Camilo tan jovial como trabajador, como patriota, como cubano...

Por Dailene Dovale, estudiante de 5to año de Periodismo

Un simple riachuelo. Es el único pedacito de agua en las cercanías de la primaria. Semeja un hilito de agua escondido entre la basura de aquel barrio. El mar está muy lejos, somos niños y queremos lanzar nuestra flor a Camilo. No importa dónde. Ya la imaginación pondría las olas.

Hacia allá vamos. De rojo, azul y blanco. Cantamos. Jugamos. “Cuidado al cruzar”. Nos regañan. Arrojamos la flor (a veces ya marchita de tanto apretarla, sin pétalos o espinas). Camilo las recibe, creemos porque somos niños y algún sentido tiene tanta procesión. Luego, esperamos todo un año para la excursión al ¿arroyo? Ya la imaginación nos daría la sal.

Cambiamos de uniforme. Vestimos amarillo mostaza. Estrenamos hormonas. El pedacito de agua en tierra se nos queda chico. Un arroyuelo que no corre hacia el mar en medio de un reparto maloliente, así le vemos. La imaginación se quedó sin baterías.

Ya vestidos de azul tenemos otras prioridades. Ni arroyos, ni homenajes. Guardamos la flor para los romances o la libreta de versos. Hay otras urgencias: las pruebas de ingreso, los libros, las series, las películas. Desde nuestras casas cómodas vemos por televisión a los niños felices que arrojan su rosa al mar.

En la universidad, en Fcom, mientras camino por la Avenida de los Presidentes, no sé por qué pienso en aquel riachuelo. Quizás al ver los rostros de fiesta de los más chicos. Quizás al notar que (¡al fin!) mi camino terminaba ante el mar.

Gladiolo en mano, llego al malecón. Mucha gente corre cual hormiguita, lanza su regalo y se va. Y yo medio quieta. Justo ahora, frente a la inmensidad azul pienso en aquel arroyo chiquitico e insignificante y en los niños que imaginan olas y sal al lanzar su flor.