Por Mario Almeida, estudiante de 4to año de Periodismo
La crónica del día uno debería escribirla un estudiante de nuevo ingreso, porque las primeras impresiones, pienso, resultan las más válidas y honestas. Yo estaba enterado de todo, iba mediado por tres años de experiencia, sabía dónde estar, qué decir, a quién saludar…
Tenía que ser de primero, insisto. No importa que no supiera cómo colocar las comas y los puntos –eso cualquiera lo arregla–, lo interesante consiste en escuchar –leer– lo que piensa alguien que no hayamos escuchado antes, sobre lo que somos y dónde estamos.

Habría sido curioso que nos dijera, por aquí, qué le pareció ascender la escalinata bajo el sol agridulce y picante de las nueve y treinta de la mañana, las palabras contundentes de la rectora o la sencillez con la que el decano levantó su brazo ante la mención de su nombre.
Esas cosas las veo todos los días pero, quizás, los muchachos de primero sintieron algo que les removió los poros, como mismo me ocurrió aquel día de inicios cuando una profesora nos dijo que éramos estudiantes de Periodismo y, la sola certeza de ello, me sacó alguna lágrima. Hubiera querido escribirlo entonces y la cursilería se habría convertido en algo más perdonable que ahora.
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Cuando les dije que eran aproximadamente dos kilómetros, unos cuantos pusieron rostro de incertidumbre, de miedo, de tedio. Sin embargo, otros mantuvieron la cara de sorpresa de las primeras veces.
Caminar de la colina universitaria hasta la Facultad de Comunicación (FCOM) no resulta la travesía más complicada del curso, pero tampoco es algo de mucha frecuencia, menos, cuando se trata de tanta gente junta.
La bandera feconiana iba delante de la alimentada fila que superó por momentos los setenta metros. Algunos escuchaban durante el trayecto, como quien se entera de una clave ultrasecreta, que, cuando un “loco solitario” grita “COMUNICACIÓN”, el mundo tiene que responderle “AGRESIVO” y, en la próxima réplica, el adjetivo ha de regresar en grado superlativo.
Parecíamos una guerrilla, unos manifestantes, no sé, sencillamente éramos algo fuera de lo común en el monótono panorama citadino… Y paramos el tráfico desde la arrancada del curso; una premonición, sin dudas, de cosas buenas que vendrán.
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La cafetería, los pasillos, las aulas y los murales de FCOM narran una historia de evolución en todos sentidos, desde la infraestructura hasta el pensamiento. Los “nuevos” van desde allá hasta acullá todavía con el tejo de inseguridad del que llega por primera vez. La facultad, por sí sola, los tranquiliza e involucra y va de oído en oído dejando caer, como un susurro, que “todo continúa… ahora contigo”.