homenaje

Por Dailene Dovale de la Cruz, estudiante de quinto año de Periodismo

Fotos: Mario Ernesto Almeida, estudiante de tercer año de Periodismo

En la colina, su colina, jóvenes vienen y van en interminable caminata. En la colina, su colina, preparan un homenaje, se ultiman detalles –instrumentos musicales, micrófonos. En la colina, su colina, una dama rebelde mantiene sus brazos abiertos y él está allí en cada universitario –no solo en carteles que rezan eterno rebelde.

Los feconianos llegan de a gota. Un hombre camina entre la gente y reparte la clave para acceder a internet. La gente saca sus celulares y se conecta. El año pasado, no hubo wifi pero la cafetería estaba abierta y vendieron pelly, dice Yaidelly y se queja un poco. Tiene hambre (y no es la única).

Caminamos, conversamos. Este es también un punto de encuentro. Gente de carreras distintas se besa, abraza y sigue la corriente. Ella saluda a un amigo. Habla de Periodismo y sus diferencias con Comunicación Social. Nuestras carreras nos persiguen, pienso y la arrastro otra vez a nuestro sitio mucho más abajo.

El acto demora. La gente se distiende. Mario Almeida lee el Siglo de las Luces, otras feconianas discuten los beneficios de vivir en Matanzas. A lo lejos suena Silvio Rodríguez, era de imaginar, supongo cueste trabajo encontrar otra música. Un joven bajito improvisa una canción. La gala inicia.

Primero el Himno Nacional. No estamos para lamentarnos, dice el locutor. “Yo soy Fidel” grita el público. En la pantalla aparecen imágenes de la infancia, adolescencia... “En esta universidad me hice revolucionario, me hice marxista-leninista”, es su voz.

Ernesto Mario Escalona y la colmena son artífices de la noche. En la escalinata también está Miguel Díaz-Canel, presidente del Consejo de Estado y de Ministros. A mi lado tararean bajito.

Hombre que vas creciendo, cantan. Pequeñas oleadas. Ovación. Locutor. Se repite la fórmula. No me olvides Cuba, acuérdate de mí, eso me da la impresión que cantan, pero no, se trata de Lupita. Quizás me confundo al mirar y notar gente que se ríe, que no escucha, no puede ver, los de enfrente bloquean la vista y ellos pierden la conexión (con el acto, a internet siguen pegados).

“Estos homenajes son feos. Se pierde la esencia”, me susurran al oído. Y sí. Frases citadas, aplausos en horario, no es el acto ideal. Una tonada campesina salva.

“El jefe nace a diario en cada universitario que sube esta escalinata”. “El Fidel vivo es eterno, el Fidel muerto no existe”. Frases como esas despiertan a la masa.

“La tiranía acabó ustedes estarían dispuestos a renunciar a nuestras conquistas”

-No, gritan todos.

-Sí, dice una cadete. Y cuando todos miramos hacia ella, se ríe, porque era un chiste, uno de mal gusto.

El año pasado. Otra vez, el año pasado. Es la hora de gritar revolución, cantan y la gente se toma de las manos. Esa gritería a mí encanta, susurra una muchacha. Quiero creer que Fidel y su homenaje no son meros gritos.

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Hay dos veladas. Una en la Facultad de Derecho y otra en el CEDER. La velada del CEDER tiene acampada, más conexión wifi y puestos de comida. Para asistir se necesita una invitación extra, de color verde, no basta con la amarilla que entregaste en la garita de la universidad. Las entradas verdes son menos. Muchos estudiantes se quedan fueran.

Adentro los puestos de comida, la gente que tropieza entre los nudos de las tiendas, dos focos grandes de luz, una pequeña tarima donde un micrófono espera.

Abel Prieto, asesor del Presidente de los Consejos de Estado y de Ministros, enfundado en ropa oscura y cómoda, es quien habla (nos habla) de Fidel y sus nexos con la cultura, el medioambiente, la vida. Es un abuelo que nos explica, a veces demasiado, como hacen los abuelos con los nietos.

Fidel alfabetizó el país, destruyó las bases institucionales del racismo, a pesar de las agresiones, es quijote, dice y la gente ahora sí atiende. El ballet, Bienal de la Habana, el arte no como mercancía, la Casa de las Américas, el Icaic todos visiones suyas. Habló de medio ambientes antes de que existieran los ecologistas.

Abel Prieto comenta de almendrones, obsolescencia programada y percibida, su historia con un Nokia y un joven saca el suyo desde el público. Critica el consumismo. La especie involuciona, pero como es un homenaje a Fidel, un optimista, recalca que no, hay gente que trabaja y crea para contrarrestar la hegemonía –el movimiento juvenil martiano, entre ellos.

“Fidel está vivo todos los días. Un abrazo y gracias por escucharme”, se despide. ¡Cuánto joven debió escucharlo! Nos quedamos así, preguntándonos si quizás el mejor homenaje no hacía falta tantas tarjetas de cartón, sino un alma lista y una mente clara, para sentir que ser Fidel (o intentarlo) es una responsabilidad, no una gritería colectiva.

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