Por Mario Almeida, estudiante de 3er año de Periodismo
Es cierto, todo habría resultado perfecto si la piscina hubiese tenido agua y servido para algo más que para halar la soga. Y es que, ya lo afirma el dicho, la felicidad –hasta en los interaños– resulta incompleta.
De todas formas, el susodicho hueco –sin agua no es más que eso– no le quitó la risa a nadie. De no creerme podrían preguntarle a Arley, de primero de Comunicación Social (CS), si pensó en el dichoso chapuzón cuando se llevó el puesto cimero en el ajedrez, después de hacer que alumnos y profesores exprimieran sus neuronas en el tablero del juego ciencia.
Claris, también de CS, quizá sería otra buena fuente, pues –cuenta Amanda Terrero– su euforia fue como ninguna cuando logró argollar más pepinos de agua que cualquiera de los más avezados deportistas de Fcom, quienes, por cierto, no nos enseñaron nada en lo de lanzar anillas.
Siguiendo con los jugadores célebres, sepan todos que el traga bolas no creyó en la costumbre de criar fama y luego acostarse a dormir. Mira que le tiraban duro al pobre cartón. Mira que lo tumbaban. Mira que se hacían los pitchers. Al final, resultó Francisco, el de CS, quien único pudo llenar de pelotas la maltratada caja. Marlon casi lo consigue. Por su parte, nuestro vicepresidente de la FEU, Raúl, le reprochó a la anotadora no haberle dicho que podía ganar directamente si colaba las tres esferas. Todos sabemos que, de ser así, el cuento tendría un final distinto.
Ya que vamos a seguir con eso de cuestionar quién se acordó o no de la piscina, les diré que ni pierdan el tiempo preguntándole a David, el de tercero de CS, porque ese sí que agarró todo lo que tuvo a mano para pasarla bien: arrancó ganando la competencia de los dardos –con 50 pts– y terminó –dice él– animando con el micrófono; afán en el cual logró que no pocos gritaran y levantaran los brazos. Hay que decirlo: le fue bien.
Si encuentran a las dos únicas canchistas de la Facultad –a ellas se les pasó dar el nombre antes de perderse en la cumbancha–, pregúntenle no en qué pensaron en los últimos minutos de la partida, ni si les habría gustado nadar, sino qué sintieron cuando les dijeron que, por muy grande que fuera el papelazo, tendrían garantizado el fresco triunfal que da la altura del poduim. Al brother de Periodismo que ganó en el deporte de las raquetas también se le olvidó decir cómo se llama; al parecer se cree famoso.
A las quiquimbolistas pregúntenle también, a las periodistas en específico, si la falta de piscina se sintió más que el jonronazo de Sany o que el llanto de las cientistas, que se confiaron a lo ciego en el absurdo cartel que anunciaba un destino feliz para su selección. Pobres ingenuas…
La mega pareja dominocera de CS –Oliva e Isabela– tampoco reparó en lo idílico de zambullirse, al menos no a última hora; el dominó acabo tarde.
En este párrafo debería comentar sobre la manito pero… me acabo de acordar de que nadie habla de lo que le duele; mala mía. Mejor enrumbar la cosa hacia la soga –femenina porque la masculina también me arde–, donde las periodiqueras halaron más que las cuatro carretas de la canción. Las infalibles, no hay otro calificativo.
Ustedes podrán decir que yo estoy parcializado, pero no pequen en perder tiempo descubriendo el agua fría. Y qué le voy a hacer. Para mí que es una enfermedad o algo parecido. Fíjense si es así que, cuando anunciaron la victoria aplastante de los de CS –con casi 400 puntos de superioridad sobre los del segundo escaño–, me pareció escuchar a un escandaloso coro gritando y re-gritando la palabra ¡PERIODISMO!
Les digo más: mi parcialización resulta enfermiza a tal punto que, me matan, me torturan, me prometen, incluso, unos interaños con piscina… y yo sigo diciendo que aquello –“¡Periodismo, Periodismo, periodismo…!”– no fue imaginación mía.