estudiante

Por Yohan Amed Rodríguez Torres, estudiante de segundo año de Periodismo

Llegué temprano, cerca de las seis con treinta de la mañana. La muchedumbre se amontonaba. Un estudiante de pre fumaba cigarrillos. Otro, picoteaba sus uñas con los dientes. Una que vestía una blusa azul, caminaba de un lado a otro y abrazaba a su padre.

David, con quien estudié en el pasado, participó conmigo la hazaña de ese día. Los dos compartíamos la locura de cambiar de carrera, pues estudiábamos una ingeniería. Algunos iban de uniforme y acompañados por sus padres y amigos. Yo iba solo.

Cerca de las ocho comenzaron a llegar los profesores. Avisaron el comienzo del proceso para dentro de una hora. Habló el decano de la facultad, habló el jefe del departamento de la carrera de Periodismo, y mencionaron los nombres de un listado inmenso de estudiantes para ubicarlos en las aulas de examen.

“Los de concurso”, dijeron. Oí mi nombre y caminé junto a los otros como ganado hacia el matadero. Pronto seríamos despojados de nuestros nombres para convertirnos en un número. Yo era el 162.

Primera fase: cultura general. El examen de dos o tres hojas escritas hasta el reverso nos retó. Las preguntas de literatura y geografía las fui respondiendo con más seguridad. Dudé sobre alguna u otra, pero sentía estar respondiendo correctamente.

Afuera, esperaban los familiares tan o más ansiosos que nosotros, para saber las respuestas y cómo salió todo. Hora y media después, volvió a salir el profesor con los resultados. Silencio total.

“De más de 500 aspirantes, pasan la primera fase solo 94”, dijo. Entonces, mencionó uno a uno. Mi corazón trepidaba. Se escuchaban exclamaciones, gritos de los “números” afortunados y eran notables  las caras largas de quienes no pasaron. Vi las manos de algunos secándose el rostro.  Poco a poco, entraban nuevamente a las aulas los seleccionados. Ensordecí. Era un efecto dominó de paranoia colectiva. “135, 138, 150…..”, seguían con los numeritos. “160, 162,…”, Creí escuchar mi número.  Atiné a seguir el camino de los seleccionados “por si las moscas”.

Segunda fase: redacción e interpretación. En un aula más amplia y menos calurosa me tocó la segunda prueba. De nuevo el aire se tornó denso. Esperábamos el “santo temario”, tan importante de ese momento en adelante.

La frase a interpretar era de Lorca, con una expresión sobre cómo debía el artista meterse en el lodo con quienes están en él para ayudarlos a recoger las flores. Muchos puntos de contacto, según creo, con el hacer del Periodismo. Tuvimos que inventar un cuestionario a una personalidad y no faltó la composición sobre los daños del bloqueo a la salud pública.

 Al salir de redacción, esperamos dos horas por las calificaciones. ¡Nunca en mi vida odié tanto los números! “132, 133,…”, vuelven a mencionar. Sentí las orejas calientes y mis vibraciones cardiacas iban a los oídos, cual bocinas super-bass a todo volumen. “158, 161, 162,…”. De 94 se fueron 40.  Era como una película en la cual rodaba en cámara lenta, y todo el sonido, aunque fuese minúsculo, se aplacaba. Abracé a mi amigo David.

Fase final: tres profesoras sonrientes me invitaron a sentarme. Eran las cinco de la tarde y me preguntaron por qué quería estudiar Periodismo y ¿cómo veía la profesión en el país?, entre otras preguntas. Tenía en mis músculos el cansancio de un atleta luego de correr la pista miles de veces. El agotamiento del día no aplacó mi sensación de haberlo hecho lo mejor que pude. Bajé unas escaleras y afuera me esperaba el cielo negro que me recibió en la mañana. Yo buscaba materializar mi sueño. Ellos, probar mi aptitud.