Fuerza Cuba

Por Andy Jorge Blanco, estudiante de 3er año de Periodismo

Cuba entera tiene un nudo en la garganta. Hay un dolor que no deja de sentirse, que se apodera de todo un país en luto por un avión de pasajeros que nunca llegó a su destino. Cuba no ha dejado de ser, desde ese fatídico viernes, una Isla gris y lluviosa, como si en ello llevara a los familiares el llanto de cada cubano.

Uno piensa en la congoja y el miedo de los pasajeros al ver el avión tambalearse y precipitarse a tierra. Un manojo de ideas que se unen en fracciones de segundos: la niña ­menor de cinco años que la madre lleva junto al pecho mirando el despegue, el esposo que espera en casa, el próximo cumpleaños a celebrar con mamá y los amigos, los preparativos de la venidera graduación. Y todo cambió de un momento a otro cuando nadie lo esperaba. Por eso duele mucho más. El grito se ahoga en un pecho común que contiene a millones.

Quien nunca ha rezado se esboza una cruz en el rostro y une las manos para ayudar, para tener fe en algo porque cree en el humanismo de médicos y en la fuerza del pensamiento para levantar de sus camillas a dos bellas mujeres que tienen mucho que vivir aún. Todos quieren estar con los familiares y darles, al menos, el abrazo que se necesita en momentos como estos, de agonía.

Es la pérdida de un ser querido un vacío desolador que jamás encuentra modo de llenarse, un dolor que aprieta el alma con una fuerza sobrehumana, encoge el cuerpo por dentro y sale afuera en un suspiro que desconsuela. Solo que hoy son millones las almas que se estrujan porque en esta Isla la tristeza de uno es la de todos.

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Así lo sintió él, como muchos de sus compañeros de clase, apenas supo la noticia. Salieron del aula juntos a buscar más información en las páginas web de varios medios de prensa. Una muchacha decía, frente a la televisión que transmitía imágenes del accidente, «se van a salvar». Siguieron conectados mientras el televisor se nublaba y se dejaba de ver por el mal tiempo en La Habana.

Él tuvo que viajar a su provincia y en todo el trayecto miraba afuera, a un lugar inexacto, mientras pensaba en las familias dolidas, en un accidente aéreo entre los más graves sufridos en Cuba. Miró el mapa de la Isla en la parte delantera de la guagua y trazó con la vista la trayectoria de la aeronave. Y se vio con los ojos humedecidos al ver a toda una nación de luto.

Sintió que lloraba al día siguiente frente al televisor junto a la voz quebrada de un hombre y el llanto de una madre. Pero él supo siempre que su tristeza tenía forma de caimán porque –como dijo un grande– aquí el dolor se multiplica. Y pudo sentarse hoy a escribir estas líneas con el deseo de que sean un abrazo que consuele.