¿Y yo cómo duermo ahora, eh? –cavilo– ¿Con qué descarada conciencia encaro una almohada luego de escuchar la voz de un hombre de mi edad a punto de morir, a punto de matarse, y sospechar que, a estas horas del 12 de marzo, le andaba hirviendo la sangre, temblando –quizás– las piernas?