Ania Terrero

Por Dailene Dovale de la Cruz

Ania Terrero irrumpe en Fcom con pasos nada tímidos. Esta es su casa, y en la casa no se piden permisos tontos, ni se esconde el rostro al pasar. Ania sabe, este es su espacio, su pedacito de Cuba a mejorar y nadie se atreve a detenerla. Alguien sí. Un custodio: carnet, dice. “Ella fue presidenta de la Feu”, susurra la recepcionista. Cinco minutos después le pide disculpas. Esta es su casa, y él por un minuto lo había olvidado.

Blusa blanca, labios rojos y pantalón negro, me pide un tiempillo para un mensaje. “Son solo cinco minutos”. Regresa. Sonríe. Acaba de llegar a una meta, tras cinco años de carreras tras la noticia, las fuentes informativas, los estudiantes, las actividades. Cinco años de clases, Feu, Periodismo, Turquino y una pila de proyectos.

La alumna más integral de la Universidad de la Habana –delgada, pelo castaño y voz audaz– conversa con las manos. Hija de Dixie Edith Trinquete y Ariel Terrero, crece entre los problemas del gremio, sus complejidades y luchas.

Conscientemente no influyeron nada, inconscientemente todo. Quería Matemática, confiesa. Elige la Lennin y firma un documento donde declara solo estudiar carreras de Ciencia. Alguien (¡por suerte!) decide abrir otras rutas a los chicos de la vocacional hacia carreras de corte humanístico.

Llega a las pruebas de aptitud para Periodismo. Es un reto. Un saltar la valla más alta aunque el premio a buscar se discuta en otro estadio. Aprueba los primeros exámenes. Encuentra a Raúl Garcés en la tercera fase. El reto se complejiza.

A ti no te voy a preguntar lo mismo que a todos, tú conoces los problemas del Periodismo. ¿Por qué a pesar de saberlo eliges esta carrera? Algo así dice el decano o eso recuerda ella, ahora en el 2018, en julio, a punto de soltar la universidad, cuando mira hacia aquella chiquilla con ganas de auto-probarse en un examen de aptitud.

Uno no se puede rendir antes de empezar. Al menos eso está en mi formación… Y en ese convencer a Garcés, se convence a ella misma. A sus padres debe el deseo primario, a Garcés, el tomar conciencia. Así termina en Periodismo, en Fcom y un día de septiembre inicia su cuento con poco de hadas pero sí mucho de persistencia.

Ania no es pasiva. En otro siglo hubiese exigido el voto femenino, en este demuestra capacidad para dirigir y consigue ser la presidenta de la Feu por dos años consecutivos. Lidera. Exige. Demanda. “Las cosas que se hacen se hacen bien”, recalca. Y lo demuestra desde la brigada.

La Feu era un espacio de diversión (origamis, cintas amarillas). En ese año se realiza un Consejo Nacional de la Feu con estudiantes ajenos a los grandes cargos. La Facultad había sido premiada y seleccionada para aportar un jefe de brigada. Dentro de Fcom, Armando Franco la escoge a ella. Después sería vicepresidenta y presidenta.

Una interrupción ocurre. Su celular pequeño ladra, chillón, como un chiguagua,. Contesta. Retorna. Sonríe otra vez.

“Son las ganas de hacer por la facultad, la casa, el pedacito cercano”, dice y confío en su veracidad. Nunca veo a Ania sentada. ¿Curioso? Casi siempre corre o chequea una actividad o ayuda u opina.

Quizás por eso de apre(he)nder de todos, le cuesta elegir una guía, un profesor modelo.

“Casi todos los profesores influyeron”. No obstante, si listara Garcés encabezaría la selección. “Por las clases de ética, por ser el decano que es, por enseñarnos a madurar y a pensar, algo tan difícil”.

Y la memoria es una cinta de cine, empieza a andar y salen rostros imborrables. Iraida “por corregirnos punto por punto”. Todo eso con la perspectiva actual. En primer año se sentía mal, y hasta con rabia.

Así aparecen en su vida, Abel Somohano y las clases de Teoría, Chirino (“ahí si sientes que estás en la universidad”). Zenaida y Maribel por la pasión que transmiten –“aunque no te gusten la radio o la televisión”.

La película sigue. Fidel y el Periodismo Hipermedia. “En el momento de la tesis me acordé de las clases de Zuamy, con sus debates del semestre”. En la retina de ella, la más integral, corren casi todos los profes. Se justifica. “Más que tecnología o ser un lugar bonito, la magia de la facultad radica en sus buenos maestros. Tiene malos también, pero de esos es mejor no hablar”.

Ya sabemos, Ania es una chica lista. Una muchacha apoderada. Pero también tiene una “yo” más privada, que disfruta con una película. Si le preguntas qué le gusta leer, te hablará de Mario, Darío y Zulema. No son escritores noveles, sino sus amigos. “Ellos influyeron en lo que veo, lo que leo, lo que hago”. Y escenifica. “Mario llega y habla de Bolaño. Y una corre a leer. Zulema comenta de Kapuscinski. Y una corre a leer”.

Más que un entretenimiento deviene una obligación. Con una amistad basada en el conocimiento, ella no desluce. Se esfuerza. Inventa el tiempo y se cultiva. “Tampoco es excusa la Feu. Te hala, pero no es pretexto para no formarte e incrementar tu cultura. Intenta entre tanta vorágine alimentar la mente (y el alma).

Después de sudar, volverse artista, deportista, dirigente: qué le queda Ania en los planes inmediatos. “Cubadebate. Hay que irse a los medios. Quizás en el futuro acomodarse en otros sentidos. Regresar a la facultad o una revista de corte narrativo”.

Cubadebate es su destino como servicio social. Donde quiere aprender el oficio de la mejor forma (la práctica), donde chocará con el trabajo del periodista. Después de cinco años de vistazos e incursiones, se sumergirá hasta el fondo.

Quiere aprender. Se sabe nueva e inexperta. Empezar lo más pronto posible una maestría. Aprovechar los cursos de posgrado en el instituto de Periodismo, pero también tener una familia.

Ya al final, cuando la impaciencia brota de sus gestos, le confieso, siempre vi una futura directora de prensa en ella. “Yo quiero escribir y hacer Periodismo. No quiero ser un cuadro. Voy a Cubadebate de soldado raso. La vida da muchas vueltas y yo no sé decir que no. Si hay que hacerlo, se hace”.