Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.
Su nombre era Rubén, y era comunista. No había vergüenza en su militancia. Era comunista porque sabía que ser comunista representa ser hermano del campesino, camarada del obrero; conocía que ser comunista significa ser adalid de la verdad y encarnación de las luchas sencillas, pero profundas, de esta dolida humanidad.
Fue bueno Rubén Martínez Villena. Su verbo era vibrante – como el de todo comunista que se respete –, y sus versos son cantos a la vida. Sus versos serán siempre de pureza y equilibrio. Hay tal viveza en los jóvenes de aquella generación, hay una vitalidad extraña que salta de las páginas amarillentas que del libro que uno lee, y contagia, empuja, despeina y hasta golpea. A veces avergüenza un pasado glorioso, da un poco de rubor el tener tan grandes muertos en la memoria. Y las cosas así.
El autor de Cuba, factoría yanqui fue el organizador de la huelga memorable del año 1930 que paralizó La Habana y comenzó el apuntalamiento del régimen dictatorial de Gerardo Machado. Estuvo vinculado al Movimiento de Veteranos y Patriotas, a las luchas sindicales y estudiantiles, pero si este 16 de enero, en el 85 aniversario de su muerte por letal tuberculosis hemos querido recordarle, es porque Rubén fue un comunista cubano, de los primeros, de los más sinceros que hemos tenido. En él se mezcló esa confianza infinita en los trabajadores, esa pasión criolla en la masa aparentemente ignorante, interesada e ingrata, pero que en su trabajo y virtud infinita se encuentran la salida hacia el verdadero triunfo de la Revolución: el triunfo de las almas, en él se fusionó la pasión marxista con el patriotismo cubano: fue martiano radical y ferviente agitador marxista. Fue pasión y ética.
***
Con intención de ofenderme, en una ocasión me dijeron comunista. Hace un tiempo. Fue en una discusión de las tantas que se acostumbraban en mi aula del preuniversitario. Tras largos debates – esos que surgen cuando hay más de dos personas con varios dedos de frente – donde se hablaba de la historia, de la Revolución Cubana y de todo lo que es nuestra realidad política, siento que mis interlocutores – no simpatizantes en lo más mínimo con las ideas de Rubén – se acaloran, se empequeñecen y crecen como muelles, la ira los colma y la desesperación bulle en sus entrañas. Rojos – de rostro, lógicamente – me acusan con la que para ellos era la más terrible de las ofensas: “tú eres un comunista”, me espetó con virtual triunfo el más “ideologizado” de ellos. Su rostro se iluminó ante la audiencia y miró con éxito para todos lados, buscaba los aplausos ausentes y las aclamaciones que de seguro sonaban en su cabeza, pero solo allí. Era como si mediante su acusación, para él todo cobrara sentido, ya podía seguir viviendo porque el universo se alineaba para sí y ya podía retirarme como contrincante para siempre porque yo – para él – tenía la marca desdichada de ser “comunista”. Me quedé lívido, no por la “ofensa”, sino porque él trataba de usar aquello como ofensa.
***
Villena creía en el pueblo, luchaba por el pueblo y junto al pueblo, padeciendo las persecuciones y las calamidades. Eso lo hacía comunista. Portaba las ideas de la justicia social y la igualdad revolucionaria, la igualdad nueva y diferente de la sociedad nueva y diferente. Confiaba profundamente en el triunfo de la clase proletaria y conocía de lo ardua que debía ser la lucha para que esto ocurriera.
Villena sí era un comunista de veras. Sería bueno saber hoy ¿qué es un comunista de veras? Cuando me gritaron “¡comunista!”, tampoco fue un grito, sino más bien un reproche, me hicieron el favor de insertarme la duda razonable de qué era ser comunista y por qué yo lo era según mi molesto interlocutor. Si solo son comunistas los que están junto al pueblo velando por sus necesidades, si solo son comunistas los hermanos del campesino, los camaradas del obrero, los que hablan de justicia social e igualdad entre los hombres, los que no mienten al pueblo bajo ninguna circunstancia, ¿yo seré comunista? acaso, ¿alguien lo es?