Esta señora no es la típica abuelita de cuento

Por Arianna Ramos Martín, estudiante de 1er año de Periodismo

Tengo 20 años y soy abuela. Mi nieta es una muchacha intranquila, con una especie de energía invasiva y necesaria que atenta constantemente contra la cordura de quienes la rodeamos. Su concepto de ilusión, tristemente escaso en esta época y probablemente en este mundo y cualquier universo paralelo, rebasa toda barrera lógica. El dolor en sus piernas y el hecho de haber nacido a mediados del siglo pasado no representa impedimento alguno para ella, porque si algo aprendí en estos años a su lado, es que no hay sitio al que la imaginación y la perseverancia no te den acceso.

En algún momento de nuestras vidas fuimos contemporáneas, compartíamos edad y a partir de aquí quiero que se entienda la edad como debe ser, como un estado del alma y obviemos por completo la fría definición del diccionario que nada aporta a este caso. Éramos cómplices, amigas con aficiones en común, pero yo crecí, maduré para convertirme en la abuela de mi abuela.

Y es que como ella misma reconoce, no es la típica abuelita de cuento. No sabe coser y la cocina alguna que otra vez se le resiste. Sin embargo, nadie bajo su techo puede quedar hambriento, pues tal ofensa sería catalogada como una tragedia sin precedentes.

Invariablemente debo regañarla por su actitud impetuosa cuando una idea no la abandona, por sus comentarios sin esbozos de rubor sobre cualquier tema o por el alarde constante y la defensa a ultranza de los suyos. Ella es así, una mujer de extremos, no entiende los intermedios ni le interesan. Moviliza pueblos con solo un gesto y el teléfono es su arma de guerra. No existe ni un solo contacto que no pueda conseguir, habla con quien deba hablar, no importa cuál sea la empresa o cuán impensable se torne el objetivo.

Sin el menor rastro de diplomacia y con su estilo de conversación, entre filosófico y descarado, mi abuela se convirtió en la amiga de mis amigos. Confabulan en mí contra, alguna vez a mi favor, y conoce detalles de sus vidas que a mí se me resisten. Desde que tengo memoria coordinó cada fiesta infantil, se volcó en los matutinos durante la primaria y llenó mis libretas de figuritas, no eran lecciones de Matemática o Español, eran pasajes de cuentos. Es el resultado de sus manos sobre cualquier objeto común.

No es que mantenga el anhelado espíritu juvenil, simplemente mi abuela nunca dejó de ser la niña que preguntaba a su mamá quién soplaba las nubes. Es la emoción personificada, es lo errático. Parece pertenecer a un planeta lejano donde todos dicen lo que piensan y sienten sin temor a represalias futuras, donde el propósito de una vida es demostrarle a los demás lo especiales que pueden ser, con actos, con palabras, porque mi abuela también escribe y guarda con celo cada uno de sus textos.

Jamás la he escuchado hablar de pastillas o tratamientos médicos, sin embargo, es capaz de discutir durante horas sin parar sobre dibujos animados, películas, recuerdos. Siempre deja claros sus gustos, así no existen confusiones y en su cumpleaños todos le regalan chocolates o peluches, sí, peluches, porque para colmo es una niña malcriada.

Día Mundial del Adulto Mayor

El mundo cambia, pero ella no, aunque la pandemia nos haya obligado a aprehender nuevas costumbres. Por eso, con el entusiasmo de siempre, espera al Doctor Durán cada mañana, sufre con y por él. Nos resume a diario el número de casos positivos, en un intento de reprimenda porque no salgamos de casa. Lava y plancha nasobucos, ve las teleclases de mi hermano y lo repasa, en un ejercicio de infinita paciencia y a pesar de no ser una experta, para sus amigos y nosotros, su familia, es el mejor de los apoyos psicológicos. Si no sabe cómo curar la incertidumbre o los miedos, al menos procura mantenerte entretenido, inventa un juego, crea historias de la nada.

A pesar de su atormentada forma de ser, que tantos dolores de cabeza me provoca, les recomiendo a todos esos niños tristes, a los jóvenes cansados, a los adultos mayores desalentados a visitar de vez en cuando el planeta donde habita mi abuela, estoy segura que muchos decidirán mudarse a él, de forma indefinida.