Por Raúl Escalona Abella, estudiante de cuarto año de Periodismo.
Domingo 5. Yo pensé morir por Cuba sin abandonarla. Pero, ¿si ella me abandona? ¿No tengo derecho a mirar por mí y mi familia sacrificada?
Quizás ese domingo 5 de octubre de 1873, Céspedes, con el cansancio que en sus huesos llevaba escribía con los ojos puestos en la historia. De su ventana de viejo impetuoso nos mira vacío, redentor, envuelto en una bandera tricolor y con un mar de negros que lo coronan y lo levantan. No es una figura sagrada porque lleva los pies descalzos, tampoco es la corona del poder porque lleva el olor del pueblo y las vestiduras rotas, mira desde el tiempo que no vivimos, con la pasión que no sabremos y la decisión que misteriosa y terrible que lo llevó a tomar la historia con sus dos manos y pasar a nuestra memoria colectiva como Padre de la locura, como Prometeo de la libertad que aun construimos.
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Lunes 27. (…) Se me avisa que la Cámara, en sesiones secretas está tratando de mi deposición y que se llevará a cabo. Me piden la renuncia; pero no debo hacerla, porque me echaría la responsabilidad. Daré las gracias a la Cámara por su resolución que me quite de encima el peso del Gobierno y ella responderá de las resultas que deseo sean felices para la Patria (…).
Bijagual es un lugar triste. Lo sé, aunque nunca he ido. No sé si hay grandes árboles o caseríos, ni si cerca pasa un río o los guajiros se reúnen en la noche a mentirse sobre pasados lejanos o cercanos. No sé nada sobre Bijagual que no sea algo triste. Porque allí las manos amarillentas del celo y la traición patria brillaron de forma terrible. Meses de contradicción entre Carlos Manuel de Céspedes y a Cámara de Representantes habían desembocado en uno de los acontecimientos más lamentables de la memoria histórica cubana. El 27 de octubre era destituido el primer Presidente de su cargo. El desprecio caería sobre su cabeza, la desesperación sobre sus sienes y la decepción infinita mancharía su adusto orgullo, pero algo sí jamás pudo arrancarle ni siquiera estas terribles circunstancias: comprender que por encima del interés particular están los pueblos, está el futuro de la Patria y el romanticismo increíble de darlo todo por fundar lo nuevo. Quizás ahora no lo lleguemos a comprender del todo; a lo mejor a algunos pueda parecerle excesivo tanta desmesura y sacrificio; aquellos eran tiempos de hombres y mujeres de imperfecta luz, estos son tiempos de moluscos.
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Martes 10. Amaneció lloviendo y el día más feo que ayer (…) Recomendé a todos la unión, la sensatez, la vigilancia contra las maquinaciones del enemigo, Les manifesté mi deseo de ver pronto confirmada mis esperanzas de que las circunstancias me permitan abandonar este puesto que me han confiado por su benevolencia y en que no quiero permanecer sino mientras sea útil o la voluntad del Pueblo así lo disponga (…) Les hablé de las emociones que nos agitaban en las vísperas de 10 de octubre de 1868 y de la resolución final que tomamos en ese gran día cuando consideramos que a pesar de todo de ella iba a brotar la libertad de más de un millón de esclavos blancos y negros (…) bajé de la tribuna a las voces de: “Viva el Presidente de la República!” “Viva Carlos Manuel de Céspedes!”. Me dominaba un sentimiento de gratitud completo.
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Al sentirse la muerte sobre la nuca, cuentan que sobreviene un escalofrío, un último impulso de vida, una noción terrible que nos cruza el pensamiento y detiene todo temblor, todo miedo, toda humanidad, así como todo defecto y virtud alguna vez tenida. La muerte en vida es la peor de las muertes porque el último instante se posterga y se condena al alma a padecer la sensación de la muerte cada segundo, como el viejo reloj de arena que deja grano a grano escapar el mundo, así se va la vida de los condenados como si en cada segundo del martirio el desgarramiento fuera total y se percibiera en sí el mayor cataclismo de todos los tiempos.
Martes 28. Anoche llovió mucho. Dormí perfectamente. Al levantarme se me presentó José Cabrera con un acuerdo de la Cámara fechado ayer en que me deponía de la Presidencia, y otro de la misma fecha en que se designaba al “Marqués” para reemplazarme. Ambos en mi concepto adolecen de nulidad; pero me ceñiré a contestar en los términos arriba expuestos. Vinieron Caimary y Figueredo. Este me refirió la escena de la deposición. Después de preparada en secreto, la hicieron pública, teniendo preparada la soldadesca. La pidió Trujillo apoyado por Estrada. Se despacharon a gusto con calumnias y falsedades.
Ya no más el Presidente. A quien le había llevado los acuerdos de la Cámara le extendió la mano diciéndole: “¡Gracias amigo mío! ¡Me ha traído usted mi libertad!” ¿Habrá rencor en ese espíritu impetuoso y turbulento? Quizás lo haya, pero lo que más aflora de las páginas de su diario es la profunda decepción, la incomprensión, el sentimiento de derrota, de caída, pero sus juicios no van al incendio, comprende que el futuro de Cuba es más grande que las avaricias de los conspiradores y cede; está agotado.
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[Noviembre]
Martes 10.(…) Este “Diario” es el mejor mentís. Por mí no se derramará sangre en Cuba.
La unidad no puede verse sin la fisura de la desunión. Para qué hacer el panegírico de lo unido, si no entendemos las consecuencias de lo contrario. Hay que recordar Guáimaro, pero también es necesario soplar con la memoria los polvos de Bijagual, para recordar las amarguras, para evitar repetirlas. La ética cespediana impidió una guerra civil en el seno de la Revolución, y él lo sabía, así como sabía las injusticias que hicieron caer su nombre, pero optó por el sacrificio. Los moluscos no lo entenderán, solo los que llevan un rayo de sol en la tranquilidad del pecho pueden llorar silenciosamente cuando piensan en el primer Presidente.