Arnold August en FCOM

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo

Empezar esta nota diciendo que fue presentado un libro sobre las relaciones Cuba - Estados Unidos podría parecer tedioso, e incluso podríamos leer el pensamiento del lector y figurar en su mente frases como: “otra vez lo mismo”, “que sí, que lo americanos son malos, ya los sabemos”. Pero este comentarista está convencido de que las mentes que viajaron esta mañana en la presentación del texto “Relaciones Cuba – Estados Unidos, ¿Qué ha cambiado?” de Arnold August, emergieron iluminadas, permeadas de una nueva perspectiva, rociadas de una nueva esperanza.

Fue así: el autor canadiense eligió nuestra facultad para presentar su libro; cuaderno que ahonda en un análisis actual y pormenorizado de las complejas dinámicas que persisten entre los dos países y dedica un acápite, entre otros, a la comprensión de lo que es libertad de prensa y al desarrollo de este concepto en ambas realidades. Si bien interesante presume ser el libro, cautivante fue el espacio de intercambio que se desató donde intervinieron profesores nacionales y foráneos y noveles feconianos que también se aventuraron a preguntar.

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Arnold August

 

La invitación a la lectura quedó signada cuando el profesor norteamericano Charles McKelvey definió en su exposición que el pueblo cubano tenía en su poder la fuerza aún viva y constante de la revolución verdadera. En caminos tan trillados, donde la apología oficialista asesina sin piedad la naturaleza vivificante del sentimiento, solo la visión de un foráneo nos puede devolver la esperanza de construir el socialismo verdadero, en el que la masa palpita y transforma.

Más allá de la teoría y de la correcta elaboración del libro, quien escribe peca en recomendar su lectura sin haberlo hecho él previamente, pero lo hace consciente de que de esas páginas va a emerger una arista nueva de un problema que ya nos cansa su debate y nos frustra su mención, pero del que estoy convencido de que si obviamos, daría al traste con la Revolución, y no con la figura anquilosada que como quimera ridícula se sienta en nuestras cabezas, sino con la verdadera y única, las que necesitan los obreros, los campesinos, la que habita en el corazón lloroso de tanta tristeza. Esa es la que hay que seguir haciendo, por encima de deficiencias y dogmatismos, y en medio de esta vorágine creativa tener bien claro la imagen del Che, que como paladín de la lucidez nos avisaba, tal y como nuestros compañeros foráneos hoy: “al imperialismo no le podemos dar ni tantito así… nada”.