caravana

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.

Fotos: Darío Gabriel Sánchez, tomadas de Cubadebate

En la mira del sol más intenso de la tierra estaban colocadas, en perfecta alineación, aquel ejército de blancas, vaporosas y decididas sillas. Allí íbamos nosotros sentados, bajo la mirada de Ra, y no precisamente la mirada del Dios padre era lo que molestaba, sino los roces candentes que en la cara y el cuello nos hacía con las prolongaciones de su esencia de luz y calor. Allí estábamos, en aquel polígono inmenso que sesenta años antes recibiera al mito Fidel, bañado de pueblo y protegido por las palomas blancas; al héroe verdeolivado, al barbudo de noble mirada que revivió a la Revolución con mayúscula.

cc3

***

Silvio, ese corifeo místico e inagotable que ronda el alma cavilante de nuestra “cosa”, de este exquisito ajiaco tropical de virtudes y miserias que llamamos Revolución (así, con mayúscula y todo), nos recibió con su susurro perdido en donde hay un río; agasajó a la audiencia con su canción histórica, la que no muere, la que puebla el ambiente de cada acto, y no cansa. Porque no puede agotar nunca ese inicio trepidante de “Adonde van las palabras que no se quedaron…”. Genial.

Esperábamos la reedición de la caravana de la Libertad que desde el día primero de enero había partido desde Santiago de Cuba para llegar a este punto, a la Ciudad Escolar Libertad, al antiguo Cuartel Columbia, a La Habana.

Seis décadas atrás Fidel Castro estaba aquí. La caravana de libertadores que con él llegó, la que se observa en aquellos videos que todo cubano conoce de memoria, parece atrapada por el pueblo y movida por este, tal es el desbordamiento. Tamañas eran la pasión y la alegría concentrada en una Cuba que, como un muelle, saltaba tras años de la más cruenta tiranía militar. Así, con la pasión marchita en la mirada, me hablan los viejos de las glorias pasadas. El pasado diluye en ocasiones la singular belleza del presente, lo hace parco y amarillento, lleno de parches y remiendos. Pero así pasa con todo presente que se mire a sí mismo intentando ser el imposible pasado.

Sesenta años después no había una multitud enloquecida, ni siquiera emocionada – recuerdo que esta es la crónica de una apariencia, de mi apariencia −. Al llegar los escasos caravanistas (solo tres camiones de muchachos y el último vacío), la inmutabilidad del público me hace pensar en dos cosas: la relación entre el ritual y la ideología, y que la decadencia del ritual no entraña la decadencia de la ideología. Este caso se aproxima a lo segundo.

No hubo emoción hasta que llegó Corina Mestre. Esta mujer inmensa, de cuerpo y de grandeza artística, trajo a un Fayad Jamís resucitado, en una voz que quebraba los huesos y levantaba los puños. Esa sí era la Revolución con mayúscula, la que vibra en los nervios y que hace a uno vivir el arrebato de la rebeldía, esa libertad por la que somos capaces de dar hasta la sombra.

cc4

Si existe una Revolución con mayúscula es porque vive también su par indisoluble, la revolución con minúscula, esa degeneración dogmática y cerrada, que no entiende nada − ni a ella misma − si no se encuentra en los acuerdos de una reunión, o en las actas de cumplimiento de algún plan de trabajo. Esa revolución con minúscula a veces secuestra el discurso oficial, y se vuelve reiterativa, cansona, incomprensible para casi todos, excepto para sus padres y madres, para ellos, la revolución con minúscula es perfecta, inalcanzable para los mortales. Por suerte existen esos minutos de Fayad Jamís resucitado en la voz de Corina Mestre, para que la Revolución con mayúscula sea.

Luego, llegó el ocaso, el sol de antes iba descendiendo lentamente hacia su tumba de cada día, proclamaba su muerte en ejemplar y necesario seppuku. El sol golpeaba en sus últimos estertores y el atardecer de Ciudad Libertad era un cuadro impresionista, no recordaba a la “Impresión, sol naciente” de Monet, pero sí evocaba la luz del “Almuerzo de remeros”, de Renoir. Esa luz que capturó el pintor francés y yo había visto ese día en los ojos de ella, esa luz rara que muere al mirarla y sobrevive aun después de caer lo oscuro.

La luz del ocaso no es la mejor luz del día, pero es la que mejor se recuerda en la noche, resulta la que en definitiva se termina por extrañar, porque cuando los restos de lumbre se van, solo queda el frío y la ausencia.

El ocaso dio fin al acto, y nos fuimos, no mejor ni peor, simplemente igual, con otro acto más en las costillas, sin más deseo que encontrar las guaguas de la Universidad, y por lo menos yo, con esperanza hereditaria de hallar la Revolución en mayúscula más allá de los minutos telúricos de aquel Fayad Jamís resucitado en la voz de Corina Mestre.

cc1

 

cc2