“El primer poeta de América es Heredia. Sólo él ha puesto en
sus versos la sublimidad, pompa y fuego
de su naturaleza. Él es volcánico como sus entrañas,
y sereno como sus alturas”.
José Martí
Por Sealys Gardón Pantoja, estudiante de cuarto año de Periodismo
José María Heredia sufría el dolor de buscar en vano en el mundo el amor y la virtud, decía José Martí. Creo que por vez primera estoy en desacuerdo con él: nunca es vana la búsqueda de amor y de virtud, ni deja un camino en el desierto, pronto a borrarse con la próxima tormenta. Seguir en pos de esa verdad, por el contrario, lo ha traído a estas líneas que escribo 179 años después de su “muerte”, y así la escribo porque si aquí está, ¿es, acaso, porque está muerto?
Ni ha muerto Martí, que después de ser descontextualizado y superficialmente citado sigue siendo para muchos ese “misterio que nos acompaña”, como diría Lezama Lima. “Nadie tiene mayor amor que este, que uno ponga su vida por sus amigos”, no solo en el momento justo de la muerte, sino el tiempo todo de su vida, y eso los hace perdurables. Aunque parezca inexplicable para quienes han crecido bajo la “ley de la globalización neoliberal”, no fueron sus apariencias de súper-estrellas lo que los ha hecho trascender, sino un verbo afilado y sensible, certero y elegante, un pensamiento que es bandera y va por delante de todo placer personal.
“Esa alma que se consume, ese movimiento a la vez arrebatado y armonioso, ese lenguaje que centellea como la bóveda celeste, ese período que se desata como una capa de batalla y se pliega como un manto real, eso es lo herédico, y el lícito desorden, grato en la obra del hombre como en la del Universo, que no consiste en echar peñas abajo o nubes arriba la fantasía, ni en simular con artificio poco visible el trastorno lírico, ni en poner globos de imágenes sobre hormigas de pensamiento, sino en alzarse de súbito sobre la tierra sin sacar de ella las raíces, como el monte que la encumbra o el bosque que la interrumpe de improviso, a que el aire la oree, la argente la lluvia, y la consagre y despedace el rayo”.
Los cimientos de una edificación la hacen fuerte, así los cimientos del pensar levantan lo edificante de cualquier obra, que abandona las pretensiones de la belleza para abrazar lo noble, sin renunciar a la ternura.
Pero, ¿dónde ubicar los cimientos de estos poetas unidos por la desdicha de cortas vidas y el sufrir por el padecer del mundo? ¿Vivir fuera de su tierra –aunque no por decisión propia- los eximía del derecho de amarla y vivir-morir por ella? ¿Cuán legítimo escribir de Cuba desde otro sitio?
Sabía Martí de las dudas humanas: “Porque es el dolor de los cubanos, y de todos los hispanoamericanos que aunque hereden por el estudio y aquilaten con su talento natural las esperanzas e ideas del universo, como es muy otro el que se mueve bajo sus pies que el que llevan en la cabeza, no tienen ambiente ni raíces ni derecho propio para opinar en las cosas que más les conmueven e interesan, y parecen ridículos e intrusos si, de un país rudimentario, pretenden entrarse con gran voz por los asuntos de la humanidad, que son los del día en aquellos pueblos donde no están en las primeras letras como nosotros, sino en toda su animación y fuerza. Es como ir coronado de rayos y calzado con borceguíes. Este es de veras un dolor mortal, y un motivo de tristeza infinita. A Heredia le sobraron alientos y le faltó mundo”.
Cargaron su cruz y emprendieron el camino. No se trataba solo de la noche de Cuba, sino de esa oscuridad que se levantaba como cielo en tantos corazones. Pero quien no sea capaz de amar, con ese amor que “todo lo sufre, todo lo cree, todo lo espera, todo lo soporta”, ese amor que “nunca deja de ser”, no podrá comprender el porqué de su lucha.
Pobre sí, pero libre me encuentro:
sola el alma del alma es el centro:
Aunque errante y proscripto me miro,
y me oprime el destino severo,
por el cetro del déspota ibero
no quisiera mi suerte trocar”.
“Himno del desterrado”, Heredia
“Dos patrias tengo yo: Cuba y la noche”.
Martí
Las luchas y sacrificios de Heredia y Martí fueron inentendibles para algunos hombres de su tiempo por hacer la revolución a través de la palabra y, a la vez, revolucionar la palabra misma. Su campo de batalla no era el convencional monte cubano, sino las mentes y los corazones errantes que vagaban sin saber a dónde pertenecían.
¿Y acaso no vagaban ellos, fuera de su Patria? Sí, por eso defendía Heredia con ternura a los aborígenes despojados de su propio sitio y entendía Martí el dolor de aquellos obreros en el exilio. Por eso el primero cantó como desterrado a una tierra que prefería extrañar que ver sumida en el oprobio, por eso el segundo dejaba ver esa dualidad indescifrada que es la CUBA-NOCHE, Cuba oscura, pero con estrellas, con una luz tenue que podría, como la estrella de Belén, señalar el camino a la salida.
“Ellos estaban en tierras ajenas y distantes, pero el pensamiento, la esfera del espíritu y amor era una concha de caracol en la espalda, una cruz en los hombros, un sueño vigilante en la almohada dura del destierro. Ellos nunca se fueron de Cuba, siempre vivieron para ella y dentro de ella. Cierto que Heredia, al decir de Martí, tuvo valor para todo menos para morir sin volver a ver a su madre, y vino a Cuba esclava, y le reprocharon los que amaban el látigo o no sabían situarse en los callados dolores. Martí murió sin ver a su madre. Pero los dos alimentaron el ángel que lleva el mensaje más allá de la hoguera y del tiempo, el mensaje-voz-poema, que indica el santo y seña de la patria que alimenta la libertad”, señala Julio César Sánchez, Máster en Estudios regionales de Historia de Cuba, el Caribe y América Latina y profesor auxiliar de Filosofía de la Universidad Jesús Montané Oropesa.
Ambos poetas y revolucionarios, ambos sentían a la Patria sumida en un sitio oscuro, ambos en búsqueda de la luz para ella. Entre Heredia y Martí hay todavía áreas inalcanzadas. “En Martí viven las cataratas de los enormes ríos heredianos. Lo primero es el amor a la libertad. Heredia entrega la herencia de ese amor. Es un poeta dando a otro poeta las claves de emancipación humana, esas que palpitan en la libertad espiritual para asegurar la libertad política. Uno nace en Oriente, otro en La Habana, y por encima de los caminos las palmas atan la columna de una patria que se levanta desde los mismos bejucos donde dormirán y pelearán los hombres de la manigua”.
Luchan por una libertad de la que son presos, pero, a decir de Heredia “el carácter distintivo del verdadero patriotismo es el desinterés”, aún más admirable si observamos, como diría Leonardo Padura, que defendía un país que, por aquel entonces, ni siquiera existía, estaba inventando la Patria que luego recibiría Martí. Podría haberse declarado, con mucha razón, mexicano, no solo por el tiempo que allí vivió, sino por su intensa labor política en aquel país, sin embargo, su causa siguió siendo CUBANA. Tanto Heredia como Martí no esperan nada a cambio, la lucha es por amor. Llevan sus cadenas, del modo más sublime, a su literatura.
“¡Cuba! al fin te verás libre y pura como el aire de luz que respiras,
que no en vano entre Cuba y España tiende inmenso sus olas el mar”.
“…ya estoy todos los días en peligro de dar mi vida por mi país, y por mi deber —puesto que lo entiendo y tengo ánimos con que realizarlo— de impedir a tiempo con la independencia de Cuba que se extiendan por las Antillas los Estados Unidos y caigan, con esa fuerza más, sobre nuestras tierras de América. Cuanto hice hasta hoy, y haré, es para eso”.
De Heredia se admira o rechaza el tono nostálgico y, para algunos, pesimista de su verso a la libertad. Su disposición de ser parte de la plenitud de Cuba se ve frustrada desde el momento mismo del exilio tras su participación en la conspiración independentista Soles y Rayos de Bolívar. La postura del Apóstol parece más enérgica y decidida a todo, enrolado en los quehaceres que le han sido impedidos, pero que él ha retomado contra toda falsa profecía.
Los estudiosos aseguran que más del 85% de lo que recordamos responde al sentido de la visión. Heredia y Martí tuvieron poco tiempo para ver Cuba, pero su poesía refleja con exquisitez los paisajes cubanos y los erigen como símbolo y estandarte de la vida moral. “Se ha de poner la justicia tan alto como las palmas”, dijo Martí. “¡Dulce Cuba!, en tu seno se miran/ En el grado más alto y profundo/ Las bellezas del físico mundo,/ Los horrores del mundo moral”, escribió Heredia.
Martí es heredero de un sentir, que no solo se ha forjado en Heredia, pero que, indudablemente, se levanta sobre su pensar. Heredia fue “el primero en definir, sentir y expresar, a través de la poesía, la existencia de esa comunidad real y espiritual independiente, indispensable en el proceso de formación y surgimiento de una nación”.
Sí, los hombres se parecen a su tiempo más que a sus padres, y los dos poetas beben de épocas semejantes, a las que Martí supera en gran modo (desde la revolución y desde la literatura como fundador del Modernismo), sin embargo, Sánchez ve algo más allá:
“Las épocas siempre dejan su tinte de huellas digitales en los siglos y países. Pero en mi opinión se trata de la trasferencia de un poder espiritual. De una intuición; del acto de comprender las diferencias entre España y Cuba más allá de todo lo que las une. Martí alguna vez dijo que hay una isla natural y una isla espiritual. La Patria se arma también de los tejidos del espíritu. La sensibilidad de Martí y Heredia captan ese misterio: saben que somos un pueblo a la intemperie, rodeado de aguas y de hombres que arden en sacrificios dolorosos para alimentar la sustancia luminosa de la Patria”.
Heredia cristaliza en Martí, se funde y enriquece para arribar a un estadío superior de los conceptos independentistas. La independencia comienza y se cimenta en el alma.
“La dignidad humana de la persona es la base de toda libertad republicana. Aquí Martí avanza mucho camino. Solo Martí comprende que la política es arte para hacer felices a los hombres y que no era posible sostener la República sin el concurso de todos sus hijos. No solo se trata de independencia, sino de justicia amorosa. Martí rompe con las dicotomías y los extremos para que la República no se convierta en bandos y partidos. Lo que Martí dijo está por hacer todavía. Martí es utopía realizable en los sueños con los que se instala el futuro. Pero en la base de esa marcha republicana está la poesía de Heredia y la suya misma, está el amor a la libertad que el primero enseñó al segundo, que es un poeta que nace para no morir nunca”.
