Estudiantes de FCOM voluntarios en centros de aislamiento

Por Bismark Claro Brito, estudiante de primer año de Periodismo.

“Ninguno de nosotros escogió vivir esta pandemia”. Lo pensé ayer y Manuel Calviño, el psicólogo cubano más mediático que conozco, me lo confirmó. A propósito, nadie escoge vivir. Solo podemos decidir –ante una serie de limitaciones establecidas por el propio hombre– una vez llegados al mundo.

No es científico, ni especializado lo que pienso a priori. Tampoco cuesta mucho apreciar el valor de quienes deciden partir de casa –cuando más necesitamos estar en ella– para entregar sus vidas a cambio de salvar otras. Y son muchos los voluntarios en los centros de aislamiento, los jóvenes que no se intimidan frente a epopeya, tarea o reto alguno. En cada gramo de rebeldía joven, hay cierta dosis de inmunidad frente al desafío.

Estudiante de FCOM Mario Almeida

Esta vez no recurro a la historia para justificar mi juicio, porque cuatro feconianos y vikingos de nacimiento, cuyas edades apenas superan los veinte años del presente siglo, han postergado problemas personales a fin de resolver un inconveniente inesperado. Sin miedo a la muerte, han demostrado poderes inconcebibles en las historietas estadounidenses de Marvel Comics.

Sí, para mí ya son superhumanos y, más que eso, supervikingos. Me identifico con ellos por su cercanía; por portar la cicatriz singular que deja FCOM en cada uno de sus estudiantes; por sensibilizarse ante el llamado de personas desconocidas y anónimas, pero no por eso menos valerosas, ni con menos derecho a vivir. Aunque los internos luzcan un poco incomprensibles a veces, debido a la desesperación y el miedo siempre presente en el combate viral.

FCOM estudiantes voluntarios UH

Limpiar, desinfectar y servir alimentos; cloro, jabón, par de guantes a base de látex, sobrebata, gorro y nasobuco verdes: acciones principales y armas de Mario Almeida, el líder juvenil; Mónica Mestre, la dirigente universitaria; José Manuel Lapeira, el Quijote de FCOM,  y Jorge Alfonso, “personificación de la timidez”.

Si interceptamos sus historias; planeta, continente, país, universidad, facultad y dos oficios de marcada misión social son puntos comunes. La ética periodística –porque aunque Jorgito estudie Comunicación Social, muestra apego al mundo de la noticia– pudo ser, junto al sentido de cubanía, el móvil de sus acciones y el contrapeso de esta decisión.

Estudiante Jorge Alfonso Pita Comunicación Social

A pocos meses de entrar a la Facultad de Comunicación nunca imaginé que llegaría una enfermedad viral para convertirse en pandemia, que cambiaría mi primera impresión (descrita anteriormente) sobre estos jóvenes, que a las nueve de la noche aplaudiría por quienes aportan fuerzas a sus semejantes y que cuatro de esas palmadas tendrían una dedicatoria especial, un sentido de pertenencia mayor.

Mario Almeida estudiante de periodismo junto a otros voluntarios

Tampoco pensé en jornadas de aislamiento amenizadas con bitácoras del alma de Mario y –diría– de muchos más, porque no fueron escritas a una sola voz. Siempre las esperé con ansias; escuché la alarma del camión con la comida y las carreras por las escaleras. De seguro, “el jabuco de nailon enorme” llegó cargado de incertidumbres; pero regresó llenó de aprendizajes y, por qué no, de algunos mangos verdes.

Mónica Mestre junto a otros voluntarios

Mónica y José se alejaron del aula que los acoge hace casi tres cursos, pero se unieron ante la voluntad de darle guerra a la muerte. Mestre fue inspiración –al igual que sus compañeros– de algunos estados en WhatsApp, una manera de honrarle. En su rostro se reflejó el ejemplo de una dirigente universitaria y la gratitud de su Alma Mater. Además, fue testigo de las travesuras de su compañero de oficio.

Estudiante de periodismo José Manuel Lapeira

El Quijote de FCOM bien hizo de las suyas. Lo sabemos porque así lo contó en los primeros combates del Pelotón 3: “Soy el primer requerido por hablar mientras trabajaba y ya en el apartamento me enredé con una cortina que cayó…”. Asimismo, será uno de los primeros homenajeados cuando regresemos a los pasillos de la Facultad, por tener la valentía de despedirse de su abuela durante 28 días eternos.

Jorge Alfonso Pita junto a otros voluntarios

Tres supervikingos ya regresaron a casa. Mario recibió el orgullo de sus padres médicos, José Manuel ocupó la cama vacía junto a la abuela y Mónica pudo sentir el calor de su hogar. Sin embargo, Jorgito aún lucha cara a cara con un enemigo invisible y tiene muchas imágenes por capturar en la Universidad de Ciencias Informáticas. Aunque es parco de palabras y se muestra tímido, se lanzó a la palestra sin vergüenzas. Ahora sus amigos deberían ir pensando en otro apodo para él. Supervikingo no estaría mal…

No todas las historias son protagonizadas por héroes, pero todos los héroes son protagonistas de sus historias. Por eso, mientras mis letras no sean libres para asumir la extensión narrativa de una novela, guardaré la esencia de estos seres humanos. Tengo la certeza de que se sumarán otros valientes de FCOM, entre ellos mis colegas Mónica Delgado y Laura Álvarez, quienes aprehenderán la más perfecta e inconclusa de las obras artísticas: la vida.

A ustedes, llegue mi agradecimiento y respeto feconiano.