Tomamos asiento, coge mi hoja, la lee, y entablamos una conversación que fue más allá de lo que me había propuesto hacer. En un principio pensé que lo estaba importunando, el profesor Emilio Antonio Barreto Ramírez no quitaba la mano de su cara y su voz tan bajita y desganada me hacía pensar que lo estaba haciendo muy mal.