, jodidos, rejodidos”. Uno de ellos es Milagro Salas, una de esas que “cuestan menos que la bala que los mata”. Pero Milagro no ha muerto, vive sin vida; habita condenada al olvido absoluto por los detentadores del poder, por los históricos explotadores, por lo herederos del colonizador y del amo extranjero.
Entonces se apagaron las luces y rodó la película. Apareció poco a poco la Milagro combatiente, resistente, la que clava sus manos de pueblo en la injusticia y forcejea con ella; y con sus manazas de pueblo viven miles, respiran millones, porque Milagro no hace milagros, quienes transforman la vida, elevan las casas, construyen las piscinas y cambiaron radicalmente la vida de la comunidad son las mujeres, hombres y niños. El mate, eterno compañero – tal y como me dice que es un amigo cubano/argentino – acompaña, como un personaje más, todo el filme.
La base de la Tupac Amaru, organización que lidera Salas, es la participación popular autóctona, sin eufemismos baratos. Ella está allí, incrustada a la masa burbujeante de hedores ancestrales. Su pasión es la libertad y los símbolos que la pantalla todo el tiempo expresa son la foto del Che – aquella capturada por Korda – y la silueta de Tupac, el artífice de la mayor sublevación indígena que haya masacrado el colonialismo español.
En el documental viven poco los colores, todo es gris casi todo el tiempo, se extienden los silencios, se abren los grandes paisajes, los caminos de polvo, el desierto con sus fauces inmensas que han devorado la posible prosperidad de tantas generaciones. La intención la transmite: los pobres están solos y solos deben combatir. Milagro entendió esto desde el inicio, e intentó rectificar el pasado horrendo. Pero cuesta, no es fácil.
Facundo, de Domingo Faustino Sarmiento, habla de esa lucha de la “civilización” contra la “barbarie”, el libro data del siglo XIX, pero esa lucha es la que hoy encarna milagro Salas contra las políticas proimperialistas, antipopulares y clasistas de Mauricio Macri y sus aliados de los grupos oligárquicos. Es la lucha raigal del pueblo latinoamericano, de los que quieren dejar de ser “colonias republicanas” para ser verdaderamente libres. Roque Dalton, otro guerrillero de la literatura, habló en uno de sus poemas de los muertos indóciles, de los muertos que han querido abandonar los mausoleos y preguntan; el salvadoreño se extrañaba: “me parece que caen en la cuenta / de ser cada vez más la mayoría”.
Los muertos no son solo los que ya en su cuerpo no viaja la miasma, no, son también los olvidados, los excluidos, los nadies. Por las arrugas agrietadas del rostro de Milagro viajan en tropel desesperado todos los muertos de América, los muertos muertos y los muertos vivos, sentenciados por el colonialismo solapado de esta época a la más despiadada pobreza. En la voz de Milagro – que hace años dejó de pertenecerle – se siente el retumbar de los millones que han perecido bajo el arcabuz, la ballesta, las despiadadas persecuciones, en su sonoro retumbar de cinco siglos se escucha el grito helado de los que no retornaron de los vuelos de la muerte; de los que sin quererlo son bandera de lucha de una América irredenta. Milagro ya avanzó de su cuerpo aparentemente endeble y se sumó al torrente inacabable de los sufrimientos silenciosamente estridentes de esta región del mundo. Milagro es ya una de las venas abiertas de esta América Latina.