mella

                                               la niebla no es olvido

sino postergación anticipada

ojalá que la espera

                                                                         no desgaste mis sueños.

Mario Benedetti

Por Raúl Escalona Abella, estudiante de tercer año de Periodismo.

Yo jamás lo entendí. ¡Claro que no era necesario tanto sacrificio! Si total, ¿cómo está la cosa, acaso no sigue este hombre en el poder? En una ocasión se lo advertí, “no te metas en eso, la política es para los políticos”, pero no me hizo caso, él solo pensaba en el marxismo, la revolución y los proletarios.

¡Bah! Míralo, desgraciarse la vida de semejante manera, – por primera vez me mira a los ojos – lo mataron por meterse con quien no debía, lo mataron por comemierda. Es que hay cosas que uno jamás debe violentar. Si él estaba tranquilo en su vida, yo no sé qué bicho le pudo haber picado. A veces hay cada gente loca – alza la cabeza una vez más y muerde sus labios; llora un poco, más por incomprensión que por verdadera tristeza – morirse por esto, ¡vaya mierda!

II

Alguna vez creí conocerlo, o al menos entenderlo, pero sé que no era de esta tierra, hablaba con esa pasión que solo pueden hablar la gente creyente de verdad, de los que creen en serio y sin jueguitos baratos.

Un día me miró y supe que era un tipo capaz de hacerlo todo por este país. Él sabía que podía ser asesinado. Su vida la consideraba pequeña comparada con la obra revolucionaria a la que se había entregado por entero.

Otro día, mientras hablaba en los Laureles, lo miré y vi en sus ojos encendidos al hombre que la revolución le brotaba por la piel hasta atravesarlo todo a su alrededor, y casi nos quemaba su palabra y se encendían los árboles, y nuestras cabezas. ¡Coño, qué clase de tipo era Julio Antonio! Yo no sé si era porque por su sangre corría la fuerza y el temple de Ramón Mella, uno de los Padres de la Patria Dominicana, o si porque esta raza mestiza nace con la rebeldía en los huesos, no lo sé. El caso es que te subía una sensación electrizante al verlo – calla y por primera vez me mira con ojos incendiados – Vale la pena luchar con hombres así, necesarios.

III

El último hombre me mira. Pasada la más oscura hora de la noche, lo observo, su mirada se traduce en la complacencia de quien ve al neófito realizar la obra ya aprendida por el veterano maestro. Me mira, y también me juzga.

“¿Qué será la Revolución?”, le pregunto sin decir palabra. Él solo me mira, y mediante sus ojos descubro a otros dos hombres que también me miran, y me hablan de angustias, de frustraciones sin cuento, de luchar sin descanso. “¿Qué será la Revolución?, le preguntó esta vez encarándolo. Hablan otros, pero no él. Escucho el rumor de sus palabras en unos viejos escritos, la palabra yerma del retrato reproducido hasta la saciedad, el cansancio y la ira. Hablan todos a la vez, pero yo no logro escucharlo. Angustia, molestia, amor a lo que hay que hacer, pesar de ver lo justo que se muere, esa es la Revolución que descubro.

Ahora yo soy quien lo mira, y me convierto en el cuarto hombre que mira de una crónica hecha solo para tres. Cuestiono su imagen, su pose, la proyección escénica de su pensamiento fríamente representado como postal turística de un tiempo histórico que ya no es (¿que ya no es?). Reniego de su performance, me hace abulia, por eso lo desprecio. Irritado, ya al borde de la sublevación, sudando y sin más acompañamiento que la soledad de un cuarto, de un ejército de libros y la imagen burlona y oronda de él, le espeto en su cara macilenta: “¿¡Qué será de la Revolución!?”.

No me mira; recuerdo a Benedetti y a sus hombres que miran, y me doy cuenta que Mella no puede responderme desde sus 116 años.

Quedo solo con tres hombres que me miran, y una pregunta fulminante que solo los vivos pueden responder.