En la sede de la Unión de Periodistas de Cuba, en Cienfuegos, se dio a conocer los finalistas que participarán en las secciones finales del Evento Nacional de la Crónica, que se celebra desde hace 12 años en esta provincia. Entre los seleccionados, encontramos con alegría tres de nuestras estudiantes de 2do año de Periodismo, ella son:

El jurado que decidió los finalistas de esta cita profesional estuvo integrado por los destacados comunicadores Francisco Gonzáles Navarro, Jorge Domínguez Morado, Sabdiel Batista Díaz, Fabio Bosch Hernández, Ramón Lobaina Consuegra y Jesús Rodríguez Díaz.
Este año aumentó la cantidad de participantes, sobre todo estudiantes de Periodismo, aunque también aumentaron muchos en Radio y en Digital. En total participaron 59 personas y se enviaron más de 90 crónicas.
A continuación, y con mucho orgullo feconiano, proponemos estas tres crónicas que resultaron finalistas.
- El lobo y el cordero. Por Amaya Rubio
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Nunca leyó de lobos y corderos. Nunca jugó con sus amigas a la presa y al depredador. Pero, ella –casi por nada- era eso: carne fresca de manada hambrienta.
Laura: pequeña de ocho años. Laura: si llegara a ser mujer (hoy es cordero y niña a la vez) resultaría una morena, de cuerpo diseñado en los cielos. Y… ¿los ojos?, dos guijarros soñando con latir.
Camina con dolor, y cojea, parece que tropezó bajo la luna llena. Fue así. Desde siempre la manada (su manada) olfateó el perfume de la lana recién crecida, como orden expresa del macho alfa.
Él: abuelo querido, líder de todos. Él: primero en aullar bajo la luna, anunciando sed de presas fáciles. Él: aquella noche le siguió el rastro entre las ráfagas de viento. Trémula corrió la débil, ¡qué de pupilas asustadas!, pero las estrellas la abandonaron porque el pasto estaba al acecho del más fuerte.
La retuvo entre sus garras, le mordió con filo la oreja y las caricias llegaron más adentro de la falda marrón. Cuánto de chillidos: pensó en su má, le gritó; en su pá, le llamó; y en sus sueños por soñar. Mas, el hambriento continuó, saboreó el marfil y la tomó en el aire hasta saciarse de sangre.
La vi caminar hacia la escuela, hacia la casa, con hilo rojo pegado al cuerpo. Y exclamó su dolor a todos, y vagó con él. ¿La escuché yo o… tú? Nadie: la fiera podría devorarla para siempre. Así que ella calló. Y le preguntó al cielo si su carne era suficiente para alimentar a tanto demonio.
En las nuevas lunas, la cordero transita por ahí, despeinada. Ahora, habla de otros depredadores: el gozo en la cama de cierto lobo, que asegura ser su hermano; el placer de un sediento, que simula ser su primo; y el celo entre ambos, que paralizan la lujuria en el reloj de su cuarto.
Oigo balar a la pequeña en la lluvia, como pidiendo que brote la felicidad de las nubes. Conversa disparatado la muy mansa, y dice que los muchos insaciables la han marcado con un condiloma. Ya los cuatro vientos lo han percibido: sueñan los médicos con defenderla para que ella no sea más rehén de hospitales.
Sin embargo, las batas verdes y los quirófanos no la olvidan. Y a cada rato, le hacen recordar las noches de insomnio, a su manera, cuando el ardor le regresa al cuerpo, y le dan la bienvenida las enfermeras entre pinchazos de jeringa.
Miro a su alrededor: crece el verde pasto. Miro a su alrededor: aún vive en una jauría. Creo porque es de creer en la vida. ¿Sabrá ella (así como yo o… como tú) lo que es vida?
Pobre niña: nunca leyó de manadas y corderos. Nunca jugó con sus amigas a la presa y al depredador. Pero, cojea y llora, parece… que tropezó con lobos en luna llena.
- El rostro de la añoranza. Por Maria Claudia Baliño
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El día de la llegada no hay polvo ni escombros, los cojines se ven estirados, las pelusillas se extinguen. Las cortinas cubren las ventanas, solo para la ocasión. La casa se ve colorida, ventilada, ya no huele al maldito gorrión que revolotea por los rincones sin cesar.
La visita es de las más rigurosas: de alguien que conoce cada esquina porque la ha inspeccionado más de una vez, de quien no dudará en preguntar por qué has movido las cosas de lugar, dónde está tal o más cual adorno, o el porqué de las libras que sobran o faltan en tu cuerpo.
El día en que viene tu hijo tratará de retratarlo todo y percibir cuánto ha cambiado, y tú, madre al fin, te empeñarás por aparentar que este sigue siendo el lugar donde creció, te cubrirás las ojeras, aparentarás dormir bien, sacarás por primera vez del closet las ropas que él te ha comprado, fingirás que tu cabello siempre ha estado así de arreglado, que te cuidas mucho, que no te enfermas, que no lloras por las noches, ocultarás el gorrión para que él no lo vea, aunque sepa que existe.
Él te contará de sus éxitos, mostrará el auto, las cadenas, las fotos de sus viajes. Te dirá que su trabajo le encanta. Te mostrará su novia linda, sus tarjetas de crédito, su nuevo celular. Te hablará de sus aspiraciones y de lo feliz que se siente de vivir en ese lugar. Te abrazará. Sonreirá.
Con el paso de los días comenzarán a sincerarse, pero siempre respecto a cosas buenas, graciosas. Tú conversarás de tus batallas con la wifi, de las rabietas cuando se congela el Imo, de los tropiezos para escribir un correo y las peripecias para enfrentar una tecnología que te llegó atrasada, que no corresponde a tu edad.
Él se reirá dulcemente, te consolará con los cuentos de sus trastadas de extranjero, de las ocasiones en que dijo algo que allá significaba otra cosa, de cuando se probaba zapatos de mujer para comprártelos a ti. Querrá saber de años en horas, de muertos y vivos; de quién se ha ido, se ha quedado o se ha vuelto loco.
Ambos tratarán de aprovechar el tiempo, recorrer lugares. Ocultarán lo triste. Mostrarán lo bello. Aparentarán no darse cuenta de los pequeños detalles. Tú tratarás de cubrir todo lo que pueda molestarle, de enterrar el gorrión. Él simulará no verlo, no percibir sus estragos, no hablar de ese bicho raro que también a ratos lo perturba.
El día de la despedida está por llegar. Tú te envolverás en el disfraz de mujer ocupada, él se quejará todo, dirá que quiere volver. Luego tratarán de calmarse, de demostrar que se quieren, que se extrañan. Colocarás la cabeza en su hombro, sabes que al levantarla seguramente te comentará de las enfermedades que ocultó, de cadenas alquiladas, de las facturas del mes, de que apenas ve a su novia porque trabajan en horarios distintos, de la falta de tiempo para sí.
Tú te quitarás los maquillajes y llorarás un rato, le pedirás que no te compre más ropa porque sin él casi no te animas a salir, confesarás que tienes problemas de presión y que ese dulce tan apetitoso no te ha vuelto a salir desde que no está. Le dirás por fin de la insoportable ave que a veces te hace gritar.
Te despegas de su regazo y lo miras con nostalgia. Él también se quedará con palabras retenidas. A penas articulará un te quiero, te amo, nos vemos pronto. Se despedirán. Tú volverás a casa, guardarás las cortinas hasta la próxima visita, cerrarás nuevamente las ventanas, (…) sacarás pico y pala: esta noche, desenterrarás el gorrión.
- Locuras. Por Sabrina López
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Decía Suzanne que Erik era hermoso. Quiero decir, hermoso, interesante. Con todo y sus manías, sus premuras. Hermoso y gris. Erik Satie, francés, pianista, inmenso, guardaba en su pequeño cuarto de Arcueil cientos de paraguas. Coleccionaba pañuelos, desdichas. Y, con todo y que contaba Suzanne Valadon que no era buen pianista, con todo y que en el siglo XIX, mientras vivió, fue poco aquilatado, hoy le consideran genio, precursor de la música moderna, creador de la pieza más extensa jamás escrita.
Y cuenta Erik de Suzanne que llevaba consigo un mazo grande de zanahorias, que caminaba bajo las farolas de Montmartre harta de ajenjo, hasta semidesnuda; amando a cuanto varón solicitara sus servicios sexuales. Suzanne, loca. Madre de Maurice Utrillo (otro talento), alguna vez le señaló hacia un hombre que pasaba a lo lejos y se lo presentó como su padre. Luego, Maurice jamás lo volvió a ver. Suzanne Valadon, pintora hoy acérrima, con una corta e invaluable obra, es considerada una de las más grandes figuras del arte.
De ellos dos me sirvo, y pudiera servirme de otros tantos, para justificar a quienes hablan consigo mismos; o a mi amigo Raúl que muerde los libros que no le enganchan y los lanza a la pared; o a otro que sostiene que el uno, indefectiblemente, es un número de color azul. De ellos me sirvo para alertar también de locos falsos, de aquellos que se fuerzan “diferentes” como símbolo absurdo de una protesta; y hablan en voz baja, con superioridad, con ojos tristes, de cosas inservibles, filosóficas.
De Erik y de Suzanne me sirvo para exaltar a los locos cuyas locuras, al final, son útiles. A Newton, Einstein, Jelinek, Roberto Arlt. A Sócrates, Róterdam, Nietzsche, Schopenhauer. A Virgilio Piñera, o a Lezama. O a todo el que ha pensado, en medio del caos, que debe hacer algo en pos de la armonía. O, en todo caso, en pos de sí mismo. Y luego lo ha hecho. De ahí Sandino, Allende. De ahí todos. Todos llamados locos, insociables, para luego ser ellos los insomnes cuyos nombres figuran en la historia.
Y hay otros locos. Los contemporáneos. Los nuestros. Cuánta gente no recuerda al Caballero de París, aquel hombre desgarbado. Cuántos, mientras trajinaba, hambriento, por la ciudad, o dormía en portales, no lo hicieron objeto de vejámenes. Y cuántos de ellos no se han fotografiado, hoy, halándole las barbas a su figura en bronce…
Un buen amigo me enseñó con el tiempo que a esos locos hay que hacer un espacio, por lo menos, para escucharles. Detrás de ellos, de casi todos, hay historias hermosas. Historias bélicas, trágicas, simples.
Manolito, ese ser pintoresco que desanda las calles del Vedado, que corre tras los autos y que ladra cuando uno se lo cruza, era un hombre de ciencias. Un hombre culto. Aunque se dice de él lo que se dice de otros que hoy van descalzos, o en harapos, hablando solos, predicando a Cristo: que están chiflados, que son parte seria de aquello que denigra a la sociedad. Y hay quienes les insultan, les escupen –he visto– y quien de ellos se aprovecha para chotear, para lanzarles burlas. Y hay quienes solamente les ignoran.
En mi barrio hay uno. También en el tuyo. Caminan, piden agua, pan, dinero, hurgan en los latones de basura, o cargan al hombro sacos llenos de latas viejas para vender. Otros llevan un perro. Y hay otros que conservan sus paranoias dentro, muy consigo, y son personas socialmente estables. Y tristes. Gentes que, de cualquier modo, no merecen la ofensa, ni el escarnio; siquiera el hecho mismo de ignorarles. Gentes a las que una palabra amable, un gesto, hacen tanto o más bien que una terapia, que un tratamiento médico. Y es nuestro el deber de solazarles; de ver en ellos nuestros miedos, el espejo hundido de nuestras demencias (ocultas casi siempre).
Hans Asperger, psiquiatra cuyo nombre lleva un popular síndrome de autismo, dijo en algún momento que, al parecer, se requiere un chorrito de autismo para el éxito en la ciencia o en el arte. Yo digo que se requiere de un chorro de locura cualquiera, diagnosticada o no, reconocida, o no. O que, simplemente, a esas personas que, por causa alguna, no están dentro del canon de lo que solemos llamar normal, les debemos, al menos, el respeto; el amor al prójimo que predicaba aquel hombre humilde que, crucificado, fue visto como un loco, también.