Cartel de la serie

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.


“¿Cuál es el precio de las mentiras? No es que vayamos a confundirlas con las verdades. El verdadero peligro es que escuchemos tantas que ya no reconozcamos la verdad”.


En un monólogo evocador de la mentira y sus consecuencias comienza Chernobyl, miniserie de la cadena norteamericana de televisión HBO, muy famosa por sus grandes series televisivas y recientemente por producir Juego de Tronos.


El físico nuclear Valeri Legásov, quien sería el asesor principal para la solución del desastre, graba todo lo que sabe sobre el accidente nuclear momentos antes de suicidarse a la misma hora (1:23 am) de cuando dos años antes había explotado el reactor número 4 de la Central de Energía Atómica Vladimir I. Lenin, ubicada en Chernóbil. 


La serie recrea – y esto es bien importante tenerlo en cuenta –, desde la perspectiva occidental, cómo se condujo la solución del desastre de Chernóbil por parte del Estado soviético, así como el impacto que sobre la población tuvo esta catástrofe nuclear. Es una serie histórica claramente, una recreación del pasado, una reconstrucción de uno de los acontecimientos más lamentables de la historia humana, pero, además y de forma sutil, es un producto ideológico de elaboración meticulosa.


Cinco capítulos que promedian una hora de duración crearán la defensa correctamente estructurada de tres tesis fundamentales: la mentira provocó el desastre de Chernóbil, el socialismo soviético se basaba en mentiras, el Estado soviético sostenía autoritariamente la opresión de su pueblo para sostener el status de los dirigentes del proceso –siempre aludidos indirectamente en todo el serial–.


No es un documental sobre cómo los errores que poseía el sistema soviético desembocaron en un desastre nuclear de dimensiones terriblemente trágicas para el pueblo y la humanidad toda, sino un producto ideológico en su estado cuasilarvario, donde el uso de formas simples para explicar los defectos del socialismo real va a ser sutil, pero no tiene un papel secundario.


La ideología es un enfoque de apreciación de la existencia, varios autores la definen como los espejuelos que usan los hombres para ver e interpretar mediante ellos el mundo. Cuando hablamos de la mentira como tesis fundamental de defensa de esta serie, percibimos además que el precepto defendido es la mentira como esencia del sistema y no como deformación del mismo. Desde el momento inicial, en que Anatoli Diátlov (jefe a cargo de la prueba que debía hacer el 4 reactor de la central nuclear), niega rotundamente la posibilidad de que el núcleo explotara comienza la defensa de la tesis planteada.


El producto ideológico se construye con imágenes sencillas, historias de amor, comportamientos abruptos y groseros, se oculta información, se crea la imagen grosera del ruso (fumadores empedernidos, bebedores empedernidos), pero no se dice directamente que eso es el socialismo, sino que se conceptualiza mediante primeros planos a retratos de Lenin – ni siquiera de Stalin –.


Es sumamente comprensible que el sintagma socialismo soviético solo sea dicho una sola vez en toda la mini serie, los productores no quieren politizarlo directamente, quieren dejar bien claro el mensaje: “Esto no es para contar la realidad de un régimen político enemigo de occidente, ni fundamentar estereotipos sobre él, sino que es solamente para contar la historia tal y como fue realmente. Solo eso”.


No es casual que la física nuclear Ulana Khomyuk se enfrente en diálogo directo con el subsecretario del Partido regional – cuya figura es groseramente planteada– para prever los problemas que ella ha detectado desde su laboratorio y este la despide diciendo que todo está bajo control – o sea, expandiendo la mentira –. Esta escena crea rechazo hacia las clases populares en el poder. Implica la subvaloración de la ciencia. El obrero – en el caso del subsecretario en cuestión era zapatero – desprecia al científico. Es un mensaje, en el capitalismo el zapatero no tiene manera de despreciar a un físico nuclear.


La propia Khomyuk será algo así como la conciencia de Legasov, le indicará cuanto se ha ocultado al respecto, al serle negado el derecho a revisar determinados documentos en la Biblioteca Lomonosov. Indirectamente descubre los defectos del sistema AZ – 5. Una vez más: censura, secretos, mentiras, pero no expuestas como desviaciones de un sistema que se fundamenta en principios justos y revolucionarios, sino que se deja sentado que esa es su esencia.
En el primer capítulo, cuando el personal dirigente de la planta nuclear se reúne con los representantes de la ciudad cercana – la famosa Pripiat – y uno de ellos muestra su preocupación por la salud de la ciudad, la figura de un anciano se levanta: el viejo evoca la confianza en el socialismo soviético. Esta es la única ocasión que se dirá explícitamente tal término y no es casual que se haga para llamar al dogmatismo.


Este discurso se contrapone a otro, al final, al de Legasov ante el tribunal que juzga a los directivos responsables de la tragedia. Luego de explicar didácticamente el cómo un reactor RBMK explota, asocia el esconder el defecto del sistema de apagado de emergencia AZ – 5 con las mentiras que fundamentan el sistema, de hecho, en este punto él dice directamente que mintió mandado por la KGB y el Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, acusa a estos de mantener en silencio los defectos de la industria nuclear soviética para sostener una imagen, y al juez señalarle que estaba pisando un terreno peligroso – sutil advertencia – afirma que el terreno peligroso había sido creado por las mentiras y los secretos que “son prácticamente lo que nos define”. A la altura de cinco horas de serie, fundamentando esta tesis, no es sorprendente que se diga abiertamente: las mentiras hicieron explotar el reactor número 4 de la central nuclear Vladimir Ilich Lenin.


En politología te construyen tus enemigos, y si algo permite observar Chernobyl es la percepción que de la URSS y su sistema quieren hacer trascender los productores de la gran industria televisiva de occidente. Las historias que no sepamos narrar nosotros desde el más estricto apego a la verdad, serán narradas mañana por ellos desde su enfoque, construyendo con excelentes guiones, formidables actuaciones, gran fotografía, etc… su versión – que a partir de ahí será la versión – de determinados acontecimientos con influencia decisiva en el campo político.


Grandes enseñanzas podemos extraer de Chernobyl, como serie: que más allá de la narrativa de una historia real incursiona en la legitimación de estereotipos pertenecientes al campo de la política de Guerra Fría, lo que demuetsra que la producción ideológica de estas sociedades no apartan el entretenimiento del adoctrinamiento político-ideológico, y que en cada material generado se encuentra inteligentemente soterrado la reproducción cultural del modelo dominante.


Además, muestra la mirada no siempre alejada de lo que la implementación del modelo stalinista produjo a lo largo del tiempo, la burocracia que asfixia la iniciativa popular y que mediante la fetichización del poder atenta contra la naturaleza soberana del pueblo como actor político, y en nombre de este – como elemento del discurso y no como ejercicio real – provoca la autodestrucción del sistema que de la revolución popular alcanzó. De esto debemos tomar nota.


La guerra cultural es un fenómeno de dimensiones históricas, siempre que existan dos culturas diferentes, dos modos de interpretar la realidad diferente, existirá el enfrentamiento por sobrevivir en terrenos cada vez más complejos y más interconectados, por lo que más propensos al intercambio cultural. No podemos pedirle jamás al imperialismo que visibilice nuestra voz, nuestro mérito en la historia. No es su función ni lo será nunca. Somos nosotros quienes debemos narrar nuestras realidades, nuestras historias, sin esperar a que ellos las difamen, sino como acto natural, no se trata de responder a enfrentamientos, ni de estar constantemente en posturas defensivas, sino de acariciar lo más hermoso de nuestro pasado y contarlo sinceramente, tal y como fue. Si no, dejaremos los espacios para que ellos construyan nuestra realidad y por ese camino no sería sorprendente ver en un futuro a los cubanos – como le ocurrió recientemente a ucranianos y rusos con Chernobyl – aprendiendo de la Crisis de Octubre por una miniserie de HBO.