Por Mario Ernesto Almeida, estudiante de tercer año de Periodismo
“Ya les digo, este drama de las anillas se define con talento. ¿Ustedes ven a toda esa gente que practica y practica? Son unos viciosos. Ahorita eché un tiro de calentamiento, argollé por esto del talento que les decía y empezaron a mirar con mala cara. Me tienen ficha´o. Cuídenme, no vaya a ser que se les ocurra hacerme algo”.
Así les decía yo al club de apoyo combativo de FCOM que se apareció este sábado en los Juegos de Invierno de la UH. Faltaban minutos para que comenzara la reñida lid de las anillas y nosotros teorizábamos respecto a lo que podía –o no– ocurrir.
Debatíamos sobre las técnicas de precisión a la hora de lanzar un aro. Tengo que decirlo, me lucí en el tema: “El meñique de la mano en cuestión ha de estar –¡qué ha de estar! tiene que estar– completamente encorvado. El anular se estira a “dedo partido”. El del medio debe oscilar, sin parecer nervioso porque pierdes glamour. Índice y pulgar agarran y sueltan la anilla según convenga, como en las preguntas de marcar con “X” de la secundaria”.
Dije más: “Con la mano que queda libre se improvisa para despistar a los viciosos que quieren cogerte la maña. Las piernas deben ir semiflexionadas y el pie de adelante tiene que apuntar al pomo que tú quieres argollar para que este –el pomo– no esté desprevenido y no lo agarre el tembleque. No hay más na´”.
Mi gente, yo estaba seguro de lo que había que hacer. Por eso, nada más que gritaron “Comunicación” me le parqueé al lado a la anotadora, le tiré una señita seductora y adopté postura de quien le sabe al asunto. Los viciosos, allá en su esquina, expectantes, con el nervio a flor de piel.
Pasó lo que pasó. No rocé ni siquiera un pomo. Alguna trampa me hicieron de seguro. Los representantes de Derecho, Economía y Turismo respiraron tranquilos. Alguien lanzó después de mí, casi lo logra pero… el pomo cayó al suelo y la anilla se zafó. “No vale”, afirmó el árbitro luego de consultar su manual holográfico. El tipo entró en perreta.
Uno piensa que no, pero las anillas son un bisne serio y hay gente que se lo toma como tal… e incluso más. Otro de los competidores, carente de talento y presionado por las aspiraciones elitistas de los suyos, entró en lo que nosotros llamaríamos una fase de botadera prematura y dijo a refunfuños: “si me hacen eso me ripeo con to´a esa gente”. Nos alejamos un poco y mantuvimos distancia prudencial, por si las moscas.
Al llevarse esos pases uno agradece no aspirar al primer lugar en los Caribe. Puede sonar mediocre, lo sé, pero purga a la Facultad de gente peligrosa. Vamos, que con la cultura no pasa. No, ¿eh?
Tallas parecidas nos salieron al paso a lo largo del día. En la carrera combinada, por ejemplo, vimos el proceso evolutivo de una carretilla para convertirse en avión.
Esta vez el hombre ya no aguanta los tobillos sino que se afinca con firmeza entre los muslos de la dama, la levanta completamente y hace todo el trabajo mientras la muchacha se encarga del trámite burocrático de mover las manos contra la hierba para que el asunto parezca una carreta. Candela con los paripés llegados de la cultura patriarcal, el súper macho es explotado y ni siquiera se lleva la mayor parte del crédito; violencia de género caballero.
Nosotros también queríamos tirarla en estéreo pero nos complicamos. Todo el mundo sabe que Gian es un tipo duro que le sabe y mete a las vainas del deporte. Lo que pasó fue que su compañera de carretilla, Adalina, resulta, ni más ni menos, una competidora con las manos bien puestas en el suelo. Gian está fuerte pero no es mago. Se fueron con la carreta tradicional. No obstante, batallaron y –por ahí andan las fotos y los videos– no llegaron últimos.
Yo me iba cuando un profe de Educación Física, irónico y sádico, consciente de estar ante un tipo fuerte tal vez de alma pero casi cadáver de cuerpo, me interpeló: ¡eh! ¿no vas a halar soga?. Entonces, pensé en las promesas de ripearse, en los dientes apretados a lo perro con rabia de quienes querían más, en las carretillas que volaban, en los aterrizajes forzosos, en los flacos, los gordos, los grandes… “No, no, profe, gracias. Va empezar a llover”.