La delegación habanera

Sabrina López, estudiante de tercer de Periodismo resultó ganadora en el Taller Nacional de la Crónica Miguel Ángel de la Torre 2018 en Cienfuegos en la categoría de estudiantes con la crónica El mensajero. Compartimos el texto con usted. Disfruten.

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El mensajero

Por: Sabrina López Camaraza, estudiante de Periodismo

La mala suerte le pegó a Vicente un 21 de noviembre, con 31 años, mientras trataba de mover unos vagones de caña que estaban varados sobre la línea del ferrocarril. Sacudiendo uno, cayó sobre los rieles. El carro dio marcha atrás y pasó por encima de sus piernas.

Vicente Melo llegó a La Esperanza, pequeña comunidad rural perteneciente al municipio de Nueva Paz, Mayabeque, en mayo de 1992. Había venido detrás de sus padres, y estos, a su vez, detrás de los suyos. Al ser el único nieto heredó la casa de sus abuelos. Una construcción de siete habitaciones demasiado grande para dos personas que vagamente pueden trasladarse: para su madre, de 70 años, para él, lisiado, de 52, para un perro sato que incansablemente le ladra a la cuchara del amo cuando come y para una gata que aparece los mediodías y se cuela por la ventana de la cocina a tumbar las tapas de los calderos mientras Vicente está en su silla de ruedas petrificado frente al televisor.

En un recorrido rápido con la vista, los trastos de la casa son los básicos: cuatro sillones de madera en la sala, una mesa que aguanta un televisor antiguo, un refrigerador en la cocina, un fogón de inducción, otro de carbón, par de calderos tiznados por el fuego, algunos retratos en blanco y negro en una pared, una herradura atada a un cordel rojo detrás de la puerta principal.

Vicente pasó la escuela primaria en Pinar del Río. Terminó sexto grado en el curso nocturno. De día, con 11 años, trabajaba en la caña o en el arroz. En dependencia de la temporada.

 —Yo iba al campo con la gente grande para buscarme mis cuatro pesos, para comer, para darles algo a mis viejos. Como era el más chiquito del grupo, me cogían lástima y me daban más dinero. Pero la lástima nunca me ha gustado... A los 17 me fui a trabajar para el Estado, manejando tractores en la zafra. En el 97 entré en un centro de acopio. Ahí fue donde tuve el accidente...

Vicente no se abstrae para hablar de eso. Dice que son tantos los que le preguntan cómo sobrevivió que aprendió a simplificar el hecho. Tal vez, a simplificar el dolor.

—Ese día había un sol de mil demonios. Había llegado del campo directo al acopio sin almorzar, a eso de las tres de la tarde. Estaba estropeado, pero yo siempre he sido un buey para el trabajo… En eso, el jefe del acopio me pide que moviera unos vagones de caña que estaban estancados en la línea.

Y la caída. El carro rompiéndole las piernas.

—Negro aquello… Negro. Yo moría. Lo único que pensaba era en Dios, y le gritaba. Llegó un punto en que no pude ni gritar ni pensar… Negro.

Vicente no bebe ron. Sus adicciones son café y cigarros. Al día se fuma una caja y pico, casi dos, marca Titanes. Cuando empezó a rememorar el incidente prendió el primero. Sin dejar que se apagara, fijó el segundo en la boca. Fueron tres consecutivos. Cada bocanada lo acariciaba hasta disiparse.

—Entré al salón de operaciones con uno de hemoglobina, con falta de aire. Me dolía mucho el pecho, imagínate, me pusieron ocho transfusiones de sangre y cinco plasmas. La operación duró desde las cinco de la tarde hasta las doce y pico de la noche. Cuando desperté, después del efecto de la anestesia, empezaron los dolores, imagínate, cuando se te está yendo es cuando los dolores dicen: voy. Y empiezas a alterarte por los dolores y esas jodederas.

Los primeros 26 días estuvo ingresado en el hospital de Güines. Luego fue trasladado al hospital Julio Díaz, en La Habana. Durante el traslado pidió a su madre que no lo visitara, que se cuidara ella y a la casa. En Julio Díaz estuvo más de un año, en rehabilitación.

—Mi recuperación fue bárbara, divina. Había que echar pa’ alante. Ahí tenía que hacer ejercicios y aprender a moverme y a caminar. Después me pusieron prótesis.

“Cuando regresé a la casa me ponía las prótesis todo el tiempo y andaba el batey con ellas. Ahora se rompieron y no fui a arreglarlas. Con esto yo resuelvo”, dice, y señala un carrito de tres ruedas estacionado en el portal, con un cajón plástico detrás del asiento, y una cadena que va desde la rueda delantera hasta un engranaje con dos pedales. El mismo mecanismo de la bicicleta común, pero vertical. Vicente lo mueve con los brazos.

El carrito se lo vendió la ACLIFIM municipal por 480 pesos, casi un año después de salir del hospital. Con él comenzó a ir al pueblo de Cabezas, a cuatro kilómetros de La Esperanza, a buscar dulces para revenderlos en el batey. Otras veces llegaba en la Carretera Central, a 12 kilómetros, para vender mangos.

—La gente vio que yo me movía todos los días y empezaron a pedirme que les trajera los mandados de la bodega (de Los Palos a la Esperanza hay cuatro kilómetros, de Los Palos a Cabezas, ocho. El primero pertenece a Mayabeque, el segundo a Matanzas). Poquito a poco me fueron cayendo clientes. Al principio me sentía adolorido, después me fui adaptando, normal. Yo camino con el carretón este 70 y pico de kilómetros diarios.

La rutina de Vicente: se levanta a las seis de la mañana, recorre dos kilómetros de camino empolvado hasta la finca de unos campesinos que aportan leche fresca a la bodega de La Esperanza. Procura dejar la leche antes de las ocho, antes de que los niños vayan a la escuela. Sale para Los Palos. Allí recoge y reparte el periódico y el pan. Regresa a casa a la una de la tarde para almorzar. A las tres, entrega el periódico que trae de Los Palos en La Esperanza. Sobre las cinco busca y reparte los mandados de 24 casas en La Esperanza y en Cabezas. Lo mismo retorna a las ocho de la noche que a las 12. Depende de la velocidad del viento, de su fuerza ese día, del tiempo que demoren las conversaciones en las esquinas.

Para cuando regresa en noche cerrada, le incluyó a su carro una farola que le alumbra el camino gracias a un dinamo que viaja con los panes. En cada viaje debe transportar 60 o 70 libras. Ese peso, la carretera desbaratada y la poca calidad de las gomas hacen que todos los meses ahorre por si se poncha alguna goma de manera que no tenga remiendo. Vive con el miedo de que en un mes se le pochen las tres gomas. Entonces tendría que comprárselas a los revendedores, a 180 pesos cada una.

Cada mes, Vicente cobra su chequera: 200 pesos. La leche se la pagan en dependencia de los litros que transporte. A veces son quince, otras veces diez. Le gana 20 centavos a cada litro. Al periódico le gana la misma cantidad porque lo vende a 40 centavos. Entre chequera, leche, mandados y periódico, gana alrededor de 700 pesos mensualmente.

Para los días de lluvia tiene, por precaución, guardado un nylon lo suficientemente grande como para que cubra los mandados. Dice que él no se enferma aunque le llueva encima porque la gente dura no se enferma. Por eso, la gente se extraña el día que no escucha el sonido del silbato que él hace para avisar su llegada. Si un día no puede entregar la mercancía, la guarda y la reparte al día siguiente.

 —La gente recoge el pan como esté. El que no lo tuesta y se lo come, se lo echa a los perros o a los pollos. Nada se bota.

Vicente tiene la piel endurecida por la exposición constante al sol, a la lluvia, a la soledad, a la tristeza. Me cuenta que poco antes del accidente había terminado una relación y que no tuvo hijos. Por eso le ilusiona que, quizás, un día de estos, yo vaya a hacerle fotos para el periódico. Pero para eso habría que avisarle con tiempo porque, dice, tendría que afeitarse, vestirse lindo y fregar el carro.

—Va y una de las viejas que leen el periódico se enamora de mí. Va y tengo suerte.