fidel y la universidad

Por estos días, cuando se cumplen un año de la desaparición física de Fidel, retomamos uno de sus discursos buscando las pistas del por qué, en la Universidad de La Habana, ante la triste noticia de su fallecimiento, el vacío parecía multiplicarse y el dolor calar más hondo. Y es que Fidel y nuestra Casa de Altos Estudios siempre estuvieron, y estarán, inquebrantablemente unidos.

Comenzaba el cuso académico 1995-1996, día 4 de septiembre y el Comandante en Jefe Fidel Castro Ruz, entonces Primer Secretario del Comité Central del Partido Comunista de Cuba y Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, acudía al Aula Magna de la Universidad, para corresponder a la invitación de lo que consideró “un acto de cariño” con el que lo honraban aquella noche, obligándolo “a esa horrible tarea” de tener que hablar de sí mismo.

Algo más que el inicio de un nuevo período escolar motivaba aquel encuentro y lo recordaba el Comandante en tono jocoso: “Quiso la generosidad de ustedes vincular el inicio de este curso con la circunstancia casual de que aproximadamente por esta fecha, quizás unos días más tarde, se cumplen 50 años -¿ustedes están seguros de que no se han equivocado?- de mi ingreso a esta universidad”.

Cinco décadas de vida revolucionaria sentenciaban el calendario, cuyo inicio está histórica y efectivamente determinado ahí, en los predios de la Facultad de Derecho de la Universidad de la Habana.

Quizás, la primera de las razones que lo trajeron a las aulas del nivel superior no fuera su devoción a la rutina docente, él mismo lo reconocía: “¿Era buen estudiante?  No, no era buen estudiante. Iba a clases, es cierto (…) pero el profesor explicaba una materia y yo estaba pensando quién sabe en cuantas cosas, o en montañas, o en el deporte, o en cualquier otra de las cosas que a veces piensan los muchachos, y las muchachas. Luego, me convertí en un estudiante finalista, que es la peor recomendación que se le podría dar a cualquiera; ahora, era un buen finalista. Incluso, matemática, física y asignaturas de ciencias, las estudiaba por mi cuenta cuando llegaba el fin de curso, donde, por último, obtenía buenas notas, muchas veces por encima de los primeros expedientes del curso”.

Pero, aunque los estudios no fueran su prioridad, tampoco le sobraba el tiempo al Fidel estudiante. Los primeros meses en la universidad los compartió con el deporte, mientras  también se adentraba, de a poco, en sus primeros pasos en la política.
“Pero no era una política que trascendiera todavía hacia el exterior de la universidad, sino que era política interna. No había pasado mucho tiempo y se demostró que eran inconciliables el tiempo que tenía que dedicarle al deporte y el que tenía que dedicarles a las actividades políticas. Indiscutiblemente, me incliné de manera total por las actividades políticas”.

“Recuerdo que el día de las elecciones fueron a votar alrededor de doscientos y tantos alumnos.  Yo saqué 181 votos y mi contrario sacó 33, y el partido nuestro ganó todas las asignaturas y todos los delegados del primer curso, completo, fue el voto unido; ganó la mayoría y me eligieron a mí entonces delegado del curso”.

Ya identificado como líder de opinión dentro de la universidad, su rol político se acentúa en el segundo año de la carrera. El proceso de descrédito del gobierno de Grau avanzaba aceleradamente y los estudiantes comenzaban  a manifestarse.  Al mismo tiempo, muchos de los dirigentes de la universidad tenían puestos, botellas y cargos en el gobierno, surgiendo así una confrontación de intereses, dentro de la cual, la posición que asumiera la FEU era decisiva. 

“No voy a intentar ahora hacer una historia pormenorizada sobre aquellos hechos; pero sí sé que ya las presiones físicas sobre uno eran muy fuertes, las amenazas. Se acercaban las elecciones de la FEU y fue el momento en que aquella mafia me prohíbe ingresar en la universidad”.

La política dejaba de ser entonces el camino. “Más de una vez lo he contado a mis amigos.  No solo me fui a una playa a meditar, incluso lloré con mis 20 años, lloré. No por el hecho de que me prohibieran venir a la universidad, sino porque iba a venir de todas maneras (…) y decido a volver,  volví armado”. 

Refirió el Comandante, durante su discurso aquel 4 de septiembre de 1995 en el Aula Magna, que aquel pudiera ser considerado el comienzo de su “peculiar lucha armada, porque la lucha armada en aquella circunstancia era casi imposible. A un amigo de mayor edad y determinados antecedentes antimachadistas y antibatistianos, le pedí una pistola, me consiguió una Browning con 15 tiros.  Yo me sentía superarmado con aquella Browning porque en general era buen tirador. Eso se lo debía a haber estado en el campo y a haber utilizado muchas veces los fusiles, los revólveres y todas las armas posibles de mi casa sin permiso de nadie, y dio la casualidad que resulté un buen tirador”.

Sin embargo, presentarse solo en la universidad sería casi un sacrificio. Por suerte, quien mismo le había prestado el arma, tenía muy buenas relaciones con los estudiantes, otros amigos de distintas organizaciones, conocía gente armada por dondequiera, muchachos jóvenes, valiosos, valientes, como los describiera el propio Fidel.

“Ellos impidieron que yo muriera ese día -afirmó el Comandante- nos reunimos allí, donde había una cafetería; los guapos y la mafia se habían concentrado por los alrededores de la escuela de derecho y en la escuela de derecho. Les dije a los demás: «Ustedes tres entran por el frente, tres de nosotros vamos a subir por una escalera desde allí, otros tres por aquí». Y aquella gente, que eran como 15 ó 20, se pusieron a temblar.  No consideraban siquiera que se pudiera realizar semejante desafío. Pero esa vez no pasó nada. Luego seguí viniendo a la universidad, pero ya venía solo”. 

Sin embargo, la tenencia del arma implicaba otro problema. El gobierno tenía a la policía universitaria así como otros organismos represivos. Por otro lado, había una ley en virtud de la cual, si se era sorprendido con un arma, se arrestaba al poseedor de la misma. He ahí el dilema: tenía que enfrentar a aquella mafia armada de otro modo. “Toda aquella batalla alrededor de la universidad y de su posición frente al gobierno tuve que librarla, podemos decir, desarmado (…) porque si uso armas me sacaban del juego y metían preso”. 

 Y buscó el camino en la literatura. Fidel siempre se reconoció profundamente martiano, seguidor de los pensamientos del Apóstol, sobre lo que había leído todo lo publicado hasta el momento. Luego entró en contacto con las ideas económicas, con los absurdos del capitalismo, como les llamó. “Todo está desorganizado; sobran por aquí las cosas, hay desempleo por acá; sobran los alimentos, hay hambre por allá.  Voy tomando conciencia del caos que era la sociedad capitalista, empecé por ahí; llegar por mi propia cuenta a la idea de que aquella economía, de la cual se nos hablaba y se nos enseñaba, era absurda, y fui desarrollando una mentalidad de socialista utópico”.

“Es por ello que cuando por primera vez tengo oportunidad de encontrarme con el famoso Manifiesto Comunista de Marx, me causó un gran impacto, y hubo algunos textos universitarios que ayudaron.  La Historia de la legislación obrera, también la obra de Roa y las historias de las ideas políticas. También   con los textos de la biblioteca del Partido Socialista Popular fui adquiriendo toda una biblioteca marxista-leninista.  Ellos fueron los que me suministraron los materiales, con los cuales yo después, con una enorme fiebre, me dediqué a leer”.

Ya para entonces el Partido Ortodoxo estaba fundado y Fidel era parte de él desde sus inicios, convirtiéndose ahora en una especie de ala izquierda dentro del Partido.

 “Mi convicción de que el Partido Comunista estaba aislado y que en las condiciones que existían de guerra fría y prejuicios anticomunistas que habían, no era posible hacer una revolución desde las posiciones del Partido Socialista Popular, aunque el Partido Socialista quisiera hacerla.  El imperialismo y la reacción habían aislado a este Partido lo suficiente como para impedírselo de manera absoluta. Ahí es cuando me pongo a pensar en las vías, los caminos y las posibilidades de una revolución y cómo hacerla”.

Con ese fin elabora una estrategia para el futuro: lanzar un programa revolucionario y organizar un levantamiento popular.  “A partir de ese momento logré toda la concepción, todas las ideas que están en La historia me absolverá,  cuáles debían ser las medidas, cómo plantearlas, qué hacer”.

“Seguimos unidos a la universidad en todos los preparativos del 26 de Julio (…)  Usamos los locales de Prado 109 del Partido Ortodoxo, allí me reunía yo con cada una de las células, las enviábamos aquí a entrenarse en la Universidad y después a otros lugares. Fue un trabajo enorme, apoyándonos, fundamentalmente, en la juventud del Partido Ortodoxo (…)  Hubo gente que creyó que se va a volver a repetir la historia del 33, que todo saldría de nuevo de la Universidad, y efectivamente salió de ella, pero de otra forma”.

Aquel 4 de septiembre, en el Aula Magna, analizando su intensa vida en retrospectiva, Fidel haría una reflexión que constituye un orgullo para la Universidad de La Habana, y un compromiso para los que hoy formamos parte de ella:

“En cualquier análisis que yo haga de mi propia vida, nada realmente tuvo más mérito en lo personal que aquellos años de lucha en la Universidad (…) Fue un privilegio ingresar, sin duda, porque aquí aprendí mucho, y porque aquí aprendí quizás las mejores cosas de mi vida; porque aquí descubrí las mejores ideas de nuestra época y de nuestros tiempos, porque aquí me hice revolucionario”.