Por Mario Ernesto Almeida Bacallao, estudiante de 2do año de Periodismo
Está sentada a un costado del escenario que, en cada peña “Atrapando Espacios”, se inventa la cafetería de nuestra Facultad. Desde hace días su foto anda pegada por todos lados y uno, más conocedor de su voz y nombre que de su cara, piensa “no, no, esa no es; ni siquiera se parece”. Ya parada frente a todos, suelta par de frases jocosas. La magia –algo nos lo dice– está a punto de empezar.
“Regrésamelo todo, corazón… es que me estoy muriendo”, empieza a cantar y las dudas acerca de su identidad alternan sitio con los aplausos y gritos que a los amantes del buen arte, y más cuando llevan la juventud impregnada, siempre les cuesta aguantar dentro.
Continúa cantando; “ojalá que la vida… ojalá…”, y los de este lado, torpes –unos más que otros–, ilusos, saturados por el vértigo del momento, intentamos alcanzar sus notas.
Detiene su voz y, presta, solicita los mensajes de papel enviados por nosotros. Se ríe, lee, responde. Vuelve a leer, responde, se ríe.
Le preguntan por su canción junto a Buena Fe, la última, “Sin remedio”. Confiesa nunca haberla cantado con el mencionado grupo, y que el producto que todos conocemos, incluso el video, se reduce a pedazos grabados por separado y unidos en una mesa de edición. “No me pidan Sin remedio, porque irremediablemente no se la puedo cantar”, sentencia y sigue.
Pasan los minutos, los temas. Un amigo, sentado junto a mí, señala a una muchacha, allá, más a la izquierda; “mira, con la canción pasada se le salieron las lágrimas”, me dice sorprendido mientras traza, con sus dedos y en propia cara, el recorrido del llanto que vio. Me fijo bien; la joven aún lleva la mirada roja. Ivette Cepeda sigue cantando.
La gente pide títulos y ella celebra como una niña; “ustedes tienen los mismos gustos que yo, esto no va a ser difícil”. Alguien se interesa en su fama y la cantante deja ir su secreto; “que la canción vaya directo al corazón por el camino que sea. Para ser conocido, solo se tiene que desafiar al tiempo”.
Concilia, rápidamente, la melodía con José Luis Beltrán, un hombre canoso y encorvado, que, tras ella, solo baja la vista, se encorva un poco más, y toca la guitarra.
El micrófono parece que levita. Lo sostiene con minúsculas porciones de la yema de sus dedos. Lo aleja de la boca y todos se preguntan para qué lo usa, si no le hace falta, para qué. “El mundo está al revés, resulta que te quiero”, continúa.
“Esta es una canción de siempre…” y canta otra vez… Cuando lo hace, cierra los ojos; parece que le busca el gusto a la melodía, y a los del lado de acá nos entra una curiosidad, ¿a qué sabrán las canciones? Tira un beso, abre los brazos, y hay quienes –cree uno–se matan por atrapar el beso.
La música cesa, la magia sigue e Ivette, en un intento de fuga, expresa : “Ojalá que la vida nos vuelva a unir, aunque sean cinco minutos, porque en cinco minutos puede pasar lo más maravilloso, puede pasar de todo…”
Otras imágenes de la Peña.









