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Pablo de la Torriente, cronista en primera persona

Pablo de la Torriente
 

Por Junior Hernández Castro*

Lo de Pablo de la Torriente no tuvo nombre. O bueno, sí: periodismo. Buen periodismo, además. Periodismo en mayúsculas. Audaz. Rebelde. Revolucionario. Decoroso. Necesario. Porque pertenecía Pablo, como José Martí, a esa estirpe excepcional de hombres en los que confluye el don de contar historias, con el compromiso social de tomar partido por los de abajo.

En la obra periodística de Pablo se nota su vocación revolucionaria.

Ambos, Pablo y Martí, nacieron pluma en mano; pero el primero no hubiera sido, si no hubiera sido, décadas antes, el segundo. «A mí nadie me puede hablar de patriotismo, porque aprendí a leer en La Edad de Oro», afirmó en más de en una ocasión de La Torriente; y bastan leer unas pocas líneas de su testimonio «105 días preso»para evocar la influencia martiana de las páginas de «El presidio político en Cuba».

105 días preso

Sentado al lado de la reja de la puerta, ya el sol en retirada, vi desfilar por delante de mí a los «hombres azules». Los hombres azules son los condenados a presidio. Fue una caravana silenciosa, sin una sonrisa, la que pasó frente a mí. Hombres desalentados, rotos y sucios. Uno era un gigante, flaco y rubio, que iba al lado de un hombre pequeño, de quijada ruda, calvo y zambo. Otro era un jovenzuelo adiposo verdaderamente repugnante; otro era un hombre de pelo blanco ya, con aspecto de oveja tranquila. Este, pensé yo, no volverá más nunca a la vida. Toda aquella gente llevaba, en su andar cabizbajo y en los rostros apagados, la señal del temor al Presidio (…)

El presidio político en Cuba

Los tristes de la cantera vinieron al fin. Vinieron, dobladas las cabezas, harapientos los vestidos, húmedos los ojos, pálido y demacrado el semblante. No caminaban, se arrastraban; no hablaban, gemían. Parecía que no querían ver; lanzaban solo sombrías cuanto tristes, débiles cuanto desconsoladoras miradas al azar. Dudé de ellos, dudé de mí. O yo soñaba, o ellos no vivían. Verdad eran, sin embargo, mi sueño y su vida; verdad que vinieron, y caminaron apoyándose en las paredes, y miraron con desencajados ojos, y cayeron en sus puestos, como caían los cuerpos muertos del Dante.

De Martí, Pablo tomó lo mejor, y lo adecuó a los tiempos que le tocó vivir. Sus testimonios y reportajes en Ahora, Alma Máter, Bohemia El Mundo, fueron divulgadores de las luchas emancipadoras de las masas populares y denuncias punzantes contra los atropellos de los gobiernos cubanos de turno bajo la complicidad del imperialismo estadounidense. Correspondió a Pablo, como a Mella, Villena o Guiteras, ser público y actor de una época de renacimiento para la conciencia nacional, pero no fue, por completo, un ideólogo. Fue, ante todo, un periodista, y, dentro del periodismo, un innovador.

Pablo de la Torriente Brau figura entre los nombres más destacados del periodismo cubano en el siglo XX.

Mientras Martí en su época era capaz de narrar con soltura y maestría —casi siempre en tercera persona— un suceso del que no fue testigo ocular; para Pablo la noticia no se quedaba en narrador omnisciente o la impresión basada en otras crónicas: estaba casi siempre en el lugar, y cuando estaba en el lugar, allí aparecía él, en las líneas del texto, no como mero observador, sino como implicado; y lo que iba descubriendo y lo que iba sintiendo Pablo, lo descubría y sentía simultáneamente el lector: «Mis ojos se han hecho para ver cosas extraordinarias».

El Premio Nacional de Periodismo, Luis Sexto, se refiere a la poca honestidad de algunos periodistas cuando utilizan el «nos» o el «nosotros» en detrimento de un «yo» latente con miedo a manifestarse. Para Pablo, al contrario, el «yo» emanaba de forma natural, y fuera de vanidades. El «yo» de las crónicas, testimonios, y reportajes de Pablo, que mucho recuerdan a un diario personal, le permitía involucrarse en cualquier tema sin tapujos, con espontánea irreverencia hacia esa objetividad e imparcialidad de la que cree presumir el periodismo serio, y con un ostracismo casi total del temeroso «nosotros», porque el «yo» de Pablo no era otra cosa sino el «nosotros» de una juventud rebelde.

Pero, retornando a la formalidad, la presencia del narrador en primera persona en muchos de los textos escritos por él, refuerza la credibilidad de la historia y despierta progresivamente el interés del lector sobre los personajes y la situación denunciada. En «Realengo 18»:

Allá los seguí entre varias peripecias y tuve la magnífica oportunidad de comer con ellos, hablar con ellos y hasta dormir, como ellos, bajo el cielo nublado sobre un gran tronco tendido sobre la yerba, al lado del bohío de José Gil Morasín, donde las montunas bailaban un interminable son.

De los labios del propio Lino Álvarez recogí la historia íntegra de las luchas por la posesión del Realengo 18; su aporte personal a las mismas; el relato de las celadas que le han tendido; (…) el deseo ferviente de ellos de acogerse a la justicia y a la decisión final de hacerse la justicia ellos mismos, porque como dice él mismo, con maravillosa certeza, ellos no le deben esa tierra más que al Estado y el Estado son ellos…

……………

Por las montañas corre la leyenda de Lino Álvarez, el presidente de los realenguistas, que tienen en él al jefe, al guía, al hombre con el sentido del mando y con el ímpetu de la acción y de la audacia. Para saber si esto es verdad basta llegar al bohío El Desengaño, cuando él no esté, como me pasó a mí. La mujer entonces, a cualquier pregunta respondería: «Yo no sé… Aquí el que sabe es Lino»… Y si resulta periodista como yo el que llega, la mujer dirá: «A mí no me apunte en ningún “papel”, ni saque ninguna vista con la “recámara”, porque aquí el que manda es Lino y no estando él no se puede hacer nada…».

El reportaje “Realengo 18”, publicado originalmente con el título “¡Tierra o Sangre!”, es uno de los trabajos más logrados del quehacer de Pablo

Este «Realengo 18» es, sin lugar a duda, uno de los textos más logrados del hacer de Pablo, y su entrada, de antología, casi se adelanta, unos treinta años, a lo que nombrarán los norteamericanos como Nuevo Periodismo: la subjetividad del cronista y el ornamento literario, la narración de la realidad con las técnicas de la ficción.

El que quiera conocer otro país, sin ir al extranjero, que se vaya a Oriente; que se vaya a las montañas de Oriente donde está el Realengo 18 y en donde se extienden otros, como el de Macurijes, el de Caujerí, El Vínculo, el Bacuney, Zarza, Picada, Palmiján y algunos más Que se vaya a Oriente, a las montañas de Oriente. El que quiera conocer otro país. Que monte en una mula pequeña y de cascos firmes y se adentre por los montes donde la luz es poca a las tres de la tarde y los ríos, de precipitado correr, se deslizan claros por el fondo de los barrancos, con las aguas frías como si vinieran del monte.

Allí encontrará no sólo una naturaleza distinta, sino también costumbres diferentes y hasta hombres con sentido diverso de la vida.

Y (…) encontrará también el orgullo de una historia considerada como propia; la satisfacción de que no haya río por el que no hubiera corrido sangre mambí, ni monte donde no pueda encontrarse el esqueleto de algún héroe.

Y si magistral es la forma de exponer la causa campesina, describir la vida de los realenguistas y denunciar la ambición de los géofagos imperialistas en ese reportaje; desgarradora es, por otro lado, la crónica titulada «Las mujeres contra Machado» en que Pablo rememora la muerte de Rafael Trejo —Felo, como le llama cariñosamente—, tras la represión machadista sobre la protesta estudiantil del 30 de septiembre de 1930. Y, aun así, en los momentos de infinito dolor por la pérdida del amigo y compañero de lucha, Pablo concibe un texto en el que denuncia a sus asesinos y reivindica a la mujer como eslabón inherente a la cadena revolucionaria.

La narración de Pablo provoca una empatía instantánea hacia la causa de los realenguistas.

Yo no podré olvidar jamás la sonrisa con que me saludó Rafael Trejo, cuando lo subieron a la Sala de Urgencia del Hospital Municipal (…) Yo estaba vomitando sangre y casi desvanecido de debilidad, pero su sonrisa, con todo, me produjo una extraña sensación indefinible (…) Era que yo había sabido ya, en condiciones extraordinarias, que Trejo, con sus veinte años poderosos, se moría (…) lo descubría por el silencio, al que de pronto se le ponía, como un rubí brillante, la palabra «¡Asesinos!», que algún compañero, con cólera incontenida, hacía estallar…

……………

Flora Díaz Parrado se acercó a Prío y a Rubén León, cuando llegó el ataúd a la puerta del cementerio, y les pidió que dejaran que fuera cargado por cuatro mujeres. Los muchachos estimaron muy bien que esto era un homenaje más, y lo concedieron, cargando con la caja la propia Flora Díaz Parrado, Ofelia Rodríguez Acosta, Ofelia Domínguez Navarro y otra, cuyo nombre no he podido averiguar, pero que (…) había sido maestra de Felo Trejo.

……………

Por primera vez se van a dar a conocer al público los comienzos de las actividades de aquel grupo de mujeres, organizadoras del Homenaje a Trejo, que tan desagradables ratos hicieron pasar a la Secretaría de Gobernación y al propio Gobierno.

La crítica social directa también encuentra su lugar en el periodismo de Pablo.  La miseria, la explotación, la insalubridad, la corrupción, el atraso económico de las zonas periféricas, son denunciados sin pelos en la lengua desde las páginas de Ahora, y fundidas con historias de vida de «ilustres desconocidos», con memorias del propio cronista y con un tono satírico que va y viene, como esa metáfora utilizada por el Apóstol: «un látigo con cascabeles en la punta». Los tres fragmentos de textos que siguen, publicados entre finales de 1934 e inicios de 1935, son por sí mismos el reflejo de una sociedad que pedía a gritos un cambio esencial.

La Habana, ciudad de los kilos

KILOPÓPULIS pudiera llamarse hoy La Habana. (…) la ciudad que especuló en un tiempo con millones hoy lo hace con centavos (…) Los comerciantes en «kilos». El guarapo reivindicado por la miseria. El «pru», panacea estomacal. (…) Una marquesa que ha incluido el signo de centavo en su escudo. (…) La miseria ha reivindicado al centavo como la físico-química ha reivindicado al átomo. (…) Antes los centavos eran los regalos para los muchachos; ¡hoy los centavos son el pago del trabajo de los hombres!…

Nuevitas. El fondo de un saco

Nuevitas no es más que el «fondo de un saco», como la definen sus propios habitantes. En efecto, esta ciudad, atacada de una anemia progresiva, se parece a un saco en que sólo tiene una «boca» —el ferrocarril— y por ella ha de entrar y salir toda su vida.

Santiago de Cuba. La ciudad abandonada

Santiago de Cuba es bella y sucia, como una gitana de feria. Llena de colorido y de interés, si sus barrios pobres no son más miserables y puercos que lo que llaman los zocos marroquíes, será porque estos están más allá de toda imaginación.

Sin ánimos de extenderme mucho más, diría para cerrar que fue Pablo un hombre que caló, con bisturí estilográfico, en conflictos y personajes de su época, dio voz a las minorías silenciosas que clamaban legítimamente por sus derechos usurpados, y logró dotar a la vanguardia revolucionaria de los años 1930 de un verdadero periodismo: punzante, veraz y de altos quilates. Como Martí, murió joven. Un trozo de odio en el pecho le quitó la vida, siete días después de cumplir los 35 años, en Majadahonda, España, a miles de kilómetros de la Patria cuya revolución había sido nuevamente secuestrada. Años antes, en sus «105 días preso», escribía: «Los muchachos ya están en la calle, libres, dentro de todo un pueblo preso. Porque el pueblo está preso. Está preso de temor, de hambre, de miseria y de cansancio. Enfermo de esperanzas cien veces fallidas».

Bibliografía consultada:

Arencibia Lorenzo, Jesús & Rodríguez Betancourt, Miriam (Comp.): Pablo de la Torriente Brau: pasión de contar, Editorial Pablo de la Torriente, La Habana, 2014.

Martí Pérez, José: Obras Completas. Tomo 1, 1862-1876. Cuba, España y México. Centro de Estudios Martianos, La Habana, 2009.

Torriente Brau, Pablo de la: Testimonios y reportajes. Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 2001.

* Lic. Junior Hernández Castro. Profesor Adiestrado de la Facultad de Comunicación de la Universidad de La Habana. Editor del blog El Friki Periodista. Colaborador en El Caimán Barbudo.